El cuerpo donado como principio de inculturación

 

El 18 de mayo de 1920 nació san Juan Pablo II en Wadowice (Polonia).
Queremos recordar la figura de este gran Papa y Santo, en el centenario de su nacimiento,
con un artículo que toca su extraordinaria relación con los jóvenes y su música.

 

 

Plaza de San Pedro: son las cuatro de la mañana. Muchos se han ido ya, se quedan 2-3 mil personas todavía, casi todos jóvenes. Se escucha el ruido del agua de las dos fuentes. Se escuchan las voces de los jóvenes que cantan, el sonido de sus guitarras. Dos policías se acercan al grupo más numeroso, una quincena de personas en total: “Por favor, ¿podrían bajar la voz y dejar de tocar la guitarra? ¡Es tarde!”. Primeramente los jóvenes hacen caso omiso. Luego, refunfuñan, intentan hacer resistencia, siempre con la sonrisa en los labios. “En una noche como esta –dice Nichi, uno de los muchachos– es absurdo que se nos mande callarnos. A Juan Pablo II le habría gustado escuchar nuestros cantos. Es nuestra manera de estar cerca de él”. Es una noche particular, no se fatiga por encontrar el compromiso. La voz de los muchachos se transforma en susurro, las cuerdas de las guitarras ya no son punteadas, sino solo rozadas. Ahora desde el centro de la plaza se escucha solo el ruido del agua de las fuentes.

También ayer los cantos han continuado por horas. “Al Papa le gustaba la música –dice Antonio, de 22 años, llegado a la capital desde Génova– y no creo que nuestras voces sean una molestia. Si nos pedirán todavía dejar de cantar, bajaremos nuestra voz, pero no nos detendremos”. Delante de Antonio está Maria Ferri, de 42 años, docente llegada a la plaza junto con el marido y sus dos hijitos: “Los estamos escuchando desde hace media hora. Sus cantos hacen más dulce nuestro dolor”. Lucas y Francisco, los dos niños, miran fijos las dos guitarras. ¡Sonríen![1].

Juan Pablo II, los jóvenes y la música

Una de las claves interpretativas del pontificado de Juan Pablo II, que tendrá que ser estudiada y profundizada, se encuentra en la extraordinaria relación instaurada por este Papa con la música y los jóvenes.

Durante sus innumerables asambleas, a Juan Pablo II le gustaba entretenerse con los jóvenes, respondiendo a sus preguntas y escuchando sus cantos acompañados por las guitarras. En una de estas asambleas, dio una descripción de ellos simple y, al mismo tiempo, de profunda penetración socio-psicológica: “¿Quiénes son los jóvenes? Pienso que se pueden describir con estos dos elementos: preguntas y guitarras”[2].

Palabra - Música - Jóvenes - Rock Generation - Nueva evangelización - Misión: son estas algunas palabras-claves que exigirán una cuidadosa elaboración, para comprender el impacto trastornante de este Pontífice en la multitud de los jóvenes de todos los continentes, más allá de los diferentes orígenes culturales y de las varias experiencias históricas.

Clive Staples Lewis, novelista-poeta y ensayista británico, en sus muy conocidas Lettere di Berlicche, historia de una tentación fracasada, narrada desde el punto de vista de dos funcionarios de Satanás, da esta descripción de los lugares del paraíso en contraposición al infierno: “Las regiones donde hay solamente vida, y por eso, todo lo que no es música es silencio”[3]. Y, frente a esta armónica composición de música y silencio, Berlicche opone el infierno donde todo es Ruido. “El Ruido que solo nos defiende de estúpidos remordimientos, escrúpulos desesperantes, deseos inalcanzables”[4]. Hacer de todo el universo un Ruido, es este el programa que Berlicche ilustra a su fiel Malacoda.

La contraposición entre música-silencio y ruido es, pues, según Lewis, una contraposición profunda entre paraíso e infierno.

