El rezo del Rosario es una de las prácticas de piedad más presentes en medio del pueblo. Lo que se necesita, sin embargo, es una evangelización de esta forma de oración, para poner de relieve sus profundos fundamentos bíblicos, su sentido
teológico y también la importancia que tiene en la enseñanza del Magisterio de la Iglesia.
Benedicto XVI afirmó claramente:
“El Rosario no se contrapone a la meditación de la palabra de Dios y a la oración litúrgica; más aún, constituye un complemento natural e ideal, especialmente como preparación para la celebración eucarística y como acción de gracias. Al Cristo que encontramos en el Evangelio y en el Sacramento lo contemplamos con María en los diversos momentos de su vida gracias a los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Así, en la escuela de la Madre aprendemos a configurarnos con su divino Hijo y a anunciarlo con nuestra vida”.
Oración cristocéntrica
El Rosario, en efecto, es una oración cristocéntrica, porque también las alabanzas dirigidas a María quieren proclamar la fe en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia ha definido los dogmas marianos en primer lugar al servicio directo de la fe en Jesucristo, y no por devoción a la Madre. Estos dogmas –en un primer momento, la virginidad perpetua y la maternidad divina, y más tarde, después de una larga y madura reflexión, la concepción sin mancha de pecado original y la Asunción a los cielos– salvaguardan la fe auténtica en Jesucristo, quien es, al mismo tiempo, verdadero Dios y verdadero hombre: dos naturalezas en una sola persona, como fue declarado en el Concilio de Calcedonia. La oración de la avemaría nos recuerda la Encarnación de Dios. La alabanza a María, en efecto, anuncia continuamente la gracia, que ha hecho de ella la Madre de Dios.
Además, el Señor Jesús permanece el centro del Rosario, porque es Él el objeto de la contemplación de los misterios.
El Rosario, haciendo memoria de los misterios de la historia de salvación, nos llama continuamente a escuchar la Palabra y contemplar las maravillas que Dios hizo para nosotros. La memoria, en efecto, es el fundamento de la oración cristiana, la raíz sin la que somos como árboles que mueren y el Rosario es una oración con la cual el cristiano contempla, a lo largo de la semana, los misterios de la vida del Señor.
La forma del Rosario que rezamos se ha estructurado en el transcurso del tiempo. El Papa Pío V dio esta definición:
“El Rosario o salterio de la bienaventurada virgen María es un modo piadosísimo de oración y plegaria a Dios, modo fácil al alcance de todos, que consiste en alabar a la santísima Virgen repitiendo el saludo angélico por ciento cincuenta veces, tantas cuantas son los salmos del salterio de David, interponiendo entre cada decena la oración del Señor, con determinadas meditaciones que ilustran la vida entera de Nuestro Señor Jesucristo”.
Desde entonces, la forma del Rosario ha permanecido igual, es decir, quince decenas de avemarías repartidas en los misterios de la Encarnación, la Pasión y la Muerte de Cristo, de la gloria de Cristo y de María, hasta que san Juan Pablo II quiso añadir cinco misterios de la luz sobre la vida pública de Jesús. El Rosario estaba constituido por ciento cincuenta avemarías, en substitución, para los iletrados, de los ciento cincuenta salmos (salterio), que siguen siendo la primera y fundamental oración de la Iglesia, organizada en la Liturgia de las Horas.
Hay que estar conscientes del verdadero sentido del Rosario, el sentido bíblico. En efecto, es del Evangelio de donde son sacadas tanto las oraciones como también la formulación de los misterios: el padrenuestro, oración enseñada por Jesús; la avemaría, que une la salutación del ángel con la alabanza de Isabel; el gloria, breve oración de alabanza y glorificación a la Santísima Trinidad. Solamente dos misterios, la Asunción de María y su coronación en el Paraíso, no están documentados directamente por la Escritura, pero son una lógica consecuencia de su enseñanza. En efecto, la vida gloriosa del cristiano en Dios, que estos misterios evocan, fue la finalidad de toda la predicación y la actuación de Cristo.
Oración de los pobres de espíritu
El Rosario es una oración sencilla, que lleva a quien lo reza al centro del misterio cristiano, a los datos fundamentales de la fe, a través de las oraciones más conocidas. Es la oración de los pobres, no solamente porque los humildes la practican, sino sobre todo porque enseña el camino de la sencillez y la pobreza de espíritu.
Es una oración que hace descansar, porque respeta el ritmo de la vida, abarcando toda la semana y todo el año. Cada día tiene una reflexión sobre diferentes misterios de la vida del Señor. La repetición de las avemarías permite entrar lentamente en relación con Dios, con un movimiento del alma más tranquilo, lleno y ordenado. Hay que rezar sin prisa, uniendo en una sola voz la única fe y el único amor a la Santa Virgen María.
Por eso, hay que dedicar un tiempo a la oración, en particular al rezo del Rosario, como necesidad y fundamento de nuestra vida. No se diga que no se tiene tiempo, porque esto es falso. En efecto, consagrar su tiempo a una u otra actividad siempre es una elección. Por eso, cada uno debe tener un tiempo suyo: el tiempo de Dios y del fundamento del amor, que le dará más paciencia, amor y dulzura. Cuando falta este tiempo del amor, lentamente se pierde la memoria y el sentido de la vida. Hay un tiempo para estar con los hombres y un tiempo para estar con Dios, un tiempo para el silencio completo y un tiempo para hablar.
Estamos llamados a tener esta fidelidad al Rosario. A pesar del pecado, el fracaso y la fatiga, debe permanecer siempre este espacio en cada jornada. Si somos fieles a ella, la Virgen María será fiel a nosotros. Con gran humildad hay que seguir orando como María, con paciencia. El Rosario nos anima a superar la aversión al sacrificio y al sufrimiento, haciéndonos meditar los sufrimientos de Cristo; a superar la aversión a la vida humilde y laboriosa, haciéndonos mirar a la humildad de Cristo y de María; mientras que la meditación de los misterios gloriosos nos ayuda a superar la indiferencia hacia la vida futura y el apego a los bienes materiales.
Al rezar el Rosario, estamos en brazos del Señor; seguimos marchando con todo el pueblo de Dios, que tiene a Jesús como cabeza y a María como Madre; y permanecemos seguros de que ella se acuerda de nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Puede ser el último momento de la vida, pero María no me abandona si yo no la abandono. Si le soy fiel, ella me será fiel. Si no le soy fiel, ella lentamente y con gran dulzura, seguirá caminando conmigo.
14/05/2023