Crisis educativa: una voz desde el Paraguay
María Auxiliadora Amarilla Álvarez tiene una amplia y profunda experiencia en el campo de la educación. Durante treinta y nueve años fue profesora y catedrática, y terminó su carrera como Directora del Colegio Nacional “Delfín Chamorro” de Ypacaraí (su ciudad natal), cargo en el cual estuvo diez años. Actualmente, tras su jubilación, sigue desempeñando funciones directivas en instituciones educativas privadas de Ypacaraí. Es experta en ciencias matemáticas, ciencia de la educación, evaluación educacional, administración educacional, didáctica universitaria. Es miembro del Consejo Pastoral de nuestra Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí. En esta conversación nos presenta algunas reflexiones basadas en su experiencia como profesora y directora.
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- ¿Cuál es la situación actual de la educación en Ypacaraí?
Ypacaraí tiene una larga tradición en la educación, con instituciones estatales, privadas y religiosas que operan desde hace mucho tiempo y tienen una buena reputación, lo cual les ha permitido convertirse en una referencia para padres e hijos. Además, en las últimas décadas, varias escuelas y colegios se han añadido a las instituciones más antiguas, de modo que
las hay en todos los barrios. Actualmente, la ciudad cuenta con casi 5.700 alumnos y estudiantes, desde el jardín de infancia hasta el último curso de bachillerato, lo cual la convierte en un polo educativo que también atrae a jóvenes de las ciudades vecinas.
Pero, a pesar de esta larga e incluso gloriosa tradición, la primera consideración que me viene a la mente, al examinar la situación actual, es que estamos frente a una grave crisis educativa y que, a lo largo de los años en los cuales he ejercitado mi profesión, el nivel de exigencia ha ido bajando progresivamente.
- ¿Cuáles son las causas de esta degeneración progresiva?
Lo que más pesa, en mi opinión, es que estamos viviendo la disolución de los roles familiares. La familia ya no cumple su función, por lo cual falta la primera educación, que la escuela no puede proporcionar. Los padres, a menudo, renuncian al ejercicio de la autoridad, no fijan proyectos educativos y no acostumbran a sus hijos a las renuncias y a las normas, dejándolos solos, sin timón. Se ponen a disposición de sus hijos, complaciendo sus caprichos, y creen que hacen lo mejor posible al regalarles el último celular.
Las anécdotas que podría contar son infinitas. Hace poco, estaba preparando a un joven para un examen, con clases particulares. El día del examen le pregunté cómo le había ido: me contestó, con toda naturalidad, que no se había despertado, y cuando le habían llamado a casa preguntando por él, su madre se había apresurado a decirle que no se preocupara, porque le conseguiría un certificado médico.
También podría hablar de los casos cada vez en aumento de padres que, cuando se les convoca para hablarles de las dificultades de sus hijos, escuchan y se ríen.
Lo que dice el Papa Francisco es cierto: el pacto educativo entre familia, escuela, sociedad e instituciones está roto.
El resultado es una generación blanda, de embobados, apáticos, siempre pegados al celular, hasta el punto de dejar de saludar y olvidarse de comer.
- ¿Hay otros factores?
También hay un problema a nivel del Ministerio de Educación. Desde hace años, Paraguay tiene resultados desastrosos en
las clasificaciones internacionales sobre la calidad de la educación, pero nunca se analiza el motivo del fracaso y se sigue con lo mismo. Las autoridades del Ministerio vienen de la arena política, son incompetentes y no están cualificadas, y nadie del Ministerio llama a los profesores para escuchar su experiencia y aprender de ella.
Además, el Ministerio tiene la responsabilidad de haber traído a Paraguay proyectos educativos que ya habían fracasado en los países donde habían sido elaborados. Esto también se aplica al sistema de evaluación que se introdujo: respuestas múltiples. El resultado es que se pierde la capacidad de describir, de desarrollar un razonamiento, de profundizar: lo mínimo es suficiente. Este es el mensaje que los jóvenes reciben de la escuela y que, lamentablemente, muchas veces coincide con el que reciben de sus padres.
Asimismo, los programas en ciencia y tecnología no han sido renovados desde hace más de veinte años y están ya obsoletos.
