Padre Damián, apóstol de los leprosos, héroe de la caridad

 

El padre Damián ha sido una figura legendaria, ya desde cuando estaba vivo. Pocos días después de su llegada a Molokai, un americano, protestante, escribió en un periódico de Honolulu:

“El padre Damián ha tomado su decisión y ha sido abandonado entre los leprosos, sin un techo y vestidos de repuesto, reducido a lo que los leprosos podrán ofrecerle. Las convicciones teológicas de aquel hombre quedan sin importancia: es ciertamente un héroe cristiano”.

En el curso de los años, algunos visitantes siguieron haciéndole alabanzas. Los relatos de sus encuentros con Damián, difundidos por los periódicos de casi todo el mundo, suscitaron un eco clamoroso. Robert Louis Stevenson, llegado a Hawái en 1889, logró tener una visa para Molokai solo un mes después de la muerte de Damián. Habló con muchas personas que lo habían conocido; se hizo la idea de un hombre no inmune a defectos y, como escribió a su madre, “a más fuerte razón un héroe y un santo”. Los ataques que un pastor protestante había lanzado contra Damián, enseguida después de su muerte, provocaron la reacción inmediata del autor de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, quien escribió un violento panfleto para defender la reputación de Damián. Nunca, antes de entonces, la obra de un misionero había suscitado tanto interés. La admiración por Damián superaba las barreras religiosas, alcanzando a los no creyentes y a los miembros pertenecientes a otras confesiones cristianas: uno de los amigos y partidarios más apasionados de Damián fue un pastor anglicano de Londres, Hugh Chapman, y el Obispo luterano de San Petersburgo escribió a Damián pidiéndole su bendición.

Transformado en una celebridad, sin haberlo buscado, personaje mediático ante litteram, Damián ha producido algo nuevo en la historia de la misión, algo extremadamente moderno. No es sencillamente el hombre que ha dado un contenido concreto a la palabra “caridad”, volviéndose un campeón en esto; ni el misionero que, entre los primeros, ha entendido que el mejoramiento de las condiciones de vida era parte integrante del anuncio del Evangelio. Por medio de Damián se cumple un paso decisivo: el ensanche de la cáritas cristiana hasta los confines mismos del mundo. También una población no católica, no cristiana, despreciada y humillada suscita la compasión y el impulso de generosidad y el compartir de todo el hemisferio cristiano. No se trata solo de ayudas materiales. Damián recibe decenas de cartas de sacerdotes, médicos y enfermeras, que quieren ir a Molokai para trabajar con él.

Es, por lo tanto, un viraje importante el que acontece a través de Damián, tanto más significativo, porque la solidaridad, más allá de las barreras y las fronteras, no es nunca una adquisición definitiva que no se vuelva a poner en discusión. En un tiempo en que los horizontes parecen haberse vuelto de nuevo estrechos, y la preocupación por “los condenados de la tierra” se ha acabado, es importante recordar que este primer impulso de emoción y participación no nació de un razonamiento abstracto o de consideraciones filantrópicas. En su base se encuentra el gesto de Damián que ha vivido en primera persona, hasta las extremas consecuencias, la solidaridad con los hombres a quienes ha encontrado. Solidaridad que llegaba a hacerle decir: “Nosotros los leprosos”, frase que los reclusos de la isla, asombrados, lo oyeron pronunciar pocas semanas después de su llegada. No estaba enfermo todavía, pero su envolvimiento ya era total.

En una época de cinismo y desilusión, Damián indica una pista: quien esté dispuesto a asumir sobre sí un problema, pagando el precio del mismo; quien no se ampare detrás de un lenguaje anónimo o de la resignada consideración objetiva de la situación, hace romper un anillo en la cadena de la indiferencia y reaviva la emoción. Afirmando la propia responsabilidad abre un futuro diferente, que él mismo no puede imaginar.

Hawaiano, proscrito, leproso

No es que Damián se haya puesto estos objetivos. Nada fue programado en el recorrido de su vida. Nunca ha hecho planes, ni se ha preocupado jamás del impacto que habrían tenido sus acciones. En su momento, se ha ido allá donde las circunstancias solicitaban su presencia.

Además, volviendo a ver el perfil de su vida, todo parece jugarse en el hilo de la casualidad. Uno queda maravillado de la atormentada sencillez y la determinación con que toma decisiones que cambian su vida, sensible al sufrimiento que ve alrededor de sí. Ante todo, su decisión de hacerse religioso. Damián tiene dieciocho años. Su primera atracción es por el convento de los trapenses. Desempeña, sin embargo, una función determinante el ejemplo del hermano Auguste, entrado en los Padres de Picpus. Cuando luego Auguste, infectado por el tifus, tiene que renunciar a partir como misionero para las islas Hawaii, Damián, destinado a una carrera de enseñante, insiste en partir en lugar de él. Antes de embarcarse, tiene solo dos días para prepararse y saludar a su familia, a la que nunca volverá a ver.

