Valores teológicos y espirituales

 

El término “noche”

Tratando la cuestión de la fe, Santo Tomás afirma que “cada creatura es tiniebla con respecto a la inmensidad de la luz divina”[1]. Como las tinieblas se entienden y se definen en relación con la luz, así también la noche se entiende y se define en relación con el día.

Análogamente, podemos hablar propiamente de “noche de la vida consagrada hoy”, solo si comparamos dos momentos temporales de ésta. Además, debemos añadir que se deben comparar entre sí momentos homogéneos y de sentido común.

En esta visión, hay que desconfiar de una inadecuada comparación entre el momento originario y originante de un Instituto de vida consagrada y el momento de la cotidianidad del desarrollarse histórico de un determinado carisma. Con mayor razón deben ser evitadas comparaciones y confrontaciones entre la vida de los así llamados “movimientos” y aquella de los “Institutos de vida consagrada”. Estas comparaciones, como otras, son impropias y desviantes, porque ponen en confrontación momentos completamente distintos en la génesis y la estructura de un Instituto que caracterizan fenómenos diferentes entre sí.

Para usar un lenguaje caro a Sartre, no podemos poner en comparación el momento irrepetible del “grupo en fusión”, “la Bastilla como exigencia primaria de la libertad común”, con el sistema institucional que de eso deriva, y en el que la libertad de los individuos remite necesariamente a la autoridad como tercer regulador[2].

Retomo las categorías introducidas por el sociólogo italiano Francesco Alberoni, dando de ellas una interpretación completamente personal[3]. Alberoni usa las nociones de estado naciente, enamoramiento, institución, amor.

Si podemos considerar el enamoramiento como el irrumpir de lo nuevo y lo gratuito en la vida, el amor, en cambio, lo consideramos como la única posibilidad de fidelidad a aquel instante único.

El enamoramiento es libertad, ruptura de vínculos precedentes, creación de lo que no existía. El amor, por el contrario, es ley que deriva de aquel enamoramiento, construcción en el espacio y en el tiempo del contenido de aquel encuentro.

El amor se coloca entre el principio y el fin, y está caracterizado por la nostalgia y el deseo, moviéndose entre memoria y futuro. El enamoramiento escucha y contempla. El amor actúa y hace visible, inteligible y comunicativo aquel fundamento.

Se ama porque se está enamorado y, si se está enamorado realmente, no se puede dejar de amar. Solo quien llega a ser “contemplativo en la acción”[4] une en el mismo acto enamoramiento y amor.

Retomando el concepto inicial de Santo Tomás, si consideramos la vida consagrada en su realización histórica y la comparamos con el carisma de los orígenes y su pleno sentido final, tenemos que considerar siempre como “noche” el tiempo que vivimos.

El criterio de juicio, en efecto, se nos viene dado por el alfa y la omega en los que nos movemos, y cualquier realización es siempre “noche”, frente a la luminosidad de la mañana y al resplandor del día último y nuevo.

Si se pierden de vista estos puntos que orientan el camino, se vacía el sentido teologal y espiritual de la noche, no se capta la riqueza del tiempo que se nos concede vivir, se crean expectativas y desilusiones, proyectos y fracasos, éxitos y desconciertos, que nada tienen que ver con el carisma que se nos concede vivir.

Digo esto porque muchas veces se usa el término “noche”, sin especificar su sentido y se carga este concepto de valencias impropias. Además, en el plano de la experiencia personal al que el término es principalmente inherente, fenómenos como la melancolía, la depresión y otras anomalías psíquicas pueden acompañar la noche espiritual, pero no constituyen su proprium.

En otros términos, no todo lo que no logramos controlar y hacer entrar en esquemas conformes a cierta racionalidad podemos llamarlo “noche”.

Esta aclaración es fundamental, porque introduce una distinción entre fenómenos diferentes que, por tanto, deben ser afrontados con una pluralidad de instrumentos analíticos, diferenciando consecuentemente también las respuestas.

Debe evitarse el riesgo del reduccionismo a un solo factor, en el análisis de un fenómeno que, en cambio, debe ser abordado con el aporte de las diferentes disciplinas, en el respeto de la autonomía de cada campo de investigación. Esto permite la identificación cada vez más precisa del problema en sus justas dimensiones, y la consiguiente respuesta a los niveles correspondientes.

