Para una Iglesia más cercana a la gente. La experiencia de Ypacaraí

 

Es cada día más evidente cómo formas individualistas de vivir la fe se difunden entre los cristianos. Esto ocurre en Paraguay, un país que se declara católico, pero también en otros contextos[1].

El Papa Francisco, al inicio de su pontificado, nos había recordado que es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se realiza en la interioridad del creyente; no es una relación exclusiva entre el yo del fiel y el divino. Se abre al nosotros y, por su naturaleza, se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia (cf. Lumen fidei, 39).

El Papa León XIV eligió como lema “In Illo uno unum” para decirnos, con san Agustín, que “aunque nosotros los cristianos seamos muchos, en el único Cristo somos uno”, y en sus primerísimas palabras nos exhortó a caminar “unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros”.

Esta comunión eclesial, aun teniendo siempre una dimensión universal, encuentra su expresión en la parroquia, que es la Iglesia misma que vive entre las casas de sus hijos; aunque a veces sea pobre en personas y en medios, la parroquia más que una estructura es la familia de Dios, la comunidad fraterna y acogedora de los fieles, y es sobre todo una comunidad eucarística (cf. Christifideles laici, 26). En la Misa, en efecto, estamos en comunión con los cristianos de todos los tiempos y de todos los lugares, y, a través del párroco quien representa al Obispo estamos en comunión con el Papa, sucesor de Pedro, a quien Cristo mismo ha dejado la tarea de guiar a su comunidad, la Iglesia.

Si queremos permanecer en Cristo, debemos permanecer en la Iglesia y ser partes activas de aquel lugar privilegiado, la parroquia, donde Cristo Eucaristía se encuentra con la vida cotidiana de las personas.

La armonía de las funciones

El responsable de la parroquia es el párroco (cf. CIC, can. 515 §1; can. 519), por lo tanto, hay funciones que canónicamente son de su estricta competencia y no pueden ser delegadas en otras personas.

Sin embargo –y esta es la experiencia de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí que queremos compartir–, hay que tener presente que esta responsabilidad pastoral requiere de ciertas condiciones para ser ejercida.

No es solo una cuestión de cantidad de tiempo, es decir, del hecho de que hoy un párroco puede estar agobiado de innumerables tareas, que es humanamente imposible que él solo pueda cumplir. Basta con pensar en la falta de sacerdotes, que lleva a algunos de ellos a ser responsables de varias comunidades cristianas o de extensos territorios o de enteras ciudades bastantes pobladas.

Es también y sobre todo una cuestión de cualidad del tiempo. El párroco es, por excelencia, el hombre de la Palabra y de la celebración de la Eucaristía, y debe privilegiar este ser suyo y este ministerio suyo. Si en una parroquia falta este aspecto, se rompe el vínculo entre la fe y la vida de las personas. Los Apóstoles se dieron cuenta de que no podían descuidar la palabra de Dios y, por eso, eligieron a colaboradores (cf. He 6, 1-5).

En la parroquia es importante también que no solo al sacerdote, sino que a todos los que están comprometidos con ella se les garantice el justo espacio.

En efecto, existe el sacerdocio común de los fieles recibido por todos con el Bautismo (cf. Lumen gentium, 10.34), que comporta una corresponsabilidad eclesial y misionera que se debe reconocer y poner en práctica (cf. Evangelii gaudium, 120).

Esto quiere decir que hay tareas que deben ser encomendadas con confianza a los laicos y no retenidas, a toda costa, por el párroco quien tiene otras funciones que cumplir[2].

Por otra parte, sin embargo, es contraproducente que cada uno actúe en total autonomía sin tener en cuenta las acciones de los demás. Para hacer esto es necesario, pues, que haya una coordinación, una base operativa desde la cual todo se ramifica. Esta central, para nosotros en Ypacaraí, tiene el nombre de secretaría parroquial.

No se trata, por lo tanto, solo de una oficina que expide documentos, da informaciones o anota las intenciones por las que se celebran las Misas. En palabras sencillas, podemos decir que en nuestra parroquia nada se mueve si no es a través de la secretaría, y los fieles se quedan asegurados por este hecho porque de este modo saben a quién dirigirse para ser debidamente acompañados en cada situación.

Esto no significa, está claro, que las personas no puedan encontrar al párroco; al contrario, podrán hacerlo recibiendo más atención.