Comprender, hoy, un joven quiere decir comprender “su” música. Remarcaba Ferrarotti, uno de los padres fundadores de la sociología italiana, que “los jóvenes de hoy no escuchan la música, sino la habitan. Entran en escena como si fuera una casa, su cuarto privado. La música ofrece un amparo frente al mundo, a la sociedad, que es y se queda tierra ‘extranjera’. La música es como un refugio (como el ‘seno materno’)”[5].

Cuando los encontramos con sus walkman eternamente pegados a los oídos; cuando los encontramos bamboleantes o desenfrenados en las modernas catedrales de la música, o enloquecidos mientras asisten a algún concierto en estadios que se demuestran siempre pequeños; cuando músicas ensordecedoras destruyen la paz acústica en un radio de kilómetros, entonces se pueden comprender también los juicios negativos y absolutos, expresados por los que ven en eso el triunfo de las pasiones sobre la razón y del sueño erótico y no controlado sobre la realidad.

Danzo al Otro, luego existo

La música de hoy, el rock por excelencia, no se puede comprender fuera del conocimiento del universo negro.

El rock, en contraste con la música compasada de consumo del tiempo, se caracterizó ya desde su comienzo por una marcada fisicisación de la interpretación, que investía, sea la relación ejecutor-instrumento, sea el aspecto mímico y de la danza. Su ritmo, bastante acentuado y continuamente a tresillos, le deriva de la música bailable popular negro-americana, el rhythm’n’blues, y gran parte del mismo repertorio, llevado al éxito por los cantantes rock blancos, había sido tomado de aquel de los cantantes negros.

En el rock confluyen varias combinaciones de formas musicales que se han desarrollado de manera autónoma. La misma ideología rock se autodefine remontándose a sus propias raíces musicales: el realismo de los blues, la honestidad presente en la música folk, la sensualidad de la música soul, el compromiso político del reggae y así sucesivamente[6].

El rock encuentra una propia capacidad de adaptación continua. Los años ochenta, después de la muerte de Elvis Presley y John Lennon, se caracterizarán por un ballet interminable de modos y géneros que duran algunos meses, antes de ser reemplazados por otros más extravagantes e igualmente efímeros. Ritmos antiguos y modernos cohabitan para que cada uno encuentre su propia rock music[7].

El rock, como se ha dicho ya, no se puede comprender fuera de las culturas subsahelianas. En estas culturas es fundamental saber “qué danza el hombre”. El explorador David Livingstone contaba que el hombre Bantú, al encontrar un extranjero, no le preguntaba: “¿Quién eres?”, sino “¿Qué danzas?”. En efecto, para el africano, lo que un hombre danza es su tribu, su costumbre, su religión, los grandes ritmos humanos de su comunidad[8].

Léopold Sedar Senghor[9], uno de los principales representantes del movimiento de pensamiento conocido como négritude, ha resumido esta visión antropológica en textos justamente famosos:

“El Negro tiene los sentidos abiertos hacia todos los contactos, las solicitaciones más delicadas. Él siente antes de ver y reacciona inmediatamente en contacto con el objeto, hasta con las ondas que él emite de lo invisible. Es por medio de esta potencia de emoción por la que toma conocimiento del objeto. Yo sé –sigue Senghor– que he sido reprochado por haber definido la emoción como negra y la razón como helénica, como europea, si se prefiere. Pero yo mantengo mi tesis, tanto más porque hoy los expertos la confirman”[10].

Y explicará mejor todavía esta diferente aproximación a la realidad:

“Si Descartes escribía: ‘Yo pienso, luego existo’,... el Negro-africano podrá decir: ‘Yo siento al Otro, danzo al Otro, luego existo’. Ahora bien, danzar significa crear, sobre todo cuando la danza es danza de amor. Y esto es, en todo caso, la mejor manera de conocer”[11].

En otro artículo, Senghor especificará claramente la diferencia entre “la razón blanca analítica por utilización, y la razón negra intuitiva por participación”[12].

