En Italia, en los primeros años de la instauración de la dictadura fascista y del desencadenarse de la represión violenta de toda forma de oposición, Palmiro Togliatti, comenzando la publicación de la revista “Stato operaio”, percibe la necesidad, en el primer número, de expresar las motivaciones para proclamar intacta la confianza de los militantes, a pesar de las adversidades del presente.

Es una prosa que evoca el mejor idealismo del período turinés ordenovista, cuando se reveló la personalidad original del joven colaborador de Gramsci.

El futuro Secretario General de lo que se volverá, en la posguerra, el más grande Partido Comunista de Occidente –artífice de la Constitución Italiana junto con el otro gran partido de masa, la Democracia Cristiana, a través del cual por primera vez en Italia las fuerzas de formación católica llegaban a la conducción del Gobierno del país–, escribía lo que sigue:

“Las cosas en que creemos son tanto más verdaderas cuanto mayor es la firmeza de nuestra fe en ellas, cuanto más grande es la constancia con la que las afirmamos, la tenacidad con la cual luchamos, el espíritu de sacrificio que en el trabajo y en la lucha nos anima. Somos nosotros, en este sentido, los que las hacemos verdaderas, ciertas, absolutamente ciertas, como es verdad que ningún esfuerzo de voluntad y de pasión nunca en el mundo puede quedar perdido. Nuestros compañeros que han fallecido, los que frente a la muerte no se han renegado a sí mismos, los que recorren con serenidad los caminos del destierro, los a quienes la cárcel temporalmente quita a nuestro trabajo, los que han sacrificado y sacrifican las cosas más queridas, los que no se doblegan a través de las pruebas más ásperas: he aquí nuestras motivaciones para creer, las motivaciones para la certeza que tenemos de no estar en el error, de recorrer un gran camino seguro, de tener la fuerza para abrírnoslo hasta el final. Tenemos en nosotros las fuentes de nuestra fe. Nuestro éxito, para nosotros, es una cosa cierta. Nuestra confianza se renueva cada día, y se renueva en el contacto mismo con las dificultades que debemos superar”[1].

Este texto, escrito en un período de luchas y sacrificios, merece todo nuestro respeto. Pero, marca también la distancia entre la visión cristiana y una idealista, que seguirá quedando presente también en el grupo gramsciano de Orden Nuevo, y que se percibirá en el futuro Partido Comunista Italiano, aunque con su peculiar originalidad que lo llevará, entre enormes contradicciones, a una separación de sus orígenes, que se encuentran en la Internacional Comunista y en la hegemonía de la Unión Soviética.

Una visión idealista continúa quedando presente también entre aquellos que profesan la fe cristiana, y en los métodos pedagógico-catequéticos que provienen de ella.

De esto, por supuesto, no hay que maravillarse si, aunque solo en passant, se conoce la historia de la Iglesia y el nacimiento de la misma.

La insistencia con que los Evangelios y la literatura apostólica y sub-apostólica enfrentan la primacía del acontecimiento de la persona de Jesucristo y de su resurrección de entre los muertos, testimonia la fe apostólica que parte de una realidad y no de una idea, de un idealismo voluntarista –por volver a tomar el pasaje inicial de Palmiro Togliatti–, idealismo voluntarista según el cual “somos nosotros los que hacemos verdaderas, ciertas, absolutamente ciertas, las cosas en que creemos, que son tanto más verdaderas cuanto mayor es la firmeza de nuestra fe en ellas”.

Indudablemente, no se puede negar que existe un círculo hermenéutico entre idea y realidad o, mejor dicho, volviendo a tomar la enseñanza del Papa Francisco en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium,

“una tensión bipolar. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría. … La realidad es superior a la idea –continúa el Papa Francisco–. Este criterio hace a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica: ‘En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios’ (1 Jn 4, 2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo”[2].

En el encuentro con los representantes del V Congreso Nacional de la Iglesia italiana, el Papa Francisco ha explicado claramente en qué consiste la tentación del gnosticismo. Esta tentación “conduce a confiar en el razonamiento lógico y claro, que pierde la ternura de la carne del hermano. La fascinación del gnosticismo es la de una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos. El gnosticismo no puede trascender. La diferencia entre la trascendencia cristiana y cualquier forma de espiritualismo gnóstico está en el misterio de la Encarnación. No poner en práctica, no llevar la Palabra a la realidad, significa construir sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos que no dan fruto, que hacen estéril su dinamismo”[3].

La herejía gnóstica, que elimina la realidad de la Encarnación y de la Resurrección de entre los muertos de Jesucristo, Nuestro Señor, ya está presente en el nacimiento de la Iglesia.

A ella se le opone con fuerza san Pablo cuando, escribiendo a los cristianos de Corinto, ratifica en la realidad del Cristo resucitado el fundamento de nuestra fe, que así queda librada de una visión intimista e inmanentista:

“Y si Cristo no resucitó, de nada les sirve su fe: ustedes siguen en sus pecados. Y, para decirlo sin rodeos, los que se durmieron en Cristo están totalmente perdidos. Si nuestra esperanza en Cristo se termina con la vida presente, somos los más infelices de todos los hombres” (1 Co 15, 17-19).

Esta es la fe apostólica, esta la fe de Pedro, esta nuestra fe, si no queremos acabar por quedar compadecidos por todos, encerrados en un ídolo muerto que nosotros hemos creado y podemos llamar como queramos. Ídolo muerto es, e ídolo muerto permanece.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. P. Spriano, Storia del Partito comunista italiano, I. Da Bordiga a Gramsci, Einaudi, Torino 1967, 314-315.

[2] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 231.233.

[3] Papa Francisco, Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia italiana (10 de noviembre de 2015).

 

 

 

19/05/2021