Para recordar a san Juan Pablo II a los veinte años de su muerte

 

El 2 de abril de 2005 falleció san Juan Pablo II.
Queremos recordar la figura de este Pontífice con una Homilía que pronunció el padre Emilio Grasso el 20 de octubre de 2002 –con motivo de la celebración del 24 aniversario de la elección de Su Santidad Juan Pablo II–, en la Catedral de Asunción (Paraguay), en presencia del entonces Nuncio Apostólico, S.E. Mons. Antonio Lucibello, y del entonces Arzobispo de Asunción, S.E. Mons. Pastor Cuquejo.

 

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El 23 de marzo de 1979, pocos meses después de su elección como sucesor de Pedro y Vicario de Jesucristo en la Tierra, Juan Pablo II promulgaba el Documento de Puebla, fruto del trabajo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

Al final de su Documento, Puebla abogaba por dos opciones preferenciales: por los pobres y por los jóvenes[1].

Me parece que estas opciones de amor preferencial, pero no exclusivo, por los pobres y por los jóvenes, constituyen una de las muchas claves posibles de lectura del pontificado de Juan Pablo II[2].

Por la gracia de Dios, he visitado en estos días la cárcel de San Pedro de Ycuamandyyú.

Cárceles, sanatorios, hospicios que constituyen las etapas fundamentales de un camino religioso y de fe de un pueblo, verdaderos santuarios de las presencias de Cristo Crucificado y de la Virgen Madre, que se queda hasta el último momento junto a la cruz del Hijo.

Lo impresionante es que los que se encuentran allá son en su mayoría jóvenes y todos pobres.

Y viendo las condiciones en las cuales viven estos hermanos nuestros, parece que nuestra sociedad sabe solo castigar y vengarse, no amar y dar a los hombres una posibilidad de recuperarse.

La opción preferencial del Vicario de Cristo

¡Los pobres y los jóvenes!

Marginados, desamparados, abandonados, indefensos, engañados, aprovechados, explotados, manejados, manipulados, vendidos, como diría el profeta Amos, por dinero o por un par de sandalias, oprimidos y humillados... los pobres y los jóvenes permanecen como la opción preferencial de la Iglesia latinoamericana y la opción preferencial del Vicario de Cristo.

En el encuentro con los jóvenes en el estadio olímpico de Atahualpa, en Quito (Ecuador), el Papa, con expresión poética, afirmaba:

“La vida es la realización de un sueño de juventud. Que cada uno de los jóvenes tenga su sueño para convertirlo en maravillosa realidad”[3].

Por esta capacidad de soñar, unida a la lucha cotidiana para transformar el sueño en maravillosa realidad, “la Iglesia –afirma Juan Pablo II en su primer discurso a los jóvenes latinoamericanos– ve en la juventud una enorme fuerza renovadora, símbolo de la misma Iglesia, llamada a una constante renovación de sí misma, o sea, a un incesante rejuvenecimiento”[4].

No hay posibilidad alguna de hablar a los jóvenes o de lanzar con intento de éxito cualquier plan pastoral, si nosotros mismos no entramos en un profundo proceso de conversión personal y comunitario.

El hombre contemporáneo –escribía Pablo VI– “si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”[5].

La multiplicación de documentos y de enseñanzas cansa. En verdad, no son estos los que faltan a los jóvenes, sino que faltan hombres que vivan en su carne y en su sangre la palabra que anuncian.

Por eso el Papa se dirige a los jóvenes y los mira “con ojos de expectación y de esperanza”[6].

Hablando en el estadio de Bogotá afirma:

“Sois gozo y esperanza de la Iglesia y del mundo. En vosotros brota el renuevo de la comunidad de los creyentes y representáis el relevo de los que construyen la ciudad temporal”[7].

La Iglesia no puede renunciar a esta juventud. “¡Qué triste sería –dice el Papa mirando a los niños de Colombia– una Iglesia hecha solo de personas mayores!”[8].

Llamados a dar respuestas

Conoce bien Juan Pablo II cuales son las fuerzas de las tinieblas, del dolor y del sufrimiento que atañen a los jóvenes latinoamericanos.