A nosotros nos parece que el cogito como el danzar al Otro; la emoción como la razón; la cabeza como el vientre, son dimensiones del hombre en cuanto hombre y no pueden estar separadas entre sí. El esprit de finesse como el esprit de géométrie, las razones del corazón como el pensamiento crítico, no pueden ser prerrogativa de una raza o un pueblo. En tal sentido deben ser compartidas y desarrolladas las críticas hechas a la négritude desde varias partes y en diferentes tiempos[13].

Vale la pena recordar que el blues saca sus orígenes de los cantos de trabajo de los esclavos (work songs), y de los gritos de llamamiento en los campos de algodón y trigo (shouts y hollers). Siguiendo, luego, las migraciones de los pueblos negros, el blues ha evolucionado sucesivamente en los guetos de las ciudades (Atlanta, Memphis, Saint Louis, Detroit, Chicago), caracterizándose por una mayor dureza[14].

En el rock, pues, revive unido a otros elementos propios de las culturas negras subsaharianas, la profunda inquietud de liberación del cuerpo encadenado, entonces, encajonado, hoy, en los mitos del progreso.

Las grandes asambleas de jóvenes hallaron su momento más legendario en Woodstock en 1969, donde más de 600 mil jóvenes celebraron sus “tres días de paz, amor y música”. Este acontecimiento marcó un hecho relevante no solo en el campo de la costumbre, que se debe examinar en el ámbito de las disciplinas antropo-sociológicas, sino también un cambio radical en el campo filosófico-teológico.

Nos encontramos, en efecto, frente a un hombre que no es más abordable solamente con categorías de homo religiosus o homo sapiens, homo volens o homo loquens, homo socialis o homo culturalis, homo faber o homo politicus, sino que debe ser abordado teniendo presentes también las categorías de homo ludens o de homo sujeto-objeto de aquel fenómeno que marca una nueva forma antropológico-cultural, que ya puede llamarse tranquilamente rock generation.

Esta es casi una categoría planetaria y homologante en la que se prescinde de diferencias sociales, razas, continentes.

El rock, en efecto, homologa y crea una universalidad de comportamientos, que hacen caer barreras y divisiones antiguas y plasman nuevos fenómenos con los cuales confrontarse.

Las problemáticas que se han abierto en Woodstock (paz, amor, música) solicitan, cada vez más, una respuesta a los grandes problemas del... cuerpo.

Un cuerpo que quiere sentirse en armonía con el ambiente, con los demás, consigo mismo; un cuerpo que pide la liberación de todo vínculo y cadena y ya no acepta desaparecer sin ser tenido en consideración, incluso en la satisfacción de las exigencias más materiales.

Este cuerpo, estos cuerpos sudados, excitados, desencadenados, exaltados; estos cuerpos que forman olas gigantescas que atropellan como enloquecidas lo que encuentren y constituyen interminables cadenas humanas que derriban cortinas de hierro y muros de Berlín; estos cuerpos que hablan el lenguaje primordial de los sentidos y parece casi que comprenden solo este lenguaje; estos cuerpos piden, y su pedido a veces se cierra en el individualismo que no comunica más que otro cuerpo entre en contacto con el suyo y conteste a las preguntas hechas.

El refugio en la esfera onírica, y también la fusión de los cuerpos sin auténtica relación (y ¿qué fueron Woodstock o la isla de Wight sino, para usar la expresión de Sartre, momentos de “grupo en fusión” sin auténtica comunicación interpersonal?) son, más allá de la consideración de los aspectos éticos, el hecho más sustancial y que mayormente interroga el mensaje cristiano que se dirige a los jóvenes, mensaje que es siempre revelación del Yo de Dios que, en la persona de Jesucristo, se dirige al Tú del hombre, para invitarlo a entrar en la comunión de las relaciones trinitarias.

Los interrogantes presentados por la rock generation

La rock generation nos compromete a una respuesta y una nueva reflexión filosófico-teológica, porque toca núcleos centrales y no periféricos del anuncio cristiano.

