A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
El desarrollo de la doctrina católica sobre la Virgen María fue bien explicado por san Juan Pablo II, en la Audiencia general del 13 de diciembre de 1995.
Dijo, en aquella ocasión, san Juan Pablo II que
“en la segunda sesión del Concilio se propuso introducir el tratado sobre la bienaventurada Virgen María en la Constituciónsobre la Iglesia. Esta iniciativa suscitó diversidad de opiniones.
Algunos sostenían que solo un documento separado podría expresar la dignidad, la preeminencia, la santidad excepcional y el papel singular de María en la redención realizada por su Hijo.
Otros, en cambio, se manifestaban a favor de la propuesta de incluir en un único documento la exposición doctrinal sobre María y sobre la Iglesia. Según estos últimos, dichas realidades no se podían separar en un Concilio que, poniéndose como meta el redescubrimiento de la identidad y de la misión del pueblo de Dios, debía mostrar su conexión íntima con la Virgen María que es modelo y ejemplo de la Iglesia.
Después de una confrontación densa de doctrina y atenta a la dignidad de la Madre de Dios y a su particular presencia en la vida de la Iglesia, se decidió insertar el tratado mariano en el documento conciliar sobre la Iglesia”.
Insertando a la Virgen María en el cuerpo de la Iglesia, el Concilio Vaticano II ha cumplido una opción fuertemente tradicional, o sea, ha redescubierto las fuentes auténticas de la vida de la Iglesia: la Sagrada Escritura y el pensamiento de los primeros grandes Padres de la Iglesia.
El Sermón 25 de san Agustín nos brinda la llave de comprensión de la unión entre Cristo, María y la Iglesia.
Volviendo a escuchar este pasaje de san Agustín, no puedo no expresar mi tristeza al ver y observar, con atención, cómo al pueblo de Dios se le niega la riqueza de las fuentes del verdadero culto a la Virgen María, culto que, en la práctica, en la mayoría de los casos, se reduce a mítines que, fundamentalmente, nada tienen que ver con el papel que desarrolla María en la Historia de la Salvación.
Y ahora escuchemos las palabras de san Agustín:
“Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: ‘Estos son mi madre y mis hermanos; y el que hace la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es mi hermano y mi hermana y mi madre’. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino?
Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: ‘Dichoso el seno que te llevó’. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: ‘Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. De ahí que María es dichosa porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.
María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al
mismo Dios por cabeza.
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’. ¿Cómo seréis madre de Cristo? ‘El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre’”.
No lo olvidemos: toda la Iglesia tiene que llegar a ser María. Ella está en el interior del pueblo de Dios, es una mujer y es el modelopara todos.
Si no logramos ser como ella, no entraremos en el Reino de los Cielos. Desde el más humilde, hasta el más sabio, todos tienen que llegar a ser hijas, esposas y madres de la Palabra.
Ella es el modelo de cómo tenemos que escuchar y practicar la Palabra, que entra en nosotros, pide nuestra carne y nuestra sangre, y de hijos de la Palabra nos transforma en su esposa, esposa que llega a ser Madre de la misma Palabra.
Dante Alighieri, el máximo poeta italiano, hablando de María, ha usado estas palabras: “Virgen Madre, hija de tu Hijo”.
Sin la carne y la sangre de María, Dios no habría podido entrar en el mundo, ni estar con nosotros. Gracias a esta jovencita que ha donado su cuerpo a Dios, nosotros podemos hacer, como está escrito en el Evangelio según san Juan, las mismas cosas que ha hecho Jesús y también otras más grandes (cf. Jn 14, 12).
Nunca debemos olvidarnos que María, como la Iglesia, no es solo Madre. Ella es también hija, la más pequeña entre todos nosotros y, como para la más chiquitita, la vida de María y la vida de la Iglesia dependen de cada uno de nosotros. Por eso, “no te preguntes qué pueden hacer María y la Iglesia por ti, pregúntate que puedes hacer tú por Ellas”.
La devoción a María, pues, no quiere decir multiplicar sus imágenes, sino imitar su ejemplo. María no es una diosa. Es el modelo de la escucha y de cómo hay que estar bajo la cruz.
Y allá bajo la cruz, la gloria de Dios es también la gloria del hombre.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.

05/12/2020

