La misión educativa de los padres
El cumplimiento de los quince años de una muchacha, en el Paraguay, se festeja con una celebración particular, porque esta edad marca socialmente la salida de la adolescencia.
Puesto que el tema de la reflexión sigue siendo muy actual, queremos presentar una síntesis de una intervención de Emilio para una celebración de los quince años, hecha en el 2011, en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí. Emilio se dirigió a los padres para subrayar su misión educativa, iluminada por la palabra de Dios de la liturgia del día.
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“A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela para la casa de Israel, apenas oigas que una palabra sale de mi boca, tendrás que advertírselo de mi parte. Cuando diga al malo: ‘¡Malo, vas a morir!’, si no le hablas, si no haces que se preocupe
por su mala conducta, el malo morirá debido a su pecado, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Ez 33, 7-8).
Esta Palabra muy elocuente se dirige particularmente a los educadores, que sean padres, profesores, sacerdotes u Obispos...
Todos los que tienen una responsabilidad educativa, en efecto, son, en cierta manera, “centinelas” llamadas a vigilar sobre otras personas.
Esto vale especialmente para los padres. En efecto, ser padres no significa solo transmitir la vida biológica, lo que hacen también los animales, sino preocuparse por el crecimiento humano y espiritual de los hijos, en todas sus dimensiones. Así ellos “llegan a ser plenamente padres, es decir engendradores no solo de la vida corporal, sino también de aquella que, mediante la renovación del Espíritu, brota de la Cruz y Resurrección de Cristo” (Familiaris consortio, 39).
Esto nunca acontece sin dificultad, sin sufrimiento, sin preocupaciones, sin sacrificios y sin un compromiso constante y fatigoso. Esta tarea es un verdadero ministerio, una misión educativa que los padres no pueden esquivar, ni siquiera cuando se trata de entrar en conflicto con los propios hijos.
La iniciativa del amor
Con respecto a los hijos, los padres tienen el deber de la iniciativa del amor: “En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10).
A los padres les corresponde intervenir con determinación, advertir a los propios hijos, vigilar sobre ellos; en cambio, a los hijos les corresponde dar su respuesta al amor recibido.
Sin duda, educar nunca ha sido fácil; las personas adultas, frecuentemente, tienen la tentación de atribuir la causa de sus dificultades a las nuevas generaciones, como si los hijos de hoy fueran más difíciles que los del pasado.
Los padres están obligados a asegurar la educación de los hijos, en la conciencia de que estos tienen su libertad. Cada persona debe tomar personalmente las decisiones oportunas para la propia vida; estamos frente al misterio de la libertad humana, que hace que, a pesar de todos los esfuerzos hechos por los padres, la respuesta de los hijos puede ir hacia una dirección contraria a la deseada por ellos.
Los valores más firmes y las convicciones más profundas que un padre y una madre son capaces de ofrecer, pueden también no ser acogidos por los hijos; no es posible pensar que se puedan “transferir” a ellos como se da en herencia un bien material, porque es solo a través de una elección personal y libre como los hijos pueden hacerlos volver propios.
Administradores y no propietarios
En el pasaje traído en el comienzo, el profeta Ezequiel afirma que, cuando Dios pronuncia una Palabra, esta debe ser transmitida por sus “centinelas” para advertir a los demás.
Los padres, como centinelas de Dios, tienen el deber de vigilar con atención y de transmitir esta Palabra, que emana de su conciencia y de su experiencia. Por eso, tienen necesidad de un clima de proximidad y de confianza que nace del amor, ya que solo quien ama puede formar el corazón y la inteligencia de la persona a la que acompaña.
Cada educador auténtico sabe ‒decía Benedicto XVI en su Mensaje sobre la emergencia educativa de nuestro tiempo[1]− que, para educar, debe ofrecer algo de sí mismo, y que solo así puede ayudar a las personas a las que acompaña a superar los egoísmos
y a volverse, a su vez, capaces de amar. Una educación que se limitase a proporcionar solo algunas nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta respecto a la verdad, sobre todo a la verdad que puede ser de guía en la vida, sería muy pobre.
El gran desafío, para el educador, es la capacidad de permitir que la libertad de la persona a la que acompaña encuentre la verdad y la gracia de Dios; en este encuentro, los padres son intermediarios, quienes tienen necesidad de ponerse a la escucha de la Palabra para poderla, a su vez, transmitir.
Los hijos no son títeres que se pueden maniobrar a gusto; tampoco son una propiedad de los padres. Estos últimos, en cambio, son administradores que tendrán que rendir cuentas a Dios de la gestión de una propiedad que le pertenece a Él. Por tanto, no están autorizados a imponer las propias ideas y costumbres, la propia manera de vivir a los hijos. Demasiadas veces, aun antes de nacer, su vida está ya hipotecada: será médico, o ingeniero o, tal vez, sacerdote, es decir, destinado a realizar lo que los padres no lograron realizar para ellos mismos.
En cambio, hay que ayudar a los hijos a descubrir lo que Dios ha puesto en su corazón y preocuparse de que cumplan Su voluntad, para su felicidad.
Aceptar el riesgo de la libertad
Una educación bien exitosa es una formación en el recto uso de la libertad −subraya todavía Benedicto XVI en el Mensaje citado−, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas y elecciones equivocadas. En cambio, nunca hay que secundarlos en los errores o fingir no verlos.
Los padres tienen la obligación de hablar, de aconsejar, de alertar, si algunos comportamientos
de los hijos pueden conducir a su muerte, física o espiritual; están obligados a comprometerse para educar su cuerpo, formar su inteligencia y despertar su conciencia. No tienen el derecho de esquivar esta tarea, por miedo a herirlos o a verlos sufrir. También el sufrimiento forma parte de la verdad de la vida; teniendo a los más jóvenes al amparo de toda dificultad y experiencia del dolor, se corre peligro de hacer crecer a personas frágiles e incapaces de amar, ya que el amor corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos[2].
La educación de los hijos no puede prescindir de la guía moral de los padres, ni de su autoridad, que es fruto de la experiencia y del conocimiento, que, sin embargo, se adquiere sobre todo dando el ejemplo y con la coherencia de vida.
Cumpliendo enteramente su misión, los padres no tendrán que responder de las elecciones equivocadas de sus hijos, quienes tienen la libertad de oponerse a su vida y a sus convicciones. Serán, en cambio, responsables de las elecciones equivocadas de sus hijos, si no habrán tenido el coraje de la verdad, esquivando el ejercicio de la propia responsabilidad.
(A cargo de Silvia Recchi)
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[1] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21 de enero de 2008.
[2] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a la Diócesis...
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
26/01/2022