El Papa Francisco, desde el comienzo de su pontificado, ha utilizado mucho en sus discursos y en sus documentos el término “acompañar”.
En la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, expresa claramente lo que considera el arte del acompañamiento:
“La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos –sacerdotes, religiosos y laicos– en este ‘arte del acompañamiento’, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro. Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana”[1].
Las reflexiones que se desarrollan en este nuevo “Cuaderno de Pastoral”, el n.º 37, quieren ayudar a comprender mejor la importancia del verbo acompañar, para los que quieran ser educadores de jóvenes, que son sujetos activos y responsables de la misión de la Iglesia. En efecto, el término acompañar indica un proceder más respetuoso de la libertad de los jóvenes, al contrario de la palabra formar, que expresa una visión de la forma según la cual el sujeto debe ser plasmado, incluso antes de ser conocido.
Es fundamental conocer bien los términos que utilizamos, porque las palabras no son “inocentes” y detrás de su uso hay una concepción de las relaciones.
No es fácil cambiar la manera de actuar, sobre todo en el ámbito de la evangelización, donde es urgente poner en tela de juicio lo que estamos haciendo respecto a este mundo cada vez más secularizado y, más concretamente, a las personas que encontramos por el camino de nuestra vida.
Muchas veces nos topamos con la mentalidad de que “siempre se hizo así” y, por indolencia o por miedo, nunca nos preguntamos si lo que estamos haciendo es correcto. A veces, cambiar de método puede significar perder algunas de nuestras certezas, llegando a descubrirnos más frágiles.
Sin duda, si queremos que la Iglesia tenga un futuro, el ámbito en el que más debemos actuar con todo el esmero posible es el de la juventud.
Sin los jóvenes, la Iglesia también corre el riesgo de actuar cada vez más de manera insignificante, como ya está ocurriendo en tantos territorios de antigua cristiandad, donde se cierran iglesias, se pide la cancelación del propio nombre del registro de los bautismos y los edificios que eran dedicados al culto se convierten en lugares de diversión o de diversas actividades.
En el Documento preparatorio de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión, leemos:
“La capacidad de imaginar un futuro diverso para la Iglesia y para las instituciones a la altura de la misión recibida depende en gran parte de la decisión de comenzar a poner en práctica procesos de escucha, de diálogo y de discernimiento comunitario, en los que todos y cada uno puedan participar y contribuir”[2].
Frente a estos desafíos, el padre Emilio Grasso viene en nuestra ayuda con las reflexiones recogidas en este “Cuaderno de Pastoral”, elaboradas después de una larga experiencia de evangelización en Italia, Camerún, Bélgica, Países Bajos y, por último, en Paraguay, donde actualmente ejerce su ministerio sacerdotal.
A lo largo de los años, él ha acompañado a muchos jóvenes a descubrir su vocación, y no siempre ha sido fácil, porque, en este camino, no podemos encerrarlos en fórmulas preconstituidas.
En efecto, como se irá aclarando en las páginas que siguen, no se trata de “formar” a los jóvenes, sino de “acompañarlos”, caminando con ellos, poniéndose a la escucha de sus preguntas, ayudándolos a salir de sí mismos para encontrar a los demás.
El padre Emilio subraya el hecho de que “en el proceso educativo, y más aún en el proceso evangelizador, no se trata de un método que se aplica a una persona, sino que estamos frente a un encuentro entre personas”.
Y cada persona es diferente, con su historia, sus problemas, sus capacidades y sus aspiraciones.
En el encuentro entre el educador y el joven, por un lado, tenemos al joven que pone su libertad como libertad de escoger. Por el otro, al educador quien, en su libertad de elegir, ha escogido acompañar. Por esta razón, la relación es asimétrica.
El Autor destaca un aspecto fundamental de la educación: el educador no puede ponerse al mismo nivel que los jóvenes, porque así no los ayuda a crecer en sus aspiraciones hasta que descubran lo que Dios ha puesto en sus corazones.
“Es inútil fingir que tenemos la misma edad –escribe el padre Emilio–, las mismas pasiones, las mismas amistades, los mismos deseos que el propio hijo o el joven a quien debemos educar. Pero, en la diferencia, es necesario crear la unidad y tender hacia el mismo amor”.