Es solo tiempo perdido, porque quiere decir ponerse en diferentes longitudes de onda, hacer una llamada a una ética del comportamiento, cuando, en cambio, la cuestión se pone en el ámbito de la fundamentación de la fe, en el ámbito del kérygma y no de la catequesis.

Ahora bien, acerca de estos puntos, la rock generation presenta a la nueva evangelización un problema aparentemente insuperable.

El análisis, al que estamos acostumbrados, de las dimensiones fundamentales de la existencia humana (subjetividad del hombre, su libertad e historicidad, actuada en la historia) nos permite argüir que en ellas puede acontecer el evento absolutamente gratuito de la autorrevelación de Dios. Pero este evento, en cuanto acaecido en la historia y en cuanto autorrevelación de Dios destinada al hombre, requiere la expresión de su sentido de un modo accesible al hombre, a saber, en la palabra, ya que solamente la palabra alcanza el evento inteligibilidad para el hombre, es decir, toma la forma del evento acontecido realmente para el hombre. La autorrevelación de Dios no podría manifestar algo al hombre en la historia, si no en cuanto manifestado en la palabra; no podría llegar hasta el hombre, si no encarnándose de algún modo en la palabra[15].

Entrando, sin embargo, en el interior de la “música habitada” nos damos cuenta de que, en la mayor parte de los casos, un acercamiento basado a partir de la palabra, no nos permite llegar a los jóvenes de hoy.

Los fans saben que las palabras son el sonido que escuchamos, antes de que haya palabras que entender. La mayor parte de los discos rock tiene un impacto de tipo musical, antes que de tipo literario: las palabras, cuando son tomadas en consideración, son escuchadas después de la música. Las variables principales son el sound y el ritmo[16].

Este divorcio entre música-silencio y palabra, en el cual el silencio no es plenitud, sino ausencia de palabra, peculiar en la rock generation, donde la desconfianza en la palabra ha producido la pérdida de su contenido esencial de revelación y comunicación de una interioridad, es subrayado por Jack Kerouac, uno de los primeros y más conocidos escritores de la beat-generation.

Escribe Kerouac, hacia el final de su novela En el camino, que puede ser considerada una novela clave dentro del fenómeno que entonces estaba naciendo, a propósito del encuentro de dos jóvenes con algunas muchachas:

“Sus grandes inocentes ojos morenos miraban hacia los nuestros con tal intensidad de ánimo, que nadie de nosotros tuvo el mínimo pensamiento carnal acerca de ellas; además eran muy jóvenes, algunas de once años y casi con el aspecto de treintañeras. ‘¡Mirad aquellos ojos!’, jadeaba Dean. Parecían los de la Virgen María cuando era niña. Vimos en ellos la tierna e indulgente expresión de Jesús. Y fijaban los nuestros sin pestañear. Nos fregamos nuestros nerviosos ojos azules y miramos de nuevo. Continuaban penetrándonos con un esplendor doliente e hipnótico. Cuando las muchachas hablaron se volvieron de repente frenéticos y casi zonzos. Solamente en el silencio eran ellos mismos[17].

El paso del hacer zonzos al no-sentido de la palabra está ya en el aire.

Remarca Massimo Buda, coordinador de una excelente antología rock:

“Escribe, por ejemplo, Wenders, recordando la escena en la que a los dos protagonistas de su film En el curso del tiempo se les ocurre sonreír canturreando Just Like Eddie en un inglés un poco rígido: ‘Es algo muy cercano al non-sense, al efecto liberador del non-sense’. Cantar Just Like Eddie para mí es diferente de lo que puede ser para un inglés o un americano. El rock lo he percibido siempre como pura forma. Varias veces, me he dado cuenta de que los ingleses y los americanos podían escucharlo, sin darse cuenta absolutamente de las palabras. Y, a veces, eso me ha espantado. Nunca lo habría esperado. Sabía que no estaba cuidando de las palabras, ya que en aquel tiempo mi inglés no estaba muy correcto. Así se volvía pura forma, era un idioma e indudablemente había algunas palabras, pero faltaba el mensaje. Era justo así ... Quería que fuese comunicación, pero no a nivel del significado”[18].