El Papa las enumera y cada una de estas fuerzas de opresión de los hombres, y de los jóvenes en particular, constituye un capítulo al cual todos tenemos que dar respuesta; no con palabras o eslóganes que vacían la inteligencia y no llenan el estómago, sino con la entrega total de nuestra misma vida.

Tenemos que dar respuesta a la lista de males que el coraje profético de Juan Pablo II, en presencia del pueblo y frente a las autoridades de cualquier color, llama con su nombre.

No se juega con el rostro oprimido y crucificado de los hombres, verdadera carne y verdadera sangre de Dios en la historia, porque –como afirmó Juan Pablo II en su Encíclica Redemptor hominis al principio de su ministerio pontifical– “mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre”[9].

Esta es la página de tinieblas, de dolor y sufrimiento, verdadero misterio de la iniquidad en el mundo, mysterium iniquitatis, a la cual tenemos que dar respuesta.

La pregunta que encontramos no es política. Esta es una cuestión cristológica. De esto habla Juan Pablo II en el célebre discurso a los jóvenes reunidos en San Juan de los Lagos, en México, y en Baixa do Bonfim de Salvador, en Brasil.

Entramos con el Papa en el corazón de estas tinieblas:

“El hambre y la desnutrición, el analfabetismo, el desempleo, la desintegración familiar, la injusticia social, la corrupción política y económica, salarios insuficientes, concentración de la riqueza en manos de pocos, inflación y crisis económica, el poder del narcotráfico que atenta gravemente a la salud y la vida de las personas, el desamparo de los emigrantes ilegales e indocumentados”[10], “niños abandonados, niños sin hogar, niños y niñas de la calle, niños utilizados por los adultos para fines inmorales, para el tráfico de droga, para los pequeños y grandes delitos y para la práctica del vicio”[11].

Si la cuestión expuesta es esencialmente cristológica, porque por la verdad de la fe, con autoridad expresada por la Iglesia en el Concilio de Calcedonia, todo lo que pertenece a Dios pertenece al hombre, la respuesta es esencialmente de orden antropológico y afecta a la libertad del hombre, a su responsabilidad, a su inteligencia y a su voluntad.

Al problema expuesto, que la Iglesia tiene siempre que evidenciar con fuerza y libertad profética, no corresponde una sola respuesta.

Una de las respuestas es de orden político.

La política debemos entenderla, según la doctrina social de la Iglesia, como la máxima expresión de la caridad, como capacidad de hacer que la ciudad del hombre se acerque cada vez más a la ciudad de Dios, ciudad donde cada joven, cada hombre tenga la posibilidad de traducir en realidad el sueño de juventud.

Porque el sueño, del que habla el Papa, está colocado en el corazón de la experiencia onírica del Antiguo y Nuevo Testamento, donde, en el centro de cada cosa y de todo, están Dios y su Reino y donde todos los sueños no son sino variaciones, temáticas o atemáticas, de un único tema: Cristo.

“La misión de la Iglesia –escribe Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris missio sobre la permanente validez del mandato misionero– no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político. La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal, sino que da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta”[12].

Después, de una misma fe cristiana pueden nacer –como afirma el Concilio– una legítima variedad de opciones posibles y compromisos diferentes[13].

La Iglesia respeta la justa autonomía de las diferentes opciones políticas, pero no abdica en su papel de formación y de conciencia crítica de cualquier forma de sociedad en nombre de la no-identificación del Reino de Dios con cada sociedad humana posible, aunque sea la mejor que exista.

Esta es la única y verdadera profecía que le corresponde y no un continuo hablar de todo y sobre todo, como si fuese una madre que tiene siempre a sus hijos protegidos en el líquido amniótico, eternos mocetones incapaces de tomar sus propias decisiones.

