A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Hace mucho tiempo que el Doctor Guillermo Sequera, Director General de Vigilancia de la Salud, insta a la ciudadanía a no bajar la guardia y a persistir con las medidas sanitarias, haciendo énfasis en el lavado de manos, el uso de mascarilla y el distanciamiento físico y social, para impedir contagios masivos.

Cansados de esta larga cuarentena, en todo el mundo surgen grupos de personas que niegan la existencia del COVID-19, diciendo que es todo un juego político de quienes quieren cerrar la boca del pueblo y destruir las libertades civiles.

Sobre este punto de la libertad debemos tener ideas claras frente a quien, en nombre de una pretendida libertad, pone en riesgo la vida de los demás.

Yo, lo repito una vez más, no soy un neumólogo ni un infectólogo y tampoco un epidemiólogo.

Como ciudadano y como cristiano, quiero que mi libertad sea respetada y, por eso, debo saber respetar la libertad y la competencia profesional de los demás.

Nosotros los creyentes sabemos que “la libertad es el poder dado por Dios al hombre de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar de este modo por sí mismo acciones deliberadas” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 363).

La libertad es, pues, la capacidad de elegir. En ella se fundamenta la característica de los actos propiamente humanos.

Hablando en un Centro Penitenciario para menores, el Papa Benedicto XVI afirmaba que

“el hombre es una persona libre. Debemos comprender lo que es la libertad y lo que es solo apariencia de libertad. Podríamos decir que la libertad es un trampolín para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero puede transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse hacia el abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y nuestra dignidad”.

La libertad nos lleva a tomar responsabilidades: es precisamente el descubrimiento del “yo”, que no se esconde detrás de otros: los padres, los amigos, el grupo, sino que se manifiesta como persona libre y consciente. El “yo” indica la salida del anonimato, la afirmación de la persona, que no es un número entre muchos, un pedazo de carne entre otros.

Ahora es importante recordar y afirmar que

“el hombre posee –como declara Benedicto XVI– una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y solo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”.

La auténtica libertad, pues, se manifiesta no en el hacer lo que nos gusta, cuando y como nos gusta, sino en el respeto de la naturaleza. Esta naturaleza la descubrimos desarrollando nuestra inteligencia, e insertándola en el trabajo del progreso de la inteligencia de toda la humanidad.

En esto debemos ser humildes, escuchando y poniéndonos a la escuela de siglos y siglos de trabajo científico y de la experiencia de toda la humanidad.

No cabe duda de que, en el Paraguay, como en otros países, existe un problema endémico de corrupción, de mal gobierno y de falta de una visión política a largo plazo, pero esto no nos autoriza a negar la existencia del COVID-19.

Por eso, quien rechaza la obediencia a las medidas sanitarias gubernamentales en nombre de su libertad o, lo que es peor, afirma que el COVID-19 no existe es, simplemente, un imbécil.

La palabra imbécil deriva del latín imbecillis. Se compone de in privativo (=sin) y bacillum diminutivo de baculum (=bastón). La sabiduría iba asociada a la vejez, y a la vez tenía la imagen de un señor anciano apoyado en un bastón. Por lo tanto, el que no tenía sabiduría era el que no tenía bastón.

El imbécil es un hombre que no tiene ningún apoyo. No opone a una prueba otra prueba, un estudio científico a otro estudio científico.

El imbécil no habla, sino que hace solo un ruido sin contenido lógico.

Me gustaría tanto, a mi edad, poder decir: “El COVID-19 no existe. Existe solo una gran conspiración internacional que mira a comprimir nuestra libertad”.

Me gustaría mucho poder decir esto. Pero yo no puedo hablar como un imbécil: no puedo matar mi inteligencia y rechazar la gran experiencia científica de la humanidad.

Sobre todo, yo soy orgulloso de llamarme cristiano, de tener como punto de apoyo, como mi bastón, la gran tradición bíblica judeo-cristiana.

Yo no puedo hablar como un imbécil, ni tampoco como un irresponsable.

En el relato genesíaco, el pecado de Caín se manifiesta con una respuesta de irresponsable. A Dios que pregunta dónde está el hermano Abel, Caín le responde con el clásico “no lo sé”, que no es otra cosa que la traducción de una declaración de irresponsabilidad.

“El Señor preguntó a Caín: ‘¿Dónde está tu hermano?’ Respondió: ‘No lo sé. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?’” (Gen 4, 9).

Gerhard von Rad, gran exegeta del Antiguo Testamento, nota acerca de esto que Dios no pregunta al hombre: “¿Dónde estás?”, sino: “¿Dónde está tu hermano?”, como para subrayar que la responsabilidad delante de Dios es la responsabilidad respecto al hermano. Caín, para sacudirse de encima esta gravísima pregunta, que era también una gracia que le habría permitido responder confesando la verdad, lo hace con una salida insolente.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que

“Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo” (Gaudium et spes, 32).

Esto quiere decir que, en mi libertad, yo soy responsable no solo de mi salud, sino de la salud de todo mi barrio, mi ciudad, mi país, del mundo entero.

Por eso, yo no puedo hacer lo que quiero, a mi antojo, poniendo en peligro la salud de los demás.

Quien lo hace, arriesgando su propia salud y la de los demás, desde el punto de vista humano, es un imbécil, según la etimología de la palabra, y, desde el punto de vista cristiano, un pecador.

Y, para que el Señor ilumine nuestra inteligencia y purifique nuestro corazón, pedimos la abundancia de su bendición, que es bendición para la vida y no para la muerte.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

22/08/2020