Sin duda, uno de los grandes profetas del nihilismo moderno, de nuestra sociedad líquida, es Friedrich Nietzsche. Él entrevé las consecuencias de una sociedad sin fundamentos y sin valores, donde el sentido último de nuestro actuar se encuentra en el actuar mismo y en el cual todo es relativo e indeterminado, mientras que la fidelidad está vaciada de sentido.

Acerca de esto, un núcleo fundamental del pensamiento de Nietzsche, analizado por sus mayores intérpretes, es que no podemos elegir la posición cómoda del espectador neutral, porque –como escribe Nietzsche– “no existen hechos, solo interpretaciones… y también esta es una interpretación”[1].

Nietzsche fue consciente de la fuerza explosiva de su pensamiento.

Encontramos, en efecto, esta afirmación suya:

“Conozco mi destino. Un día mi nombre estará asociado al recuerdo de algo prodigioso, a una crisis, como nunca hubo en la tierra, a la más profunda colisión de la conciencia, a un veredicto evocado contra todo lo que hasta ahora se ha creído, pretendido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita”[2].

Por supuesto, no es esta la sede para un examen de la obra de Nietzsche.

Tomo solo dos de sus afirmaciones.

Hablando de los anunciadores del Evangelio, o sea, de la Buena Noticia, Nietzsche se detiene en el rostro de estos predicadores del Evangelio y afirma que no convencen a nadie:

“¡A su fe le han sido siempre más dañinas sus caras que nuestras razones! Si el dichoso mensaje de su Biblia estuviera escrito en su cara, no sería necesario que ustedes se obstinaran tanto en exigir fe en la autoridad de este libro: ¡sus palabras, sus acciones tendrían que rendir continuamente superflua la Biblia, y por medio de ustedes debería nacer continuamente una nueva Biblia!”[3].

Esta segunda afirmación, luego, constituye, podríamos decir justamente, una respuesta icónica a todos nuestros encuentros, reuniones y documentos sobre lo que llamamos nueva evangelización. Aceptar la acusación de Nietzsche es, tal vez, la única cosa seria que podamos hacer:

“Pensaron en vivir como cadáveres, de negro pararon su cadáver; también en sus discursos siento el desagradable aroma de las cámaras mortuorias. Y quien vive cerca de ellos, vive cerca de negras charcas, de donde el sapo hace oír su canto lleno de dulce profundidad. Cantos mejores tendrían que cantarme, para que yo aprenda a creer en su redentor: ¡más redimidos deberían aparecerme sus discípulos!”[4].

En su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, afirmaba Pablo VI que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan…, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”[5].

Por su parte, el papa Francisco nos enseña que

“anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es solo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas. En esta línea, todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús”[6].

En los rostros de Lina, Giulio e Ivana, yo he encontrado en mi vida una expresión de auténtica belleza, un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús y un sendero en medio de las pruebas.

Y ¡cuáles y cuántas pruebas!...

Hago presente que Lina y Giulio, a pesar de ser procedentes de familias de fuerte impacto religioso, no son ciertamente católicos practicantes. Están casados por lo civil y no sé tampoco si son de alguna manera creyentes.

Y esto, para decir la verdad, no es, para mí, un gran problema.

Vuelvo a Nietzsche y me gustaría saber qué tipo de rostro y de coherencia tenían aquellos creyentes que han conocido y que se han manifestado a ellos como el espejo reflejado del Señor.

En este momento, me vuelven a la mente las palabras del Evangelio:

“Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos. Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego. Por lo tanto, ustedes los reconocerán por sus obras. No bastará con decirme: ‘¡Señor!, ¡Señor!’, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo. Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, hemos hablado en tu nombre, y en tu nombre hemos expulsado demonios y realizado muchos milagros’. Entonces yo les diré claramente: ‘Nunca los conocí. ¡Aléjense de mí ustedes que hacen el mal!’” (Mt 7, 16-23).

Lina y Giulio están casados desde hace treinta y seis años. Martino y Marta son sus hijos.

Ivana, la hermana menor de Lina, administra una actividad comercial.

Lina es psicóloga y trabajaba con los niños inadaptados.

Giulio es licenciado en Filosofía y Letras y trabajaba en un banco. Varias veces elegido intendente del pueblo donde vive, ha sido también consejero provincial.

Una familia completamente normal. Nada extraordinario. Pero un día, no prevista o pensada, entra en la familia de Giulio la prueba suprema de su fidelidad, de su amor.

