Una iniciativa de la parroquia de Ypacaraí
Durante el año pasado, la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí comenzó un programa de ayuda a varias personas
ya asistidas, en diversas formas, por el grupo Cáritas, del que recibían alimentos y/o medicamentos.
El objetivo del programa era iniciarlas a emprender una pequeña actividad productiva, que les permitiera crear un ingreso regular, aunque modesto, y, así, satisfacer algunas necesidades fundamentales.
El equipo pastoral de la parroquia conocía bien a todas las personas que entraron en este programa. Conocía sus exigencias y también su voluntad de desarrollar una actividad, para no tener que depender solo de ayudas externas.
Frecuentemente, para ellas, las dificultades se acumulaban. A veces, por una enfermedad o un accidente, ya no estaban más en condiciones de mantener un trabajo regular, con sus ritmos. En otros casos, en cambio, uno de los familiares necesitaba cuidados médicos constantes y una atención permanente, y esto las obligaba a permanecer en casa casi constantemente.
El proyecto se dirigió, de manera particular, a las mujeres con hijos a su cargo y, a menudo, en la situación de deber desempeñar, al mismo tiempo, las funciones de madre y de padre. Y aunque estas mujeres, llamadas madres solteras, hayan iniciado una causa contra el padre de su hijo ‒basándose en una ley del Estado paraguayo que establece el deber, para el padre, de reconocer a los hijos que engendró, lo cual incluye someterse al examen del ADN si es necesario, y de pagarles una contribución mensual‒, los tiempos de la justicia y, sobre todo, el hecho de que en muchos casos el padre está sin recursos y desprovisto de un trabajo fijo, hace que permanezca no resuelto el problema de las estrecheces económicas en las que viven.
Las mujeres integradas en el programa desarrollan trabajos informales, ganando solo lo que les permite mantenerse por encima del umbral de supervivencia. Algunas de ellas se dedican a la limpieza, otras compran géneros alimentarios en los mercados generales ‒de fruta y verdura a caramelos‒ y los revenden casa por casa: horas y horas de trabajo, a menudo bajo un sol implacable, para obtener un pequeño margen que les permita comprar alimentos. Otras tienen la habilidad necesaria para realizar algunos trabajos de bordado, pero, puesto que los hacen para un empresario que les proporciona el material necesario y luego se ocupa de la comercialización del producto, su ganancia es mínima.
Periódicamente, luego, surgen necesidades repentinas que complican más aún su situación: una enfermedad, algunos análisis
médicos urgentes, el comienzo del año escolar de los hijos, con todo lo que conlleva como gastos para el material de estudio y para el uniforme escolar.
El acceso al crédito está impedido para quien no tenga un trabajo fijo y no pueda presentar un recibo de pago. En estas condiciones, es fácil sentirse en un callejón sin salida.
Un proyecto simple
Repensando en las historias de personas como estas, nació la idea de brindarles los medios para iniciar una mínima actividad productiva.
El proyecto era muy simple, casi sin particulares pretensiones, partiendo de sus capacidades y también de cuanto realmente ya estaban haciendo.
Varias de las personas a las que se dirigía el proyecto ya tenían la costumbre de hacer una venta a domicilio. Preparar esos alimentos, en vez de comprarlos para revenderlos, no les habría requerido ninguna capacitación particular, sin embargo, al convertirse en productores ciertamente habrían tenido mayores márgenes de ganancia. La salida comercial estaba asegurada: es muy difundida, en efecto, en el Paraguay la costumbre de comprar y consumir, a menudo de vendedores ambulantes, sándwiches, empanadas, porciones pequeñas de milanesas.
Sin embargo, la propagación de la pandemia al Paraguay trastornó estos planes y obligó a ajustar la orientación inicial. De repente, desde el 11 de marzo de 2020, fecha en que se registró el primer caso en el Paraguay, las autoridades, al ver lo que estaba ocurriendo en otros países, en particular en Italia, decidieron imponer un lockdown total, que luego se prolongó durante varios meses. En estas circunstancias, es imposible iniciar una venta de bocadillos a domicilio. También cuando luego, gradualmente, a partir de agosto, el lockdown fue aflojado cada vez más, la desconfianza en este modo de venta se mantuvo, ni, con conocimiento de causa, podía ser de otra manera.
Esta dificultad ulterior, sin embargo, llevó a buscar algunas alternativas menos descontadas, por ejemplo, pequeños criaderos o producción de artículos de artesanía, bordados o de ganchillo.
El programa fue realizado con el apoyo del organismo belga Stelimo, cuyo nombre, en lengua neerlandesa, corresponde a un
acrónimo que significa “Sostén a los misioneros del Limburgo”. Limburgo es la región del este de Flandes que coincide, desde un punto de vista eclesiástico, con la diócesis de Hasselt, donde está la sede central de la Comunidad Redemptor hominis. Stelimo es una emanación de la diócesis de Hasselt.
Con el dinero puesto a disposición por el organismo Stelimo se creó un fondo para iniciar pequeñas actividades.
Un abanico de actividades diferentes
Una pequeña galería de historias de algunas personas, ayudadas a través de este proyecto, podrá permitir comprenderlo mejor y valorar sus efectos.
Blanca, madre de dos niños ‒que, mientras regresaba a casa, fue golpeada por una descarga eléctrica producida por un cable caído en el camino y que, desde entonces, junto con el niño que llevaba en el regazo, sufre de manera permanente por las consecuencias de ese accidente‒ comenzó a criar conejos. Pudo comprar algunas jaulas gracias al fondo, ampliando el criadero y haciéndolo más racional e higiénico.
Romina y Miriam, cada una en su barrio, reunieron a algunas mujeres, sus vecinas, para confeccionar juntas los Ñandutí, los típicos encajes del Paraguay, que encuentran fácilmente compradores. Con el dinero que les proporcionó el fondo pudieron comprar el material necesario.
Noemí, madre de tres hijos, que no tiene una fuente de ingresos constante, acogió en su casa al hermano José, de 22 años, paralizado de la cintura para abajo por la rotura de un aneurisma. José es un mecánico experto y el fondo lo apoyó a través de la compra de algunos instrumentos, que le permitieron volver a ejercer su profesión. En su silla de ruedas, asistido en algunos momentos por la hermana, realiza muebles y objetos en metal. Ya no se siente más una carga para la hermana.
Victorina, María del Carmen y Juana construyeron cada una un gallinero para vender huevos. El fondo les proporcionó los materiales necesarios (ladrillos, palos, red metálica, planchas galvanizadas, etc.), además de los pollitos.
La alegría, a menudo incontenible, que manifestaron todas las personas destinatarias de este programa, tiene mucho que ver no solo con la satisfacción de poder proveer a las propias necesidades, sin tener que depender de ayudas externas, sino también
con esa dignidad que deriva del trabajo.
Cada una de ellas sabe, y ha aceptado, que no se trata de una donación pura y simple. La lógica del fondo no es la de un banco o de una institución financiera: no hay letras de cambio y tampoco plazos, pero la gratuidad de la que fueron objeto recibiendo el material que permitió poner en marcha una nueva pequeña actividad, exige que, en el momento oportuno, a su vez ayuden a otras personas necesitadas, a través del grupo Cáritas.
Y también el saber que un día podrán ayudar a otros es, para ellas, una percepción que las motiva, porque “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (He 20, 35).
Si la finalidad fuera solo la de querer mejorar la propia vida, la experiencia sería incompleta. Pero la aspiración, para quien se benefició de la ayuda de este proyecto es, más bien, vivir ese compartir evangélico expresado en las palabras: “Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar” (Mt 10, 8).
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
10/03/2021