A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Permítanme hoy responder a un joven amigo que, después de haber escuchado estas homilías, me escribió para
ponerme dos preguntas.
La primera pregunta es muy sencilla. Mi joven amigo quiere saber cuál es, para mí, el sentido de mi vida.
La segunda consiste en conocer algo de mi vida, de mi vida de niño y de joven.
Querido amigo:
A mí me alegra ver el rostro lindo y feliz de los demás. Y, para mí, no existe nada más bello que crear felicidad entre los hombres: cuando hacemos algo para que nuestros hermanos puedan ser felices, hemos logrado dar el verdadero sentido a nuestra vida.
La belleza de la vida está en entablar relaciones con los demás, en no encerrarse en sí mismo.
Yo me acuerdo de toda mi vida: me acuerdo, por ejemplo, de que era un niño muy muy avaro, que pensaba solo en sí mismo y no permitía que alguien tocara lo que le pertenecía.
Y, con una gran sabiduría y un profundo sentido pedagógico, mi madre me liberó de esta tristeza, la de estar encerrado en mí mismo, haciendo desaparecer, lentamente, todas las cosas a las cuales yo iba apegándome. Por eso, me enfadaba mucho al descubrir que era ella la autora de esas desapariciones, y la llamaba mala, ladrona. Pero, de esta manera, ella me ha enseñado que la felicidad no se encuentra en quedar apegado a tantas cosas que tarde o temprano se van a perder, sino en dar, en entregarse a los demás y, sobre todo, en la generosidad para con los que más necesitan.
He nacido en 1939, el año en que estalló la Segunda Guerra Mundial. Mi padre tuvo que ir a la guerra, y lo vi solo después de seis años.
Me acuerdo de un episodio que ya he contado tantas veces: un día, en 1943 –cuando Italia estaba perdiendo la guerra y el Rey, un gran cobarde que pensaba solo en sí mismo y había entregado nuestro país a la dictadura fascista, había huido de Roma, la capital,
para salvarse a sí mismo con sus camarillas, dejando al ejército italiano sin órdenes y desbandado–, un pobre soldadito, de dieciocho o diecinueve años, se refugió en el edificio de varios pisos donde yo vivía.
Había, entonces, una gran solidaridad entre la gente del barrio y entre los habitantes del edificio donde yo habitaba. Estos empezaron a recoger algo para aquel soldadito y llegaron a mi casa. Mi mamá tenía solo un huevo, y yo estaba ya soñando cómo podía comerlo. Tenía también dos hermanas que debían comer, pero el huevo era ya mío.
Mi mamá, sin embargo, cocinó ese huevo para el soldadito. Cuando vi que lo daba a ese militar que huía del país solo, escapando de las SS –las tropas especiales de Hitler que ya habían tomado posesión de Roma–, empecé a gritar y a llorar. Recuerdo que mi mamá, con gran paciencia, después de dar el huevo al militar, me explicó que hay siempre una persona más pobre y que tiene más hambre que nosotros. Me enseñó que también ese joven era hijo de Dios. Recuerdo que me preguntó: “¿No tienes vergüenza, sinvergüenza?”. Fue la primera vez que escuché esta palabra.
En pequeños episodios, he descubierto que el hombre es hijo de Dios, y que la belleza consiste en compartir. El amor a Jesús lo he comprendido así. Mi madre no era una persona de gran cultura, no había estudiado en las universidades, pero, hasta el último día, me ha enseñado el amor con estos ejemplos tan sencillos.
Y he descubierto que no se puede amar a Dios si no se ama al hombre, sobre todo, al hombre más necesitado.
Mi padre, cuando regresó de la guerra, me enseñó otra cosa: no es suficiente hacer actos de caridad, debemos tener también el coraje de hablar, de defender. No es suficiente dar un huevo, como hizo mi mamá, sino que debemos también proclamar fuertemente el derecho, que tienen todos los hombres, a la justicia, a la paz, a la verdad, al amor, al respeto de la dignidad.
Por eso, no es suficiente amar a la Eucaristía que está sobre el altar; debemos amar también a la Eucaristía que camina entre nosotros. El amor a los pobres requiere también que defendamos la justicia y los derechos de los pobres. Esto debemos proclamarlo de manera fuerte, sin miedo ni cobardía.
No se puede, por ejemplo, permitir que un hombre trabaje hasta diez horas al día, y no le paguen el salario mínimo establecido por la ley del país.
Esto es amar a los pobres: no solo dar un huevo, no solo recoger alimentos con las canastas, no solo hacer el trabajo de la Cáritas –que se debe hacer, y yo bendigo a mi madre por habérmelo enseñado–, sino defenderlos y proteger a todos los más débiles.
No se puede engañar, defraudar, pronunciando palabras de amor detrás de las cuales no hay ninguna realidad.
Una expresión típica que nosotros los paraguayos repetimos a menudo es: “Estamos en la lucha”.
Ahora bien, es oportuno que sepamos que la lucha no consiste primeramente en que nosotros combatamos a nuestro enemigo explotador externo, sino en que debemos llevarla a cabo dentro de nuestro corazón, en cada momento. No se trata de apuntar el dedo contra otra persona: el primer enemigo de Emilio es Emilio.
A través de la experiencia, he comprendido que el lugar donde la lucha es más fuerte, donde se determina quién va a ganar, es el corazón del hombre. Podemos cambiar todas las leyes de un país, podemos conquistar el poder y ser, mañana, presidentes de la República, senadores, diputados, intendentes, concejales: no conseguimos nada si no
cambia el corazón del hombre.
Y el corazón cambia solo si el hombre encuentra a Jesús, si sabe arrodillarse solo delante de Él, en vez de arrodillarse delante de tantos ídolos que el mundo ofrece.
Cada uno de nosotros es el primer enemigo de sí mismo: no lo son su madre, padre, novia, hijo, suegra, vecino.
Por eso, queridos amigos, debemos transformar en actos concretos las palabras que pronunciamos. En mi vida, he escuchado tantas palabras, y siempre sigo creyendo en la palabra que uno pronuncia. Debemos dar confianza, no debemos condenar a nadie, pero la palabra hay que vivirla.
Abran su corazón al Sagrado Corazón de Jesús. No tengan miedo a que Jesús sea el Rey del corazón de ustedes. Solo deben tener miedo al pecado que está dentro del corazón de ustedes, no fuera de él.
Cuando no tengan miedo a nadie, serán verdaderamente hombres libres; hombres libres, sobre todo en este tiempo de pandemia, de tener el coraje de la responsabilidad de poner en práctica lo que, tantas veces, hemos repetido: nos salvamos juntos o nos hundimos separados.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.

23/01/2021