La Iglesia ama la libertad y quiere que sus hijos, después de haber chupado la leche de la verdad que mana de su pecho, se lancen al mundo con coraje y amor. El problema es formar la conciencia de los laicos. Ellos tienen el derecho y el deber de asumir sus responsabilidades. La política como respuesta a la cuestión cristológica no pertenece ni a los obispos, ni a los sacerdotes, ni a los religiosos. “Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos”[14]. No sería profetismo, sino clericalismo si obispos, sacerdotes y religiosos hablasen en un campo que pertenece a los laicos.

El coraje de ir a contracorriente

Como dijo Juan Pablo II en el inolvidable encuentro con los jóvenes en “Ñu Guazú”, en el Paraguay, el 18 de mayo 1988, “muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo. Pero esta es la única vía para edificarse una vida bien lograda y plena”[15].

El sueño está destinado a transformar la realidad, pero para que esto suceda tiene que confrontarse con el dato existente.

A esta lucha, a este coraje alentó el Papa en un momento muy difícil de la historia del Paraguay:

“¡Muchachos y muchachas del Paraguay! ¡No tengáis miedo a empeñar la vida por los demás! ¡No os acobardéis ante los problemas! ¡No queráis huir de vuestro compromiso transigiendo con la mediocridad o el conformismo! Es la hora de asumir responsabilidades, de comprometerse, de no retroceder”[16].

Los jóvenes y los pobres, que constituyen la mayoría de los habitantes del continente latinoamericano, tienen un sueño.

Juan Pablo II ha leído y proclamado este sueño.

En su testimonio de amor apasionado por el hombre y por Dios, testigo de la cruz del Señor por los caminos del mundo en el amanecer del tercer milenio, en su cuerpo crucificado y en su rostro de gozo y de amor, Juan Pablo II nos ha revelado el sueño que vive en el corazón del hombre y en el corazón de Dios.

¡Que nadie se oponga a este sueño de libertad y de amor, de justicia y de paz, de liberación y de democracia substancial y no solo formal!

¡Este es el sueño que late en el corazón de los jóvenes y de los pobres!

Impedir su realización, matar con todo poder este sueño, quiere decir declarar la guerra no a los jóvenes y a los pobres, sino a Dios mismo.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. Documento de Puebla, n.os 1134-1205.

[2] En este texto las citas de los discursos pronunciados por el Santo Padre han sido extraídas de Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I-XXI/2, Libreria Editrice Vaticana 1979-2000, que citaremos a partir de ahora con Insegnamenti.

[3] Juan Pablo II, En el encuentro con los jóvenes en el estadio olímpico “Atahualpa” (30 de enero de 1985), en Insegnamenti, VIII/1, 259.

[4] Juan Pablo II, A los estudiantes (30 de enero de 1979), en Insegnamenti, II, 263.

[5] Evangelii nuntiandi, 41.

[6] Juan Pablo II, Homilía de la Misa para los jóvenes y los estudiantes, en Belo Horizonte (1 de julio de 1980), en Insegnamenti, III/2, 7.

[7] Juan Pablo II, A la juventud en el estadio “Nemesio Camacho” (2 de julio de 1986), en Insegnamenti, IX/2, 74.

[8] Juan Pablo II, A los niños de Colombia (4 de julio de 1986), en Insegnamenti, IX/2, 131.

[9] Redemptor hominis, 13.

[10] Juan Pablo II, La consigna a los jóvenes durante la Misa. En “El Rosario” de San Juan de los Lagos (8 de mayo de 1990), en Insegnamenti, XIII/1, 1165.

[11] Cf. Juan Pablo II, Acongojado llamado durante el encuentro en “Baixa do Bonfim” de Salvador con más de 30.000 niños representantes de la infancia de todo el país (20 de octubre de 1991), en Insegnamenti, XIV/2, 952.

[12] Cf. Redemptoris missio, 58.

[13] Cf. Gaudium et spes, 43; cf. Octogesima adveniens, 50.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, 2442; cf. Christifideles laici, 42.

[15] Juan Pablo II, Asunción: encuentro con los jóvenes en “Campo Ñu Guazú” (18 de mayo de 1988), en Insegnamenti, XI/2, 1560.

[16] Juan Pablo II, Asunción: encuentro con los jóvenes..., 1562-1563.

 

 

 

06/04/2025