II DOMINGO DE CUARESMA

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 17, 1-9

Su rostro resplandecía como el sol

 Brilla come il sole

 

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”.

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

 

 

Hoy es el segundo domingo de Cuaresma.

Sí, hace una semana, la liturgia nos llevó al monte donde Cristo fue tentado, hoy nos dirige al monte de la Transfiguración del Señor.

A este monte ―el Tabor, según la tradición― Jesús llevó consigo a Pedro, Juan y Santiago y se transfiguró ante ellos, de tal manera que sus labios repetían las palabras que salían de sus corazones extasiados: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!” (Lc 9, 33).

El recuerdo de la tentación al comienzo de la Cuaresma era necesario para que la Iglesia ─y en la Iglesia cada uno de nosotros― tuviese conciencia de la prueba que atraviesa.

El recuerdo del monte de la Transfiguración en el domingo de hoy es necesario para que la Iglesia ―y en la Iglesia cada uno de nosotros― posea la conciencia de la gracia, cuya plenitud tiene en sí Cristo, crucificado y resucitado.

La gracia acompaña a las pruebas del camino terrestre del hombre y de la Iglesia, acompaña al sufrimiento y a las fatigas, e incluso a las caídas. Las penetra así, como en el momento de la Transfiguración, esa luz que penetró el cuerpo terrestre de Cristo. Lleva consigo el anuncio de la resurrección.

Si es necesario que en este período de 40 días la Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― tenga la conciencia de la prueba a la que está inevitablemente sometida su vida en la tierra, al mismo tiempo, es necesario también que tenga la certeza de la gracia, que Dios no le rehusará en Cristo: el Padre en el Hijo.

“Este es mi Hijo elegido, escuchadlo” (Lc 9, 35).

La Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― debe tener la certeza de la gracia, cuya condición es la obediencia a Cristo. Esta obediencia significa, simultáneamente, el más pleno abandono.

A la luz de los acontecimientos del monte Tabor se delinea, una vez más, con claridad el camino de la conversión cuaresmal. De él forma parte esta obediencia a Cristo, que engendra la esperanza y la magnanimidad. La Iglesia ―y en ella cada uno de los hombres― al confiarse a Cristo, puede responder a las exigencias y a los deberes que le pone delante el Evangelio del amor de nuestro Señor.

(San Juan Pablo II, Ángelus, 2 de marzo de 1980)