A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

   

 

Mis queridos amigos:

Hay muchos fieles que, en este tiempo de la pandemia del Coronavirus que estamos viviendo, se quejan de la falta de la celebración pública de la Eucaristía.

Frecuentemente, los que más se quejan son los que menos participan, en todos los sentidos, en la vida de la Iglesia.

Pero esto sería otro capítulo de un largo discurso sobre nuestra hipocresía, que se manifiesta en varias y diferentes formas.

No es a ellos a los que me dirijo, sino a tantos fieles que realmente sufren la falta de la celebración pública de la Eucaristía.

A estas personas honestas y auténticas les debemos explicar que la decisión que prohíbe o reglamentará la celebración publica de la Eucaristía no es una conspiración contra la Iglesia, sino que manifiesta la obediencia y la humildad de la Iglesia que defiende al pueblo, a todo el pueblo, del peligro que nace del contagio, allá donde hay aglomeración de personas.

Lo que se sabe del COVID-19 es mucho menos de lo que no se sabe.

La única defensa, hasta cuando llegue la adecuada vacuna, son las medidas de prevención.

La Iglesia, obedeciendo a estas medidas de prevención con el máximo de la lealtad y de la inteligencia, demuestra que ama la vida del pueblo y que –como decía san Ireneo, uno de los mayores Padres de la Iglesia– “la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

El hombre, para que pueda llegar a la visión de Dios, es necesario que viva, y nosotros vamos contra la voluntad de Dios si lo exponemos al peligro de muerte, solo porque un número limitado y seleccionado de personas (no todo el pueblo de Dios) participa a una celebración reducida de la Eucaristía. Y participaría solo pocas veces al año, si no queremos introducir, también en la celebración eucarística, la muy conocida práctica de la coima, por la cual entran y se sientan los privilegiados que pueden apoyarse en amistades que los favorecen.

Esto debemos comprenderlo bien, porque el mundo que se construirá después del Coronavirus será diferente del mundo que teníamos antes del Coronavirus.

De manera profética, cuando todavía no había estallado la pandemia del Coronavirus, el Papa Francisco, dirigiéndose a la Curia Romana, afirmaba:

“La historia del pueblo de Dios –la historia de la Iglesia– está marcada siempre por partidas, desplazamientos, cambios. El camino, obviamente, no es puramente geográfico, sino sobre todo simbólico: es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel. Todo esto tiene una particular importancia en nuestro tiempo, porque no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia. A menudo sucede que se vive el cambio limitándose a usar un nuevo vestuario, y después en realidad se queda como era antes”.

Yo considero, lo repito una vez más, este tiempo del Coronavirus como un tiempo favorable que Dios en su bondad permite, para que la Iglesia pueda prepararse a este cambio de época del cual habla el Papa Francisco.

En este tiempo, si es imposible nuestra participación real en la Eucaristía (y la multiplicación de celebraciones virtuales en las cuales participamos solo como espectadores y no como actores, crea un peligro latente, porque se corre el riesgo de perder el auténtico sentido de la liturgia), podemos profundizar el sentido de la liturgia en nuestra vida cristiana, puesto que la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium,10).

A la acción litúrgica, los fieles están llamados a participar “consciente, activa y fructuosamente” (Sacrosanctum Concilium, 11).

Si comprendemos bien y hacemos nuestro el discurso del Papa Francisco del cambio de época, debemos saber disfrutar de este tiempo favorable que nos es dado para transformarnos de espectadores en actores.

Ha llegado el tiempo para que los Pastores del pueblo de Dios se hagan cargo, después de 57 años de su promulgación, de larealización de la Constitución del Concilio Vaticano II Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia.

Debemos preparar, en la continuidad de la única Iglesia del Señor, el tiempo en que todo el pueblo de Dios participe “consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada” (Sacrosanctum Concilium, 48).

Siguiendo las palabras proféticas del Papa Francisco, es este el tiempo en que

“urge que leamos los signos de los tiempos con los ojos de la fe, para que la dirección de este cambio despierte nuevas y viejas preguntas con las cuales es justo y necesario confrontarse”.

Si es verdad que la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza”, debemos tener la inteligencia de comprender que, en este tiempo del Coronavirus, no estamos llamados a vivir la fuente y tampoco el culmen de la actividad de la Iglesia, sino que estamos llamados al combate para construir el camino que de la fuente conduce al culmen, y del culmen vuelve a la fuente.

Estamos llamados –según las palabras del Concilio Vaticano II– a “trabajar con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano” (Gaudium et spes, 57).

Sería un pecado muy grave, una lectura equivocada de los signos de los tiempos (y la pandemia del Coronavirus es, no cabe duda, un signo de nuestro tiempo), si, para defender “nuestra Misa”, o peor todavía nuestros hábitos, pusiéramos en peligro la vida de nuestros hermanos.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

16/05/2020