La consecuencia es que los estudiantes que obtienen el bachillerato no están suficientemente preparados para acceder a la universidad. Para presentarse a las pruebas de acceso, que a su vez simplemente permiten el ingreso a cursos preparatorios, tienen que seguir cursos particulares, al fin de ponerse al nivel. Los colegios y las universidades, en efecto, son mundos completamente desconectados.
Y una responsabilidad la tienen también los docentes mismos: hay docentes “de vocación” y otros “de ocasión”, que se contentan con el vaí-vaí del Paraguay.
- ¿Qué impacto ha tenido la pandemia en Ypacaraí en la didáctica?
A una generación perezosa, la pandemia le ha dado la posibilidad de relajarse aún más. Si a esto se le añade la pandemia de “excusitis” que afecta a los padres, se tiene un cuadro de lo que se ha vivido en este período.
Por ejemplo, ahora que las tareas no se hacen en forma presencial, varias veces me ha ocurrido encontrar, en una tienda
de fotocopias, a padres que estaban copiando para sus hijos los deberes hechos por otro compañero. O también, por la mañana, cuando virtualmente se ponen las presencias, me doy cuenta de que es la empleada doméstica quien, fingiendo, contesta en lugar del interesado, que se queda en la cama. Estos ejemplos revelan, una vez más, la complicidad de los padres.
Y, a menudo, he oído a estudiantes justificarse por no haber hecho los deberes porque no tenían saldo en el celular. Es un argumento que, por supuesto, suscita una empatía inmediata –y claro que hay gente necesitada en nuestra ciudad–, salvo luego darse cuenta de que la misma persona que decía ser indigente tiene dinero para gastarlo en cosas inútiles.
El único aspecto positivo de la pandemia, respecto a la educación, ha sido que muchos docentes, que antes tenían un poco de miedo hacia toda la tecnología moderna y la informática, se compraron una computadora, con muchos esfuerzos personales, a menudo en cuotas, y se reinventaron: esto hay que reconocérselo.
- ¿Cuál es el balance después de tantos años de enseñanza?
Estoy convencida de que los verdaderos valores nunca pasan de moda y, cuando se los propone a los jóvenes, su interés se despierta. Nunca me he resignado y, como Directora, nunca me he quedado detrás de una mesa, sino que circulaba entre los alumnos, porque es mejor prevenir que reprimir. Así que, cuando me daba cuenta de que un alumno estaba un poco voladito por el consumo de drogas, lo llamaba a mi despacho, hablábamos y le presentaba una forma diferente de ver las cosas. Muchos de esos mismos chicos han empezado ahora una buena carrera, están estudiando en Alemania o en Estados Unidos y siguen buscándome para hablar conmigo. Esto es lo que les falta: el diálogo, que muchos piensan poder sustituir llenando a sus hijos de cosas. Una amiga mía, hablando conmigo, se preguntaba en qué se había equivocado con su hijo: siempre le había dado todo lo que pedía, incluso renunciando a algo para ella. Ese es el problema: no ser capaz de transmitir el sentido del límite. Sin esta conciencia, no se desarrollan los necesarios reflejos de responsabilidad. Y, de hecho, hay muchos casos de padres que deciden pagar por los errores de sus hijos, errores a los que, más o menos inconscientemente, ellos mismos han contribuido. Tomemos el tema, desgraciadamente frecuente, de los embarazos
adolescentes: no solo los padres “lanzan al mercado” a sus hijas –basta fijarse en cómo visten y maquillan a las quinceañeras para sus fiestas–, sino que, cuando se quedan embarazadas, son ellos quienes se preocupan de cuidar y educar a las criaturas, mientras que la hija sigue farreando.
En un plano menos dramático, a menudo, hablo con mis alumnos sobre sus modas raras, explicándoles que la moda es “lo que se repite”: entonces sus ojos comienzan a abrirse y a descubrir otros valores.
En todo esto, las homilías, que he ido escuchando a lo largo de los años en nuestra Parroquia, me han ayudado mucho a formarme un juicio sobre las situaciones que estaba viviendo, y a encontrar la manera correcta de afrontarlas.
Mi experiencia, por tanto, es que nada está perdido y que vale la pena luchar. Pero nos queda poco tiempo, porque dentro de unos años, si no hay cambios radicales, tendremos una generación de inútiles.
(A cargo de Michele Chiappo)
09/11/2021