El capítulo tercero del libro de Qohelet comienza con estas palabras: “Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa”. Luego, sigue una lista de antítesis: “Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; ... tiempo para llorar y tiempo para reír; ... tiempo para callarse y tiempo para hablar...” (cf. Ec 3, 1-9).

La sabiduría de Qohelet nos enseña a ordenar nuestros actos en el tiempo y en el espacio. En el fondo, también el pecado no es sino poner nuestro acto fuera de su propio espacio y del tiempo apropiado.

A los niños que empiezan a frecuentar la catequesis, la primerísima cosa que les enseño es saber distinguir la luz del día de las tinieblas de la noche, la tierra del cielo, el hombre y la mujer de una vaca.

Existen primeros principios, de por sí no demostrables, sin los cuales cualquier discurso catequético se queda privado de su fundamento.

El tiempo de hoy ya no es el tiempo en que ciertas afirmaciones podían ser tranquilamente dadas por consolidadas. Se trataba solo de repetir, de memorizar y de volver a mencionar algunos fundamentos indiscutibles y aceptados por todos.

Hoy, una catequesis y una pastoral que prescindan del conocimiento histórico-cultural del tiempo en que vivimos constituyen un trabajo fundado en el vacío, y ya destinado al fracaso desde su comienzo.

Cualquier trabajo pastoral y también y sobre todo la nueva evangelización, a la que, con una insistencia toda particular, nos vuelven a llamar los últimos Pontífices, no pueden de ninguna manera prescindir de una reexaminación de la crisis en que han entrado los así llamados preambula fidei, a partir del pensamiento moderno y más aún del posmoderno.

La expresión preambula fidei deriva de una locución medieval más ancha, que dice antecedens fidem, que, sin embargo, no significa necesariamente que sus contenidos antecedan a la fe; indica, más bien, que su negación haría falso o no libre el acto del creer. Con los preambula fidei se indican, ante todo, algunas verdades metafísicas, cuales: la inmortalidad del alma, la existencia de un Dios personal, la apertura infinita del sujeto humano y su libertad... Con los preambula no se quiere demostrar el origen divino de la revelación, sino permitir que sus contenidos expresados en los artículos de fe sean inteligibles. La razón los alcanza y los entiende y, sin embargo, también son revelados por Dios[1].

Pero, aún antes de afrontar la cuestión de los preambula fidei, tenemos que enfocar el principio de identidad y de no-contradicción. Este es un principio que no se puede demostrar recurriendo a otras evidencias aún más basilares, que no existen. Este principio se puede defender solo de forma indirecta, manifestando las incoherencias en que incurre quien lo niegue.

Si Felipe no es Felipe y Antonio no es Antonio, y si Felipe es, al mismo tiempo y bajo las mismas modalidades, Felipe y también Antonio, entonces yo puedo tranquilamente dar a Antonio el premio ganado por Felipe, asignando a Antonio la victoria de la competición, en la que ha resultado vencedor, con gran esfuerzo, Felipe.

Y Antonio no puede objetar nada de nada, porque Felipe o Antonio es lo mismo, como lo mismo es ganar o perder, comer o ayunar, vivir o morir.

Según Aristóteles, negar el principio de identidad y de no-contradicción querría decir rechazar cualquier significado del lenguaje: si hombre fuera lo mismo que ser no-hombre, en realidad esto no significaría nada. Cualquier palabra indicaría todas las cosas y, al mismo tiempo, no expresaría ninguna de ellas. Todo sería lo mismo. Por eso, sería imposible cualquier comunicación o comprensión entre las personas. Si pronunciamos una palabra dirigida a alguien, es porque suponemos que existe una posibilidad de comunicación y de comprensión. De otra manera, nos permanecería solo el silencio. Y también el silencio sería ambiguo[2].

En el mundo de hoy, catequesis, pastoral, nueva evangelización deben tener presente el profundo cambio provocado por la modernidad y la posmodernidad. El mundo de hoy –es inútil hacerse ilusiones cuando las plazas se llenan– se parece mucho a aquella ciudad de Nínive, donde vivían personas que no sabían distinguir el bien y el mal (cf. Jon 4, 11).

En su famosa entrevista concedida a Vittorio Messori, el entonces Cardenal Ratzinger hacía notar que, en la catequesis, tantas veces, se parte no de Adán o del comienzo del libro del Génesis, sino de la vocación de Abraham o del Éxodo. Es decir, se hace hincapié únicamente en la historia, evitando toda confrontación con el ser[3].

El libro de Qohelet nos ha recordado que existen tiempos diferentes. Si no queremos fracasar aún antes de comenzar, y si no queremos gastar inútilmente energías, no podemos evitar el núcleo filosófico de nuestro tiempo, que es la puesta en tela de juicio del principio primero y no demostrable –si no con una argumentatio ad hominem comprensible para todos–, que no es sino el principio de identidad y de no-contradicción. Y menos todavía podemos poner entre paréntesis la filosofía del ser y el comienzo del libro del Génesis, donde Dios realiza las distinciones entre diferentes realidades.

De otra manera, acabaremos por vivir en una sociedad donde nada y nadie tendría ya su identidad propia y reconocida, sino que todo sería idéntico y confuso.

En el fondo, todo sería relativo a cada sujeto, y la nueva Babel ya no permitiría ninguna forma de vida humana.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. R. Fisichella, Preambula fidei, en Lexicon. Dizionario Teologico Enciclopedico, Piemme, Casale Monferrato (AL) 1993, 810.

[2] Cf. T. Alvira - L. Clavell - T. Melendo, Metafísica, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona 1982, 46.

[3] Cf. J. Ratzinger - V. Messori, Informe sobre la fe, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1985, 86.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

08/01/2022