Ahora bien, antes de poder esbozar una hipótesis de conclusión, urge subrayar que nos encontramos en presencia de un fenómeno ya no espontáneo y original, como podían ser los cantos de trabajo de los esclavos o los gritos de llamamiento en los campos de algodón y de trigo, que estuvieron presentes en la base de los blues.

El mercado industrial se ha adueñado del fenómeno rock, sobre todo después de la mítica etapa del 1968, ya que no llegó “la imaginación al poder” como habrían deseado los estudiantes del mayo francés.

Cualquiera que haya sido en los años sesenta –escribe Frith– la radical potencialidad cultural del rock, es indudable que este ha llegado a ser, luego, una cultura hecha de gustos de mercado fácilmente previsibles, de stars condescendientes, de hábiles transmisiones radiales y sound estandarizado. Ha llegado a ser, en fin, la acostumbrada music-business. Los más antiguos fans del rock son los padres de los adolescentes de hoy. La noción de que el rock pueda ser el sound del no-crecimiento es, claramente, una noción tonta: las casas discográficas ya han previsto, con precisión, el mantenimiento de los gustos rock para maridos, esposas, padres, profesores y obreros; el rock, según las previsiones de marketing, ya no tiene necesidad de ser música de los jóvenes[19].

Robert Smith, guitarrista, cantante y portavoz del grupo musical The Cure, filosofando sobre la ambigüedad, la violencia y las angustias de la vida, dice que cada hombre tiene su diablo y su ángel: “En la mayor parte de las personas está más acentuada la presencia de su diablo que de su ángel. Mientras que su diablo vive en ellas, el ángel, yo creo, sin duda no hace más que unas visitas”[20].

Este diablo y este ángel se objetivizan en los diversos fenómenos culturales y los purifican y degradan en el tiempo, en contacto con otros diablos y ángeles y también en contacto con la objetivación de otros fenómenos.

Tampoco el rock, para usar la sugestiva expresión de Robert Smith, escapa de esta dimensión de ambigüedad.

Conocer para anunciar

A este punto, a nosotros nos parece poder delinear algunas conclusiones:

  1. Como todos los fenómenos culturales, también el rock presenta caracteres de ambigüedad, zonas de luces y sombras.
    La primera cosa que se debe hacer es verdaderamente tratar de comprender qué tenemos frente a nosotros, someter el hecho a un análisis histórico-fenomenológico y no monopolizarlo en un proceso apriorístico de santificación o demonización.
  1. Un auténtico diálogo puede darse solo en un espíritu de verdadera escucha recíproca de la dimensión más profunda, aunque a-conceptual, y en una disponibilidad, pues, de poner en discusión no solamente las visiones ajenas de la vida, sino también las propias, sometidas nuevamente a continuo juicio y necesitadas siempre de continua verificación histórica.
  2. Más específicamente, el fenómeno rock, introduciendo, aunque de manera violenta, elementos de la música y por eso de las culturas subsahelianas (en las que danza y ritmo son formas expresivas primarias), nos llama a una reconsideración del fenómeno etnocéntrico, por el cual todos estamos afectados, y por eso a un nuevo descubrimiento de otras culturas y otras visiones de la vida y, por ende, a la legitimidad de otras formas de inculturación del Evangelio que no son solo aquellas latino-occidentales.
  3. La planetización del pensamiento y comportamiento (el rock y también la pasión deportiva y todo lo que comportan, transmiten nuevos modelos culturales) ya no permite vivir en la cerrada defensa de la propia identidad cultural, sino que solicita una confrontación abierta y continua con otras culturas, buscando en ellas todo lo que pueda ayudar para una mayor comprensión del Hecho Último, que trasciende siempre nuestra particularidad.
    En un campo más específico será imposible, hoy, en un universo pluricultural modelado por los mass-media, echar mano a la obra de la nueva evangelización sin tener, al mismo tiempo, una apertura más allá de los confines geográficos de las Iglesias locales.
  1. El fenómeno de la rock generation, en particular, nos interroga sobre el sentido del cuerpo y ya no nos permite dar respuestas asépticas o desencantadas, poniendo entre paréntesis (y a veces son paréntesis a olor maniqueo) la problemática del cuerpo. El cuerpo, este cuerpo con todos sus impulsos, debe ser evangélicamente tocado y asumido. Un fenómeno de remoción o represión desencadena, tarde o temprano, reacciones violentas y destructivas del equilibrio humano.
    El acercamiento a las culturas subsaharianas e indo-americanas, donde la relación hombre-naturaleza pone la problemática corporal-sexual, como un dato irrenunciable para el impacto evangélico, puede ser de ayuda a la nueva evangelización en estas nuestras tierras de la vieja Europa, que ya han sufrido el shock del encuentro con culturas diferentes.
  1. En fin, la rock generation que nos hace descubrir el no-sentido de la palabra como comunicación del mensaje, y la vaciedad de la palabra que hace “frenéticos y zonzos”, pone nuevamente en discusión nuestra palabra, inadecuada para expresar la palabra de Dios. Se plantea el problema que nuestro hablar de Dios es demasiado palabra de Dios como genitivo objetivo (palabra acerca de Dios, discurso sobre Dios) y poco o nada palabra de Dios como genitivo subjetivo (Dios que habla)[21].

El núcleo evangelizador de Juan Pablo II

La nueva evangelización y la missio ad gentes, dos dimensiones fundamentales e ineludibles en el pontificado de Juan Pablo II, nos llaman a la necesidad de una nueva inculturación y no de una simple reproposición y transposición de palabras. Se trata de una continua nueva expresión del Evangelio, que es Jesús y trasciende siempre cualquier palabra humana.

“Desafío de una nueva evangelización, de una nueva inculturación”[22], ha sido este el mensaje conclusivo del Papa a los jóvenes universitarios reunidos en Bolonia. “No monumentos del pasado, sino cultura contemporánea”[23].

Cuando Kerouac, a la pregunta hecha en una entrevista por televisión sobre lo que estaba buscando, contestaba: “Dios. Quiero que Dios me muestre su Rostro”[24], indicaba una respuesta a una entrevista precedente en la que afirmaba: “¿Adónde vamos? – No lo sé, pero debemos ir”[25].

Con una generación que “se bambolea y se revuelca” (es la traducción literal del inglés rock and roll) porque no sabe adónde ir, pero al mismo tiempo continúa andando, porque quiere ver a Dios que muestra su rostro, solo Dios, que avanza danzando y canta un canto que no muere, puede iniciar un diálogo, atraer la atención, trastornar juegos hechos, llamar y hacer salir al hombre de la masa, para ser partner personal de un amor personal.

Pero, Dios, para dialogar con el hombre de hoy, para encontrar al hombre que lo busca bamboleándose y revolcándose, andando sin saber adónde va, tiene necesidad de un cuerpo humano, de un rostro humano que se muestre.

Juan Pablo II ha tenido la genialidad, y aquí se encuentra el principio fundamental de su inculturación del Evangelio entre los jóvenes de todos los continentes, de hacer llegar el sonido y la música de su cuerpo, antes de que llegase a ellos la palabra.

Los jóvenes, aún antes de comprender la palabra, han visto y comprendido aquel cuerpo. Aquel cuerpo llamaba a las multitudes de personas, y en particular de los jóvenes, porque tenía en sí el secreto de una música amada.

Pero esto, sin anticipar ningún juicio, puede ser solo obra de los santos. En efecto, como escribía estupendamente de Lubac, citando a Louis Massignon, ningún recurso del espíritu humano, ningún método, ningún procedimiento científico será nunca suficiente para hacer “resonar la música escrita en las páginas silenciosas de los Libros sagrados”[26].

