Cuando en la parroquia vemos llegar a Margarita –que ha trabajado con la máquina de coser desde los catorce años–, vienen enseguida a la mente las muchas personas cuya actividad profesional ha dejado profundas marcas en el físico; pero sobre todo nos sorprende el hecho de que, con las piernas torcidas y los pies desfigurados por la artrosis deformante, Margarita se haya convertido en una de las columnas de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, en la que Emilio y todos nosotros, de la Comunidad Redemptor hominis, hemos podido confiar desde el inicio de nuestra presencia aquí para poner en marcha una pastoral renovada.

Margarita tiene setenta y tres años y desde hace veintiuno padece esta enfermedad que le provoca dolores en las extremidades inferiores y ya no le permite ponerse los zapatos. Casada, con tres hijos, cinco nietos y una bisnieta, perdió a una hija, fallecida en el extranjero, cuyos dos hijos crió.

Educada en la fe católica por la mujer a quien fue confiada de niña, a los treinta años comenzó a frecuentar asiduamente la parroquia, formándose en varios grupos y convirtiéndose en catequista y misionera itinerante. Desde que la Comunidad Redemptor hominis se hizo cargo de la parroquia de Ypacaraí, Margarita, en su servicio como ministra extraordinaria de la Sagrada Comunión, como manzanera –que recauda las aportaciones voluntarias de muchas familias para el sostenimiento económico de la parroquia– y, por último, como coordinadora de una capilla, ha compartido plenamente las nuevas orientaciones pastorales, reconociendo su necesidad para el contexto religioso y social en el que se encuentra inmersa.

Repite a menudo que el papel de Emilio fue fundamental para la formación cristiana en la ciudad que ella recorrió a pie sin descanso, rezando en las familias, realizando celebraciones en las diversas capillas repartidas por todo el territorio, visitando y llevando la Comunión a muchísimos enfermos. Margarita ha transmitido la enseñanza recibida y la ha explicado, a pesar de no tener títulos de estudios, incluso en aquellos ambientes donde resultaba más difícil comprenderla, con su fe sencilla pero profunda que se refleja en su carácter alegre, su cercanía a la gente y su capacidad de dar esperanza incluso en tantas situaciones trágicas.

Sus pies deformados han recorrido innumerables kilómetros, adentrándose en bosques infestados de víboras, en sentido literal, pero también en el sentido de corazones endurecidos. Por eso, Margarita suele recordar que no hay que tener miedo de ser francos, como aprendió “de su amigo Emilio”, ni de que nos consideren demasiado exigentes, porque la verdad del Evangelio nos hace libres.

En su caminar cotidiano, Margarita demuestra que la fe empieza por los pies. La fe no es solo escucha interior, sino también movimiento, salida, pasos que transforman la vida. Nuestra fe no es una idea, sino un camino que hay que emprender, confiando en Aquel que nos llama a ponernos en marcha.

Esto no quiere decir dar vueltas como un trompo sin un propósito, sino saber que Dios necesita la ayuda de todos nosotros para llegar a toda la humanidad. De hecho, Él no tiene boca, manos ni pies, y no puede hacer nada, de manera visible, sin el hombre, sin los cristianos: necesita sus manos, su boca y sus pies para actuar en el mundo. Margarita recuerda a menudo a las personas que acuden constantemente al Señor para pedirle favores, que no solo nosotros necesitamos de Dios, sino que también Dios necesita de nosotros.

Margarita siempre está presente en la Misa del domingo, porque es allí donde lleva todo lo que ha vivido durante la semana y es allí donde toma la fuerza para continuar el camino. Además, para ella, participar en la celebración eucarística de la parroquia significa sentirse parte de la Iglesia, sumergirse en sus enseñanzas para poder transmitirlas. Es gracias a personas como ella que la parroquia puede llegar a muchas familias, a muchas situaciones y a muchas personas enfermas o solas. Su persona es una llamada a los fieles laicos, que quizá tengan los pies más sanos, a dar su disponibilidad a la parroquia para ir hacia la Iglesia y, desde la Iglesia, hacia el mundo.

Mariangela Mammi

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

07/08/2026