A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Uno de los rasgos que caracteriza la vida del hombre es la espera que se funda en la nada, la ilusión que se vuelve alucinación y el vacío que se llena de... vacío.

Parece escuchar el eco de un pasaje de una de las obras de narrativa más significativas en la literatura africana, L’aventure ambiguë, allá donde el autor, Cheikh Hamidou Kane, hace decir a su personaje estas palabras:

“Es extraña esta atracción de la nada sobre quien no tiene nada. A su nada la llaman lo absoluto. Dan las espaldas a la luz, pero miran fijamente a la sombra”.

La búsqueda de lo absoluto y la vida que se desarrolla en la nada pertenecen a las grandes preguntas existenciales, de las cuales es del todo inútil querer escaparse. Estas se ponen en el corazón de nuestra vida, están al acecho en la esquina de la calle, cruzan nuestro camino y no nos dejan tranquilos.

Es inútil cualquier intento de huir lejos. Esta es la condición existencial del hombre de la cual no se escapa.

Está en todos nosotros, siempre escondida, la gran tentación de llenar la angustia existencial de nuestro existir en el tiempo, parando un tiempo que no logramos detener y del cual, vanamente, buscamos apoderarnos para ser sus dueños.

Podemos decir que toda nuestra vida se gasta y se juega con la dialéctica entre ilusión y esperanza.

Dolorosamente debemos tomar conciencia, como decía el escritor y poeta francés Paul Valéry, de que

“la sociedad no vive sino de ilusiones. Toda sociedad está como a la merced de un sueño colectivo. Y estas ilusiones se vuelven peligrosas cuando empiezan a cesar de ilusionar. El despertar de este tipo de sueño es una pesadilla”.

He aquí porque el mercado de las ilusiones debe ser controlado, puesto al día, renovado y abastecido siempre de nuevos productos.

Para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer,

“la magia de la distancia nos muestra paraísos que desaparecen cuales ilusiones ópticas en cuanto nos acerquemos. De acuerdo con ello, la felicidad siempre se halla en el futuro, o también en el pasado, mientras que el presente se asemeja a una pequeña y oscura nube que el viento empuja sobre la superficie expuesta al sol: delante y detrás de dicha nube todo es luminoso, mientras que solo ella misma proyecta continuamente una sombra”.

La verdad, al contrario, es vivir el momento que nos es dado, no luchando contra enemigos externos que llegan de lejos, siempre de más lejos, para atacar fortalezas apartadas en el desierto.

La verdad es vivir y desarrollar todo el enorme potencial que nos ha sido dado, sin enterrar el tesoro que cada uno tiene en el corazón.

Si la ilusión, como dice Schopenhauer, nos encierra en el pasado o nos hace huir en el futuro, la verdad nos enclava en el presente.

No existe la verdad sin el riesgo del presente.

Hay este golpe de audacia, este empuje a elegir que deben ser recuperados, si no queremos morir en la espera absurda de algo o alguien que nunca veremos en el horizonte.

Si la ilusión nos encierra cada vez más en nosotros mismos, la esperanza, que se funda en la memoria de la Palabra acogida en nuestro corazón, nos abre hacia el infinito.

Si no alimentamos nuestra vida de esperanza, nos llenaremos de todas las ilusiones que el mercado nos ofrecerá y nos hará experimentar, incluida la ilusión de ser nosotros los que libremente escogemos.

El tiempo en que estamos llamados a vivir será tiempo donde ilusiones y esperanzas se enfrentarán en un duelo mortal.

El tiempo de la esperanza no tiene nada que ver con el regreso a las seguridades del pasado, o con la huida hacia la irresponsabilidad de un futuro que se opone a la aventura de la respuesta, que estamos llamados a dar en el tiempo presente. Respuesta que debemos dar en persona, sin búsqueda de atajos o soluciones mágicas, seudorreligiosas o milagrosas. Estamos llamados a escoger entre esperanza e ilusiones.

En una de sus meditaciones diarias en la Capilla de Santa Marta, el Papa Francisco, con su estilo inconfundible, nos ha puesto en guardia de las fáciles ilusiones que no se fundan en las promesas y en el actuar del Señor.

“El amor cristiano –ha amonestado el Papa Francisco– tiene siempre una cualidad: lo concreto. El amor cristiano es concreto. Jesús mismo, cuando habla del amor, nos habla de cosas concretas: dar de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos. Son todas cosas concretas, porque precisamente el amor es concreto. Es lo concreto de la vida cristiana. Cuando no existe lo concreto se acaba por vivir un cristianismo de ilusiones, porque no se comprende bien dónde está el centro del mensaje de Jesús. El amor no llega a ser concreto y se convierte en un amor de ilusiones. … Pero, un amor de ilusiones, no concreto, no nos hace bien”.

El Papa Francisco mismo pone en guardia de “tantos discursos vacíos que prometen ilusiones; de quienes tienen una mirada ávida de vida fácil, de promesas que no se pueden cumplir”.

Nunca como hoy, debemos volver a descubrir la Biblia como libro que nos interroga y nos llama, y no como libro de las miles de respuestas tranquilizadoras, que tantas lecturas fundamentalistas querrían hacernos tragar, a lo mejor, bajo la forma de píldoras de Biblia coloradas y listas para todos los usos.

“Dios –escribía el escritor francés Charles Péguy– se ha dignado esperar en nosotros, porque ha querido esperar de nosotros, aguardar de nosotros... Se ha puesto en esa extraña situación, invertida, en esta miserable situación de aquel que aguarda de nosotros, del más miserable pecador. Él espera del más miserable pecador”.

Al contrario de la ilusión, la esperanza rehúsa toda resignación y fatalismo, aleja toda evasión consoladora y vuelve a dar al hombre toda la carga de su responsabilidad hacia Dios, hacia los demás hombres y hacia el mundo.

 

 

Hoy, domingo 27 de junio, celebramos la fiesta patronal de la capilla Virgen del Perpetuo Socorro. Saludo y agradezco, con gran cariño y simpatía, a nuestra humilde y fiel Coordinadora, doña Myrian Escobar de Fernández, y, junto a ella, a todos los fieles que participan en la vida de la capilla.

Según la tradición de nuestra parroquia, celebramos, en este último domingo del mes de junio, la fiesta patronal del Sagrado Corazón de Jesús.

Que el Corazón de Jesús, rico para todos los que lo invocan, nos ayude y consuele en este momento difícil que estamos viviendo de la pandemia del COVID-19.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

26/06/2021