En marzo de 2012, Lina percibe los primeros síntomas de la ELA (esclerosis lateral amiotrófica). En noviembre del mismo año llega la certeza del diagnóstico.

Al principio, comienzan a paralizarse las piernas. Se tuvieron que transferir a la planta baja de otra casa. Después de casi un año y medio, comenzaron a paralizarse también los brazos, y luego la parálisis se extendió a los tractos respiratorios.

Lina sufre una intervención de traqueotomía para permitir que se le anude un respirador. Para comunicar, utiliza los ojos y comunica a través de una computadora, pero también los ojos comienzan a perder fuerza. La comunicación se vuelve extremadamente difícil.

Y la parálisis lentamente avanza afectando a los intestinos.

Ahora, está en la cama completamente dependiente. Con la ayuda de al menos tres personas puede ser puesta en una silla de ruedas especial.

Giulio ha frecuentado los cursos que tenía a disposición para conocer las varias técnicas de los auxilios médicos para Lina, y está sumamente informado sobre todas las novedades científicas relativas a la ELA.

La cuida en todo y prácticamente no la deja ni de día ni de noche. Varias veces la ha salvado del ahogo, interviniendo rápidamente y de manera adecuada.

Lina y Giulio, Giulio y Lina siguen cultivando juntos sus intereses: música clásica, visitas a los museos, viajes, teatros y cine, y cada domingo salen, con la ayuda insustituible de algunos amigos: Adriano y Marina.

Durante el verano, Giulio organiza espectáculos de música clásica o de otro arte en el jardín de su vivienda.

Lina ha concluido un artículo, que fue publicado en “Il Resto del Carlino” del 21 de septiembre de 2014, con estas palabras: “Nunca perder la esperanza: en la búsqueda, en el cuidado, en la solidaridad. La ELA es insanable, pero curable. La curación concierne a la ciencia, el cuidado concierne a todos”.

Y ahora alguien me preguntará: “Sí, todo emocionante. Pero ¿dónde están Dios, Jesús, la Iglesia?”.

He hecho presente que no conozco cuáles son las íntimas respuestas de Lina y Giulio a estos temas. Y he dicho también que me interesan poco.

Yo permanezco en silencio y contemplo este largo amor suyo, sin entrar con molestos discursos en esta intimidad, para mí, sagrada.

Contemplándolos me volvieron a la mente las palabras escritas por Thomas Mann en el Prólogo a las Cartas de condenados a muerte víctimas del nazismo, casi mil páginas que devoré cuando tenía poco más de dieciséis años.

Escribe Thomas Mann en este Prólogo:

“Donde hay amor, fe y esperanza, allá está también religión. Victoria o martirio, y también el martirio es una victoria en el futuro. Todos creen en el futuro: ellos no pueden prescindir de creer que su muerte fecundará benéfica el futuro. … A pesar de –y a través de– todas las derrotas, cristianos y ateos se encuentran de nuevo: ‘La vida y el sentimiento que me han invadido no morirán’”[7].

De las paredes de la casa de Lina, Giulio, Martino, Marta, Ivana y todos sus amigos salen el perfume y la belleza de la fe, de la esperanza, del amor.

Y este perfume llega también a nosotros y nos invita a cantar aquellos “cantos mejores –de los que hablaba Nietzsche– a fin de que cada hombre aprenda a creer en nuestro Redentor”.

Emilio Grasso

 

 

_____________________

[1] Cf. G. Vattimo, Essere e dintorni. A cura di G. Iannantuono - A. Martinengo - S. Zabala, La nave di Teseo editore, Milano 2018, 127-128.

[2] F.W. Nietzsche, Ecce homo. Come si diventa ciò che si è, en F.W. Nietzsche, Opere 1882/1895, Newton Compton editori, Roma 1993, 894.

[3] F.W. Nietzsche, Umano, troppo umano. Un libro per spiriti liberi, II, en F.W. Nietzsche, Opere 1870/1881, Newton Compton editori, Roma 1993, 732.

[4] F.W. Nietzsche, Così parlò Zarathustra. Un libro per tutti e per nessuno, en F.W. Nietzsche, Opere 1882/1895…, 277.

[5] Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.

[6] Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 167.

[7] Cf. T. Mann, Prefazione, en Lettere di condannati a morte della Resistenza europea. A cura di P. Malvezzi - G. Pirelli, Giulio Einaudi editore, Torino 1995, XIV-XV.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

04/01/2020