El encuentro asimétrico se convertirá en simétrico en un punto superior.
El Papa Francisco, ante los numerosos problemas derivados de una mala educación a los que se enfrentan todas las sociedades, explica que la educación consiste
“en acompañar y animar a los estudiantes en el camino de crecimiento humano y espiritual, mostrándoles cuánto la amistad con Jesús Resucitado dilata el corazón y hace la vida más humana. Educar es ayudar a pensar bien: a sentir bien –el lenguaje del corazón– y a hacer bien –el lenguaje de las manos–. Esta visión es plenamente actual hoy, cuando sentimos la necesidad de un ‘pacto educativo’ capaz de unir a las familias, las escuelas y toda la sociedad”[3].
Aquí en Paraguay la educación constituye un desafío que, si no se toma en serio, perjudicará el futuro del país. ¡Cuántas personas nunca tuvieron educadores capaces de despertar sus conciencias, alguien que les hiciera entender que otra vida era posible!
Por eso, como escribe el Autor, la
“educación auténtica consiste en despertar en las conciencias la verdad que está escondida en ellas, de modo que estas se vuelvan capaces de razonar por sí, de juzgar por sí, de hacerse libres en un mundo en el que la libertad es un peligro, una conquista, y nunca un hecho concreto o un don arraigado”.
El camino para educar a los jóvenes seguramente no es fácil, sobre todo en la compleja realidad actual, en la que los medios de comunicación digital han cambiado la forma de relacionarnos con los demás.
Hoy en día, escribir una carta con papel y bolígrafo, en la que se expresan los pensamientos y se obliga a la mente a procesar un contenido, parece imposible. Es más fácil, a través de las redes sociales, poner un emoticón y un like y todo acaba ahí.
Frente a la pobreza del lenguaje que, a menudo, manifiesta pobreza de pensamiento, educar a los jóvenes es un proceso largo y difícil, pero no imposible, porque “un joven generoso necesita ser provocado y vencer desafíos”.
Después de una amplia y muy interesante reflexión, el padre Emilio nos explica la importancia de educar a los jóvenes en la dimensión católica de la Iglesia, estimulando en ellos el deseo de salir de sí mismos, para dirigirse hacia nuevos horizontes antropológicos y geográficos.
Por eso, es muy importante implicar a los jóvenes en aquellos temas que deberían impregnar cada vez más el ámbito juvenil, como la paz, la justicia y la ecología, para que se comprometan a construir a un mundo en el que haya un lugar para todos y en el que no se discriminen a los pobres.
Ciertamente, es esencial que los jóvenes que se dejan acompañar en este camino comprendan que la apertura a los demás, a una comunión cada vez más universal, da sentido a su existencia personal.
Estamos seguros de que estas páginas nos ayudarán a considerar de otro modo el papel del educador y del evangelizador, y a ver con ojos diferentes a los jóvenes que encontramos en la trayectoria de nuestra vida, así como son realmente y no como imaginamos que sean.
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[1] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 169.
[2] XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Documento preparatorio Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión, 9.
[3] Papa Francisco, Audiencia general (28 de junio de 2023).
Emilio Grasso, Acompañar a los jóvenes en una Iglesia en salida, Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 37), San Lorenzo (Paraguay) 2023, 56 págs.
ÍNDICE
| Introducción | 3 |
| I. Una aproximación terminológica | 9 |
| No existen palabras inocentes | 9 |
| Un encuentro entre personas | 13 |
| II. Acompañar a los jóvenes en el descubrimiento de su corazón | 16 |
| Asimetría de las relaciones | 16 |
| El ambiente digital | 18 |
| Nos encontramos construyendo lo nuevo que irrumpe | 22 |
| III. El hombre verdadero es el hombre escondido | 25 |
| Dejar siempre un margen a la incertidumbre | 25 |
| Acompañar a los discípulos de Emaús | 28 |
| Jesús: el Maestro de lo Imposible | 30 |
| IV. Abrir la particularidad a la universalidad | 32 |
| Leer lo particular en una visión universal | 32 |
| El tema de la catolicidad | 33 |
| Para una pastoral orgánica | 35 |
| V. Conclusión | 44 |
| Saber leer la piedrecita blanca | 44 |