Es evidente que quien se encarga de la secretaría parroquial debe conocer, compartir y hacer suyas las líneas directrices y las indicaciones del párroco quien de estas tiene la responsabilidad última. Además, en esta organización, es exactamente él quien tiene una mayor posibilidad de claridad, discernimiento y tiempo para un contacto profundo y constructivo con las personas.

Obviamente, como miembros de una Comunidad que vive todo el día en la parroquia y comparte el mismo estilo de vida y de espiritualidad, para nosotros es más fácil comunicar y trabajar en armonía, pero luego hay que transmitirlo todo también a los varios colaboradores y, a través de ellos, a la gente de una ciudad de 30.000 habitantes que tienden a aumentar.

Estos colaboradores no son pocos: los coordinadores de las veinticuatro comunidades cristianas esparcidas por el territorio, los catequistas (hay también una sección de la secretaría confiada a una persona que se ocupa solo de la documentación de la catequesis), los ministros extraordinarios de la sagrada Comunión, los operadores litúrgicos (coristas, lectores...) y los del grupo Cáritas, las manzaneras, los Consejos (sea pastoral, sea de los asuntos económicos) y los movimientos... Estas personas, a su vez, deben saber motivar las líneas de la parroquia en los ambientes en los que actúan.

Además, la secretaría está en constante comunicación con la diócesis y también con los organismos públicos de la ciudad (la Municipalidad, las instituciones para la seguridad, los numerosos centros educativos, de la salud o de otros servicios básicos) con los cuales la parroquia se relaciona en el respeto del papel de cada uno en la sociedad.

Cruzar un umbral de doble sentido

La secretaría entra en contacto con decenas de personas cada día y debe representar para ellas la puerta acogedora de la Iglesia.

Para quien no recurrió casi nunca a la parroquia en el pasado es importante la primera impresión que deja un encuentro con ella, sobre todo cuando uno se acerca con aquellas cargas pesadas que la vida no escatima.

La persona responsable de la secretaría debe saber escuchar, orientar y crear un ambiente de acogida, pero debe también saber dar las motivaciones de elecciones pastorales que pueden a veces sorprender. De hecho, ocurre también que se confunde a la Iglesia con una estación de servicio donde se cree poder conseguir, a cambio de dinero, lo que se pide, cómo y dónde se quiere, o que no se comprenda el sentido de algunas enseñanzas de la Iglesia que tienen motivaciones profundas.

Una teología de las pequeñas cosas, del fragmento que siempre conduce al todo, ayuda en este trabajo porque enseña a no descuidar los más pequeños detalles. Aunque los feligreses estén acostumbrados a respetar los horarios para permitir también a la secretaría organizarse lo mejor posible, sin embargo, es necesario permanecer atentos a las personas, a las urgencias, y siempre diligentes en el trabajo, porque nadie puede ser considerado solo un expediente que tramitar. Detrás de cada certificado u hoja de papel está el rostro de una persona, carne de Cristo, que debe ser amada y respetada.

En esto podemos ser una enseñanza también para la sociedad, a fin de que el trabajo, sobre todo en las instituciones públicas y no solo en ellas, se desempeñe con mayor eficiencia. Lo mismo vale para la transparencia económica. La correcta gestión contable y fiscal de la parroquia, que también es una tarea de la secretaría, constituye un ejemplo para las instituciones y las familias.

Una característica de la secretaría es también la de conocer muchas realidades de la parroquia y poder ayudar al párroco a incorporar a nuevos colaboradores para llamar a más personas a la misión. Del mismo modo puede contribuir a identificar las necesidades que existen en el territorio, dar un impulso a una presencia eclesial en las familias o entre los enfermos, para que, en esta dinámica, no sea solo un umbral que cruzar para los que se dirigen a la Iglesia, sino también un puente para ir de la Iglesia hacia el mundo.

Mariangela Mammi

 

 

_________________

[1] Lo confirma el último informe del Censis (un instituto italiano de investigación socioeconómica) sobre “Italianos, fe e Iglesia”, cf. R. Maccioni, De Rita: in Italia la fede è sempre più individualista, en “Avvenire” (11 de noviembre de 2024): www.avvenire.it/chiesa/pagine/l-analisi-del-ricercatore-giulio-de-rita-la-fede

[2] El párroco no lo hace todo, sino que procura de que todos, según la propia condición, lo hagan todo”, Y. Congar, cit. en R. Oliva, Autorità e leadership in una Chiesa tutta ministeriale: da soli?, en “Credere Oggi” n.° 259 (2024) 116.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

  

11/06/2025