El acompañamiento de los adolescentes en Ypacaraí
En nuestra parroquia de Ypacaraí, los muchachos que atraviesan la adolescencia, fase sumamente delicada y determinante en la formación de la personalidad, son los destinatarios de un itinerario de catequesis relativamente largo. Reciben la Confirmación, de hecho, a los dieciséis años, después de tres años de preparación, durante los cuales su compromiso principal, aunque no exclusivo, es participar en la Misa del domingo, pensada especialmente para ellos, sobre todo en lo que se refiere a la predicación y a los cantos. Además, a lo largo del año, hay momentos más intensos, como la “Pascua Joven”, que se extiende por todo el Triduo Pascual, y otros: retiros, actividades de formación, proyección de películas, debates, encuentros con personalidades de la cultura, conferencias. Son propuestas también, en determinados momentos del año, actividades prácticas, denominadas “trabajos comunitarios”.
La primera experiencia que hacen los jóvenes, cuando participan en la Misa, es aquella de una atmósfera de silencio, recogimiento, orden, de la que se quedan impresionados porque no la viven en la escuela, en la familia, ciertamente no en el grupo de los amigos, y ni siquiera a nivel personal, puesto que están siempre sumergidos en los chats de sus celulares. Y esta ya es “comunicación no verbal”, que precede y fundamenta cualquier discurso. Exactamente hablando con ellos, se percibe cómo esta primera experiencia los interpela. Varios de ellos, en efecto, pasaron también por alguna de las iglesias de las muchas denominaciones evangélicas que pululan incluso en el Paraguay: bailaban, saltaban y gritaban, y ese comportamiento habrá sido considerado atractivo, pero luego confiaban que solo en el silencio de las celebraciones parroquiales resonaba en ellos algo de la Palabra. Y también compartir esos momentos y ese ambiente tan diferentes con muchos coetáneos –cada año son entre doscientos y trescientos– es para ellos una sorpresa inesperada, que comentan con entusiasmo, verificando que entonces ya no están solos en vivir la fe. Para los más maduros, que ya han comprendido que la fe no es una cuestión de números, esta reacción puede parecer también ingenua, pero para los jóvenes se trata de un paso importante.
Incluso los énfasis puestos en la puntualidad, en la forma de estar en la iglesia, evitando gestos que distraen, molestan o no corresponden al lugar y al momento (empezando por el uso de los celulares), pertenecen a la comunicación no verbal. Y cuando las reciben y aplican simultáneamente cientos de jóvenes reunidos, estas actitudes se convierten en un mensaje poderoso, ante todo para los jóvenes mismos.
Reconstruir un sustrato humano
El sentido de lo sagrado y la disponibilidad al silencio son, en efecto, la puerta de entrada a una relación con Dios. Y la iniciación cristiana, de la que la Confirmación es la culminación, es precisamente un umbral: se trata de dar a los jóvenes los fundamentos, en la claridad de que, incluso antes que ser nociones abstractas que asimilar, son comportamientos que asumir.
Además, acompañarlos para ser cristianos en una sociedad poscristiana, y tal vez pronto anticristiana, quiere decir enseñarles, ante todo, una capacidad de oponerse con fuerza a la propia voluntad, a partir de estas pequeñas cosas, porque tendrán que aprender a nadar contra corriente, y sin un entrenamiento en una ascesis serán arrastrados por los remolinos. Es también gracias a estos pequeños esfuerzos como podrán adquirir comportamientos coherentes con el respeto a uno mismo, a los demás, a las cosas, al medio ambiente, alcanzando aquella estatura humana sin la cual no hay posibilidad de ser cristiano. Porque la fidelidad a los compromisos adquiridos, a la palabra dada y a las responsabilidades asumidas, indica valores que son humanos incluso antes que cristianos.
En efecto, la cultura actual ha perdido aquel sustrato humano que representa una especie de propedéutica para la verdadera evangelización.
Entonces, en continuidad con lo que la comunicación no verbal comienza a susurrarles de manera persuasiva, los temas tratados intentan reconstruir aquel sustrato, apelando también a sus inteligencias con respecto a ciertos puntos críticos de su experiencia.
Del hombre a Dios
Dado que, a menudo, los jóvenes pasan de una experiencia a otra, consumiéndolas sin profundizarlas ni saborearlas verdaderamente, ni preguntarse sobre cuál podría ser el vínculo que las mantiene unidas, es importante tratar de mostrarles que la vida humana no es una colección casual de fragmentos, sino que tiene un marco y un designio unificador, un desarrollo.