Hacer resonar esta “música escrita en las páginas silenciosas de los Libros sagrados” es solo obra de los santos.

Ahora bien, la misión ad gentes como la nueva evangelización, nos ha recordado Juan Pablo II en la Redemptoris missio,

“exige misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo ‘anhelo de santidad’ entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros”[27].

El criterio último de verificación de la santidad, más allá de todo discurso y gesto en el tiempo del éxito, las fuerzas, el esplendor, las muchedumbres aclamantes, no es otra cosa que la capacidad de morir en la cruz en la fidelidad a la palabra dada. Una palabra que no cambia con el pasar del tiempo, sino que es vida donada para realizar el sueño de juventud. “La vida es la realización de un sueño de juventud”[28], dijo Juan Pablo II a los jóvenes reunidos en el estadio olímpico de Atahualpa, retomando una expresión poética de Juan XXIII.

Pero, para realizar este sueño de juventud, para unir el principio al fin, el alfa a la omega, para vivir en el tiempo y en los siglos, es necesario pasar por la fidelidad del cuerpo donado, del grano que muere en la tierra, para poder dejar, luego, que en nuestro cuerpo transfigurado sea el Logos mismo que hable.

En efecto, nunca se debe olvidar –como recordaba el Card. Ratzinger en una conferencia en el Monasterio de Santa Escolástica de Subiaco, exactamente pocas horas antes de la muerte de Juan Pablo II– que el cristianismo

“es la religión del Logos. Él es fe en el Creator spiritus, en el Espíritu creador, del cual procede todo lo real. Exactamente esto tendría que ser hoy su fuerza filosófica, porque el problema es si el mundo procede de lo irracional, y la razón no es, pues, nada otro que un ‘subproducto’, tal vez también perjudicial, de su desarrollo, o si el mundo procede de la razón, y esta es, por consiguiente, su criterio y su meta. La fe cristiana propende hacia esta segunda tesis, teniendo así, desde el punto de vista solamente filosófico, verdaderamente algunas buenas cartas que jugar, a pesar de que sea la primera tesis la que es considerada hoy por muchos la única ‘racional’ y moderna. Pero una razón emanada de lo irracional, y que es, al fin y al cabo, ella misma irracional, no constituye una solución de nuestros problemas. Solamente la razón creadora, y que en el Dios crucificado se ha manifestado como amor, puede mostrarnos verdaderamente el camino”[29].

Los jóvenes de todos los continentes, con sus guitarras y preguntas, han comprendido físicamente que Juan Pablo II llevaba consigo una “belleza antigua y siempre nueva” que hablaba aún antes de hablar; que hablaba y penetraba en los corazones sobre todo cuando sufría, se callaba, moría; que en él la razón creadora, que en el Dios crucificado se ha manifestado como amor, puede mostrarnos verdaderamente el camino.

En la plaza de San Pedro, como en tantas otras plazas del mundo, las cuerdas de las guitarras, ya no punteadas sino solo rozadas, han vuelto a hacer resonar uno de los cantos más famosos y amados por la rock generation:

May God bless and keep you always,
May your wishes all come true,
May you always do for others
And let others do for you.
May you build a ladder to the stars
And climb on every rung,
May you stay forever young,
Forever young, forever young,
May you stay forever young.

Emilio Grasso

 

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[1] L. Salvia, Le chitarre non tacciono. “A lui sarebbe piaciuto così”, en www.corriere.it (4 aprile 2005).

[2] Giovanni Paolo II, Le risposte alle domande della gioventù nella Cattedrale di Carpi (3 giugno 1988), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XI/2, Libreria Editrice Vaticana 1989, 1749.

[3] C.S. Lewis, Le lettere di Berlicche, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 1979, 91.

[4] C.S. Lewis, Le lettere di Berlicche..., 91.