La señal decisiva, para hablar de noche en sentido teologal, es el recuerdo de Dios y la solicitud penosa de servirlo, creyendo no hacer nada[5].

San Juan de la Cruz, justamente en la Noche oscura, subrayaba la relación vehemente con la iluminación de la “fe oscura y viva, de la esperanza cierta y de la caridad perfecta”, precisamente allí donde más alto es el momento de las tinieblas y de la muerte interior.

San Juan de la Cruz escribe:

“Esta blancura de fe llevaba el alma en la salida de esta noche oscura cuando, caminando (como habemos dicho arriba) en tinieblas y aprietos interiores, no dándole su entendimiento algún alivio de luz, ni de arriba, pues le parecía el cielo cerrado y Dios escondido, ni de [a]bajo, pues lo[s que la] enseñaban no le satisfacían, sufrió con constancia y perseveró, pasando por aquellos trabajos sin desfallecer y faltar al amado; el cual en los trabajos [y tribulaciones] prueba la fe de su Esposa, de manera que pueda ella después con verdad decir aquel dicho de David, es a saber: Por las palabras de tus labios, yo guardaré caminos duros (Ps 16, 4)”[6].

Pluralidad de lecturas de los carismas

Se impone también otra consideración metodológica. Con la expresión “vida consagrada” se hace referencia a una serie de fenómenos diferentes por orígenes, tipologías, datación, finalidad, áreas geográficas y culturales, por lo que resulta completamente imposible dar una valoración global de los problemas, de las dificultades, de los aspectos negativos que no se querría que pasaran al nuevo milenio que ha iniciado. Lo mismo hay que decir acerca de las esperanzas y las expectativas, de los desafíos y de las propuestas.

Refiriéndose, en efecto, a un fenómeno de sentido extenso, se tiene el riesgo de afirmar algo que, queriendo abrazar toda la complejidad del mismo, no contiene significativamente nada relevante.

¿Qué pueden tener en común Institutos de antigua fundación nacidos en países de cristiandad constituida y cargados de memorias, de una teología elaborada y experimentada, de finalidades bien determinadas, de estructuras y financiaciones consolidadas, con Institutos nacidos en países de reciente evangelización, para satisfacer exigencias contingentes, sin un fundamento espiritual propio, con estructuras y financiaciones precarias?

¿Qué tienen en común Institutos pobres de historia y medios, pero que tienen éxito en contextos sumamente conflictivos y se encuentran en expansión vocacional, con Institutos reducidos al borde de la supervivencia, en espera de la vocación que no llega?

Y, refiriéndose a los contextos culturales y geográficos, ¿qué tienen en común Institutos que viven en áreas donde todavía se respira lo premoderno y otros que se encuentran donde lo posmoderno está avanzado? ¿Y qué, Institutos con una apertura internacional y otros que se desarrollan solo sobre bases estrechamente locales? Existen, por lo demás, Institutos tan atados al período histórico en el que han nacido y del que han interpretado las exigencias, que resulta difícil su inculturación en otras situaciones. En estos Institutos se ha creado, entre carisma y cultura del tiempo de fundación, una tal amalgama, que los dos elementos, al separarse, amenazan producir la disolución de todo.

De estas breves y sumarias consideraciones se deduce la necesidad de que cada Instituto relea su carisma y su historia en el tiempo y lugar donde está llamado a vivir, haciendo también una pluralidad de lecturas contextualizadas.

Emilio Grasso

(Continúa)

 

 

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[1] Tommaso d’Aquino, La Somma Teologica, II-II, q. 5, a. 1, ad 2. A cura dei Domenicani italiani, XIV, Ed. Adriano Salani, Firenze 1966, 148.

[2] Cf. J.-P. Sartre, Critique de la raison dialectique (précédé de Question de méthode), I. Théorie des ensembles pratiques, Gallimard, Paris 1960, 408.

[3] Cf. F. Alberoni, Enamoramiento y amor, Gedisa, Barcelona 1988.

[4] Cf. E. Grasso, “Contemplativo en acción”. María Magdalena, figura de la Iglesia en misión

[5] Cf. F. Ruiz Salvador, Notte oscura, en Dizionario di Mistica. A cura di L. Borriello - E. Caruana - M.R. Del Genio e altri, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1998, 913-916.

[6] Juan de la Cruz, Noche oscura, II, 21, 5, en Juan de la Cruz, Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1982, 409.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

14/02/2026