Al releer el artículo que Sandro escribió hace pocas semanas sobre su estadía en Ypacaraí, nos quedamos impresionados por el título que eligió –“Estaba enfermo y me visitasteis”–, así como por el hecho de que, durante su estadía en nuestra parroquia del Paraguay, se dedicó a la visita de muchísimos enfermos.

En el espacio de un instante, Sandro se encontró en las filas de quienes necesitan cuidados. Una disección de la aorta provocó su hospitalización repentina y solo la pericia de los cirujanos lo salvó de una muerte inminente.

Después de haberse conformado con Cristo quien se acerca a los enfermos, se encontró en la condición del Cristo inmóvil en la cruz. Ya desde hace más de un mes no se levanta de la cama del hospital.

Aunque esperamos que pueda recuperarse totalmente, lo más probable es que haya doblado para siempre una página de su vida. Pero es solo una página: una enfermedad no puede arrancar del libro de su vida ese estilo y esa inspiración que lo guiaron desde los veinte años, cuando, junto con otros del primer núcleo de nuestra Comunidad, se fue a vivir entre los chabolistas de una periferia romana.

Muchas veces, presentando en este sitio web figuras de misioneros del pasado, más o menos conocidos, y meditando sobre su vida y su enseñanza, descubrimos formas inesperadas de vivir la misión. Y también esto nos hace decir que Sandro sigue siendo auténtica y profundamente misionero, incluso desde aquella cama de la cual no se ha levantado desde hace más de un mes.

Además, Cristo salvó a la humanidad no a través de la multiplicación de los panes o curando a los enfermos, sino negándose a bajar de la cruz. Fue al despojarse de la omnipotencia divina cuando nos revistió de su gloria. Así pues, incluso nuestra impotencia puede ser fecunda.

En un tiempo en el cual la misión se sigue considerando, reductivamente, con demasiada frecuencia como una transferencia de ayudas materiales –dar de comer a las multitudes, precisamente–, el intercambio que Sandro y yo nos dábamos cada año representaba un signo, pequeño pero concreto, de una misión entendida, más bien, como escucha y enriquecimiento mutuos.

Es precisamente la continuidad que se ha establecido, a lo largo de los años, en este intercambio entre Sandro y yo –gracias también a la disponibilidad de los párrocos, antes don Marco Ferrari y después don Andrea Contrasti– lo que le da el sentido más exacto. Esta continuidad ha transformado el intercambio desde ser algo extemporáneo, ligado a circunstancias ocasionales, hasta convertirse en un vínculo, buscado y pensado.

Y lo que, al principio, era solo una acción individual se convirtió en un vínculo eclesial. En este último viaje Sandro se sintió parte de un “nosotros”, mientras que estaba acompañado por el apoyo y también el entusiasmo de los feligreses de Rometta, de la Consolata, de San Michele y de Pigneto.

Durante mi estadía en Sassuolo, pude constatar que muchos seguían de cerca su viaje y esperaban su regreso para escuchar de él impresiones y relatos. Y yo también, que siempre he tenido a mi alrededor una red de amigos y sostenedores, a los que va toda mi gratitud, he visto cómo estaba naciendo, también alrededor de este intercambio entre Sandro y yo, una reflexión sobre el ser Iglesia, comparando las respectivas experiencias.

Como a mí, en Sassuolo, me hacían muchas preguntas, así de Sandro, en Ypacaraí, se querían saber muchas cosas sobre un mundo y una Iglesia diferentes.

Los feligreses de Ypacaraí habían despedido a Sandro, casi exigiendo de él la promesa de que lo volverían a ver el año próximo. Una promesa que Sandro estaba feliz de hacer. E incluso en Sassuolo la expectativa era la misma: que en enero-febrero del año próximo Sandro volvería a Paraguay por algunas semanas.

Hoy, esto parece ciertamente muy difícil.

Más que nunca es la hora de la fe, la verdadera y única compañera de la misión, que nace en la incertidumbre y en la oscuridad. Esa fe que el poeta romano Trilussa –en una poesía que Sandro musicalizó hace años– describe como una “viejecita ciega”, que nos invita a seguir caminando.

Y, ciertamente, en Sassuolo y en Ypacaraí seguiremos caminando juntos.

Michele Chiappo

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

06/05/2025