También el acontecimiento que marca su vida parece el resultado de circunstancias casuales. Cuando el Obispo de Hawaii, en el curso de una fiesta, pregunta si hay voluntarios para la isla de Molokai, los candidatos son cuatro. Se decide que se turnarán: unos turnos de tres meses, para minimizar los riesgos de contaminación. Empieza Damián. Pero, pasadas pocas semanas, escribe a sus superiores solicitando no ser reemplazado: las alternancias a repetición provocarían una desorientación entre los leprosos, y también una desilusión, porque se están acostumbrando a él. Por otra parte, las autoridades civiles, resentidas por las negligencias en su asistencia puestas en evidencia por la obra de Damián, ya no quieren que él salga de Molokai. En los dieciséis años que pasará en la isla, logrará alejarse solo excepcionalmente, y también raramente recibirá visitas. Helo aquí, pues, proscrito, condición a la que ha llegado paso a paso, sin querer convertirse en un héroe, y, a menudo, esperando que hubiese otras soluciones.

Y, si se vuelve leproso, no es por amor a la enfermedad. Es todavía en los primeros tiempos de su estadía cuando se percata de que, con la vida separada que está conduciendo, nunca podrá realmente tocar los corazones de los leprosos. Tiene que compartir más de cerca su existencia, aunque esto signifique correr el riesgo de la contaminación. Después de más de diez años en Molokai, la lepra se declarará.

Una alegría sobrenatural

Proscrito y leproso, Damián conocerá, luego, un grado ulterior de expoliación. En los últimos años los ataques contra él se hacen más violentos. Celos, irritación por su fama y sentidos de culpa engendran duras críticas a su labor. Se pone en duda también su castidad: en aquella época la lepra, a menudo, era considerada el cuarto estadio de la sífilis. Las insinuaciones cunden y no se detienen tampoco después de su muerte, pero son solo una parte de las incomprensiones que tuvo que afrontar y que lo transformaron en un hombre aislado. Solidario con los excluidos, ligado a los últimos, Damián se encuentra solo. ¡Curiosa suerte esta, para un hombre que ha sabido suscitar sentimientos de hermandad universal! Exactamente cuando su identificación con los leprosos es total, cuando su encarnación llega al punto extremo, Damián está solo. Ningún apoyo, ningún consuelo en aquel momento en que concentra en sí el sufrimiento de toda la isla, llevándolo sobre sí como una cruz. Se convierte en el corazón de la isla; un corazón que ama y es llenado por Dios, pero que vive también el abandono de Dios.

Damián fue presa de la angustia. Creyó no ser digno del cielo y que todo lo que había hecho no tenía valor. A menudo, leía a san Juan de la Cruz y sabía que estaba atravesando lo que el místico español llama “noche oscura del alma”.

Sin embargo, Damián era una persona alegre. La suya era también alegría del espíritu, que nacía de la soledad y del sufrimiento. Dijo: “Desde la mañana hasta la tarde vivo entre las miserias físicas y morales que afligen el corazón, pero me esfuerzo por aparecer ante todo un hombre feliz, que quiere ayudar a sus hermanos leprosos a superar sus miserias”. Repetía que era el misionero más feliz del mundo.

“Lo que más me ha conmovido en Damián –confiesa Hilde Eynikel, autora de una documentada biografía sobre él– es su sentido del humor y su alegría infantil, que han marcado a todos los visitantes de Molokai. Nos ha demostrado que, en la miseria extrema, en el ‘baile macabro’ de Molokai, la alegría puede existir. Es una idea que debemos meditar cada día, para sustentarnos y animarnos en las dificultades”.

Con su martirio, su noche interior y su alegría, Damián nos recuerda que también en las situaciones desesperadas, en las Molokai donde ya no existe la posibilidad de una sanación y humanamente no se entrevé una salida, el valor de nuestra fidelidad y nuestro amor permanece.

Michele Chiappo

 

 

“En cuanto a mí, me hago leproso con los leprosos, para ganarlos todos para Jesucristo.
De esto deriva que, cuando predico, suelo decir: ‘Nosotros los leprosos...’”.

                                                                                                                                       P. Damián, 1873

 

 

 

16/09/2020