Además, puesto que a menudo viven un aplastamiento sobre el presente, donde lo único que cuenta es la satisfacción, aquí y ahora, de necesidades siempre nuevas, que luego se convierten en un “todo y ahora”, quien los acompañan deberá ayudarlos a sentirse parte de una historia, a tomar conciencia de las propias raíces y a plantearse un futuro. Porque proyectar los años de la adolescencia, y luego toda la vida, sobre las emociones que surgen de hacer lo que “me gusta”, rechazando lo que “no me apetece”, acaba creando un mundo a la medida, sí, pero pequeño, y destinado inevitablemente a enfrentarse con los mundos paralelos de los deseos ajenos y con ambientes que sancionan el dominio del más fuerte.
Será importante, por tanto, hacerlos salir de su individualismo y subjetivismo exasperados, animarlos a “abrir las ventanas”, a mirar lejos y ampliarlos horizontes. Descubrir a otros mundos, a otros grupos sociales, a los clásicos, la vida de grandes personajes del pasado y del presente les enseñará también la autenticidad frente al riesgo, siempre presente en un adolescente, de ceder a la presión del grupo.
Este es, pues, un vasto programa de definición de lo humano que, sin embargo, se cruza también con los temas más propiamente cristianos. Porque en el camino de búsqueda del sentido de la vida, que uno toma cuando se distancia de vivir en una superficialidad epidérmica, se encuentra con el sentido que Jesús vino a dar a la vida y a la muerte. Sobre las preguntas de fondo del ser humano se injerta la catequesis más propiamente “teológica”, porque la vida, sin Dios, no tiene sentido y se convierte en una pasión inútil.
Es en este sentido, en el que el momento central de la catequesis es precisamente la Misa, culminación del itinerario de
la iniciación cristiana, en la que se realiza la más profunda comunión con Cristo y, al mismo tiempo, con su Iglesia. Una Iglesia que –es importante que lo comprendan los jóvenes que se preparan para la Confirmación– no es una estación de servicio donde se malvenden sacramentos.
“El tiempo es superior al espacio”
Estas son, en la parroquia de Ypacaraí, las orientaciones de la pastoral de los adolescentes. Podemos solo alegrarnos de que, para ellos, fuera de la parroquia, haya ya muchas oportunidades de encuentros, diversiones y formación, desde el deporte hasta la música, al teatro e a los idiomas extranjeros. En otros tiempos, la Iglesia quizás se habría preocupado de reunirlos entorno a sí organizando su tiempo libre. Es lo que ocurrió en muchos países, tanto de Europa como de América Latina. Pero la sociedad cambia. Quien no cambia es el hombre, que ciertamente se divierte en una excursión con los amigos o en la práctica del deporte, pero que, en los momentos cruciales de su vida, cuestionándosea sí mismo, no encontrará el sentido de la misma en saber hablar inglés o haber aprendido a tocar la guitarra. Es allí, en torno a las preguntas existenciales y a sus respuestas, donde debe desarrollarse el papel insustituible de la Iglesia, en particular con respecto a los adolescentes.
Con mucha sabiduría, el Papa Francisco enseñó que se trata de echarse a las espaldas la preocupación por ocupar los espacios, dando, en cambio, prioridad al tiempo. Queremos ocupar los espacios cuando reunimos a los jóvenes en un grupito separado, distinto de un mundo considerado malvado. Intentando crear fortines cristianos, volvemos a proponer, tal vez inconscientemente pero ciertamente anacrónicamente, el paradigma de las reducciones de los jesuitas del Paraguay, válido en los siglos XVII y XVIII. El objetivo de la catequesis, en cambio, hoy debe ser el de poner a un joven en condiciones de estar en el mundo como cristiano, integrando fe y vida.
Privilegiamos, entonces, el tiempo sobre el espacio cuando nos cuidamos de los procesos de crecimiento y maduración individuales y cuando, con paciencia y sin protagonismos indebidos, nos situamos en esa perspectiva que tan bien indicaba san Juan XXIII cuando describía a la Iglesia como “la antigua fuente de la aldea que suministra el agua a las generaciones actuales igual que a las generaciones pasadas”. Puede ser que hoy la fuente sufra la competencia de muchos otros “lugares” donde se reúnen los adolescentes. Pero la solución no será convertir la fuente en otra cosa. Lo importante es que la fuente siga dando agua, y no empiece a vender otras bebidas que, según una u otra encuesta de mercado, tendrían mejor acogida.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
30/05/2024