Recibimos una carta del P. Jean-Baptiste Bugingo, que escribió después de leer el artículo del P. Emilio Grasso.
Ha llegado el momento en que Él crezca y que yo disminuya. Queremos compartirla con nuestros lectores.
Jean-Baptiste Bugingo es un sacerdote ruandés de etnia tutsi, que sobrevivió al genocidio de 1994 en el que, además de sus numerosos conciudadanos, perdieron la vida setenta personas de su familia, sus colegas profesores del Seminario y sus alumnos.
Fue salvado por un sacerdote belga que lo hizo huir a Burundi y, unos meses después de la masacre, a Bélgica, donde Mons. Paul Schruers, entonces Obispo de Hasselt (Bélgica) y amigo suyo desde hace mucho tiempo, lo invitó a establecerse como sacerdote al servicio de esta diócesis.
Mantuvo el vínculo con su patria de origen participando asiduamente en el proceso de reconciliación, después de las luchas fratricidas.
Jean-Baptiste, desde hace muchos años, mantiene relaciones de amistad con los miembros de la Comunidad Redemptor hominis presentes en la diócesis de Hasselt y sigue con interés, comentándolas de manera profunda, las publicaciones que aparecen en el sitio web de la Comunidad.
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Querida Anna Maria:
Acabo de leer la carta del P. Emilio que me enviaste ayer. Un grandísimo gracias por haber querido compartir conmigo este magnífico testamento espiritual.
Reconozco en esta carta a “un hombre de Dios” y a “un hombre de Iglesia”. ¡”Loslaten” (soltar la presa, n.d.r.) no se da por descontado ni siquiera entre los mejores!
Se cuenta que una parroquia había organizado el 50.º aniversario de sacerdocio de su párroco, que había permanecido más
de treinta años en ella. En los varios discursos, se le agradecía por todo lo que había hecho en la parroquia, haciéndole comprender, sin embargo, que sus fuerzas estaban disminuyendo. Cuando llegó su turno, él dijo: “Mis queridos feligreses, ustedes saben que los amo, que he dado mi vida por vosotros, seguiré dándola hasta la última gota de sangre...”. Y un feligrés, en medio de la multitud, gritó: “En lugar de dar la última gota de su sangre, sería mejor que diera su dimisión”...
Esto para decir que solo quien ha comprendido que está al servicio de Dios y que no debe hacer sombra a Dios, sabe retirarse a tiempo y decir como el precursor: “Él debe crecer y yo disminuir”.
Gracias, P. Emilio, por ser ese testigo de Cristo que nunca quiere interponerse entre Él y nadie. Saber desaparecer para dejar que Él aparezca es un signo de grandeza de ánimo.
Me gusta esta otra expresión: “Tener a la Iglesia como madre y como hija”. Es hermoso generar a la que nos genera. Hermoso sentido de responsabilidad. ¿No es esta la lección de la Ascensión que estamos para celebrar? Jesús funda a la Iglesia para generarnos y se va para dejar a nosotros la responsabilidad de darle vitalidad y un rostro.
Gracias, P. Emilio, por este testimonio de un hombre de Iglesia viviente.
Una vez más gracias, queridas Anna Maria y hermanas, por haber compartido este tesoro conmigo. Que Dios las bendiga y les dé su alegría, que es la mejor manera de anunciar a Cristo al mundo.
Feliz fiesta de la Ascensión.
Jean-Baptiste
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
02/06/2022