[5] F. Ferrarotti, Dieci osservazioni su “musica e società”, en “La Critica Sociologica” n. 75-76 (1985-1986) 166.

[6] S. Frith, Sociologia del rock, Ed. Universale Economica Feltrinelli, Milano 1982, 169.

[7] Cf. P. Alessandrini, Pop Music, en Encyclopædia Universalis, XVIII, Paris 1990, 711.

[8] Cf. R. Garaudy, Danzare la vita, Cittadella Editrice, Assisi 1973, 18.

[9] Una introducción bien hecha, aunque vieja, es aquella de C. Brambilla, La Negritudine, Ed. Nigrizia, Bologna s.d.

[10] L.S. Senghor, De la négritude, en A.J. Smet, Philosophie africaine. Textes choisis, I, Presses Universitaires du Zaïre, Kinshasa 1975, 21.

[11] L.S. Senghor, Psychologie du Négro-africain ou conscience et connaissance, en A.J. Smet, Philosophie africaine. Textes choisis, I..., 31.

[12] L.S. Senghor, L’Esthétique négro-africaine, en “Diogène” n. 16 (1956) 44.

[13] Cf. M. Towa, Léopold Sédar Senghor: négritude ou servitude?, Éditions Clé, Yaoundé 1971; cf. A.J. Smet, Philosophie africaine. Textes choisis I-II, Presses Universitaires du Zaïre, Kinshasa 1975; cf. F. Eboussi Boulaga, La crise du Muntu. Authenticité africaine et philosophie. Essai, Présence Africaine, Paris 1977; cf. R. Depestre, Bonjour et adieu à la négritude, Éditions Robert Laffont, Paris 1980.

[14] Cf. M.-C. Jalard, Blues, en Encyclopædia Universalis, IV, Paris 1990, 265-268.

[15] Cf. J. Alfaro, Revelación cristiana, fe y teología, Ediciones Sígueme, Salamanca 1985, 13-64.

[16] Cf. S. Frith, Sociologia del rock..., 169.

[17] J. Kerouac, Sulla strada, Ed. Oscar Mondadori, Milano 1981, 367.

[18] Antologia Rock. A cura di M. Buda, Newton Compton Editori, Roma 1981, 14.

[19] Cf. S. Frith, Sociologia del rock..., 208.

[20] Cf. J. Koenot, Le rock dans la culture contemporaine, en “Études” 369 (1988) 220.

[21] Acerca de la diferencia entre palabra de Dios en el sentido de genitivo subjetivo y de genitivo objetivo, cf. D. Grasso, L’annuncio della salvezza. Teologia della predicazione, M. D’Auria Editore Pontificio, Napoli 1973, 63-67.

[22] Giovanni Paolo II, Incontro con gli universitari nella piazza di San Petronio a Bologna (7 giugno 1988), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, XI/2, Libreria Editrice Vaticana 1989, 1907.

[23] Giovanni Paolo II, Incontro con gli universitari…, 1906.

[24] F. Pivano, Prefazione, en J. Kerouac, Sulla strada…, 27.

[25] F. Pivano, Prefazione..., 24.

[26] H. de Lubac, Storia e Spirito. La comprensione della Scrittura secondo Origene, Ed. Paoline, Roma 1971, 468.

[27] Redemptoris missio, 90.

[28] Giovanni Paolo II, All’incontro con i giovani nello stadio olimpico “Atahualpa” (30 gennaio 1985), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VIII/1, Libreria Editrice Vaticana 1985, 259.

[29] J. Ratzinger, L’Europa nella crisi delle culture (1 aprile 2005), en http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/27262.html (5 aprile 2005).

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

Señalamos el videomensaje pronunciado por el Santo Padre Francisco a los jóvenes de la archidiócesis de Cracovia, con motivo del centenario del nacimiento de san Juan Pablo II: San Juan Pablo II fue un extraordinario don de Dios a la Iglesia y a Polonia.

 

 

 

18/05/2020