A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Celebramos hoy la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
La celebramos en este tiempo de cuarentena en el cual la pandemia del Coronavirus nos obliga a reducir al mínimo tantas actividades.
Agradecemos al Gobierno de la República del Paraguay que, tomando enseguida las medidas preventivas contra cualquier forma de aglomeración social, ha salvado el país de un colapso del sistema sanitario-hospitalario y nos ha evitado todo aquel sufrimiento, montón de muertos y gastos económicos que se vivió y se sigue viviendo en otros países, como, por ejemplo, en el cercano Brasil.
Dios, lo repito una vez más, quiere la vida de los hombres y no la muerte. Por eso, el cuidado de la salud nuestra y de los demás, es una obligación moral que deriva del quinto mandamiento.
Dice, a este propósito, el Catecismo de la Iglesia Católica que
“la vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad para lograr las condiciones de existencia que permiten crecer y llegar a la madurez” (n.º 2288).
Entre salud física y salud espiritual, entre tierra y cielo, entre humanidad y divinidad hay un elemento en común. Este elemento es el pan y el vino.
Por medio del pan y del vino, que, en tiempos de Jesús se utilizaban muy a menudo, la Iglesia, fiel a la orden del Señor, continúa haciendo memoria de Él, y sigue utilizando el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo del hombre, que, por las palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote y la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
El pan –como también el vino– llega a nosotros como fruto de la laboriosidad del hombre, de su fatiga y su sudor.
Si se logra tomar conciencia de esto, se aprende a valorar todo lo que nos llega por medio de un sacrificio, y se entiende mejor también el don de la Eucaristía, que es la entrega de la
vida de Cristo por amor a nosotros.
Debemos trabajar para que el conocimiento y el amor del Señor, transmitidos con paciencia, misericordia, ternura, cariño, pero siempre unidos a la firmeza, penetren gradualmente en la vida de todos los hombres. De esta forma, les hacemos comprender que un auténtico cristiano posee un tesoro único, la amistad con el Señor, y que la Eucaristía, de la cual se alimenta, transforma y modela su corazón a imagen de Cristo Jesús.
El sacramento de la Eucaristía nos convierte en personas bellas, buenas, auténticas, sin miedo de nada ni de nadie, tampoco de la muerte.
El caminar tras las huellas de Cristo y el transformarse en Él son los aspectos más hondos que deberían ser comunicados, para que se comprenda el verdadero sentido de la Eucaristía.
“Parafraseando una célebre expresión atribuida a santa Teresa de Ávila –afirmaba el Papa Benedicto XVI–, somos los ojos con los que mira compasivamente a los que pasan necesidad, somos las manos que extiende para bendecir y curar, somos los pies de los que se sirve para hacer el bien, y somos los labios con los que se proclama su Evangelio. Sin embargo, es importante comprender que cuando participamos de este modo en su obra de salvación, no estamos honrando la memoria de un héroe muerto prolongando lo que él hizo. Al contrario, Cristo vive en nosotros, su cuerpo, la Iglesia, su pueblo sacerdotal. Al tomarlo a Él como alimento en la Eucaristía y acogiendo en nuestros corazones su Espíritu Santo, nos transformamos realmente en el Cuerpo de Cristo que hemos recibido, estamos verdaderamente en comunión con Él y entre nosotros, y nos transformamos en verdaderos instrumentos suyos, dando testimonio de Él en el mundo” (Homilía en Nicosia - Chipre, 6 de junio de 2010).
No podemos separar la Eucaristía de la Iglesia.
Uno de los mayores teólogos del siglo pasado, Henri de Lubac, repetía en sus celebérrimos estudios que “la Iglesia hace la Eucaristía y que a su vez la Eucaristía hace la Iglesia”.
He repetido siempre que este tiempo de la pandemia del Coronavirus es un tiempo favorable para
prepararnos a la Iglesia del Tercer Milenio que, en la continuidad de la fe apostólica que no cambia, vive descubriendo e interpretando los signos de los tiempos con fidelidad creativa, siempre poniendo bajo la mirada de nuestros ojos a Jesús y a los pobres.
Esto quiere decir que no debemos caer en la tentación de remplazar la liturgia de la Iglesia con subrogados en los cuales se pierde el sabor del pan y del vino.
La falta del pan y del vino nos llama a hacer crecer el deseo de algo que tantas veces hemos menospreciado.
Lo que sustituye, lentamente hace morir el deseo.
Para evitar esto, debemos ser como santa María Magdalena, la primera misionera de la Iglesia naciente. Son bellas y profundas estas palabras del Papa san Gregorio Magno cuando habla de María Magdalena:
“Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor”.
Que este kairós, tiempo favorable del Coronavirus, nos haga crecer en el amor a la Eucaristía y a la Iglesia.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.
13/06/2020
