El testimonio del P. Nino Miraldi, misionero romano en Brasil
Hace treinta años, el 29 de julio de 1990 murió en Río de Janeiro Nino Miraldi, sacerdote romano que desde 1967 trabajaba en Brasil.
Una recopilación de algunas de sus cartas, publicada con una amplia y estimulante introducción de Giuseppe Ruggieri[1], indica un itinerario de ejercicio de las virtudes teologales y delinea una huella de espiritualidad
misionera de notable ayuda y aclaración, sea para quien trabaja en alguna misión, como para quien vive en países de antiguas tradiciones cristianas.
Al mismo tiempo, estos escritos obran en favor de una desmitificación de motivaciones espurias y equívocas, que conducen a tergiversaciones sobre la autenticidad de una presencia misionera, las que, en la mayoría de los casos, provocan fáciles ilusiones con las consiguientes desilusiones y los abandonos repentinos, pero no imprevistos.
Lo que impresiona en la lectura de estas cartas es la profunda y atormentada fidelidad del P. Nino a Dios y a los pobres.
En ellas se perfila un camino geográfico, que desde el centro (Roma) conduce a la periferia (Brasil) y que, sin embargo, en el mismo movimiento une la fe a la caridad en el ejercicio de la esperanza.
Me parece que en estas cartas nos encontramos frente a un testimonio que se convierte en lugar teológico e indica directrices profundas, para la fundación y el desarrollo de una auténtica espiritualidad misionera.
En el contexto del Brasil de las favelas y de la opresión por parte de las dictaduras militares, que caracterizaban a gran parte de los países de América Latina de aquel tiempo, impresiona la capacidad de conjugar e interpretar, con total donación y desapego irónico y profético al mismo tiempo, la pasión única por Dios y por los hombres.
Alumno del Colegio Capranica, en el extraordinario clima de humanidad genuina, de libertad y fraternidad creado por el rector Mons. Cesare Federici, el P. Nino profundizó –como subraya en su introducción Giuseppe Ruggieri– las ideas-clave que habrían marcado su ministerio: primacía de la fe, por una parte, e inteligencia crítica, por otra, opción por los pobres y por una Iglesia evangelizadora[2].
Primacía de la fe
El testimonio del P. Nino Miraldi resulta más estimulante todavía y precioso, si se analizan el lugar (Brasil) y el período histórico en que ha sido dado: los años de los fermentos e incluso de los trastornos posconciliares.
Solo el conocimiento de aquel tiempo y de aquellas tierras permite intuir la grandeza profética de este testimonio.
En P. Nino no cede en nada en el campo de la fe. Escribe en una carta del 2 de enero de 1969:
“En este período de manía de un cristianismo horizontal, estoy más convencido que nunca de la prioridad vertical. A mí me parece que me entrego humanamente al prójimo y, justamente por eso, sé que no vale para nada si me ofrezco a mí mismo, un mí mismo absolutamente ambiguo, y no ofrezco a Cristo, el Cristo al que debo redescubrir en la oración y en la fe”[3].
Esta centralidad en Jesucristo conduce al P. Nino al rechazo tanto de “un conservadurismo obtuso, cuanto de un reformismo que toma, como criterio de la fe, al ‘hombre moderno’”[4].
Al llegar a Brasil, percibe enseguida la dificultad y peligrosidad de la situación: “La situación es difícil. En algunos momentos tengo la impresión de una Iglesia a la deriva: otra cosa, en comparación con Italia”[5], escribe el 6 de septiembre de 1967.
Capta enseguida cuál es la puesta en juego:
“Acá, verdaderamente o lo apuestas todo a la confianza en la gracia, o pierdes la esperanza... Demasiado humanismo: el hablar continuamente de desarrollo, dignidad y libre responsabilidad, no me parece un discurso cristiano. Esperamos no perder el sentido de la cruz, de la oración ofrecida a Dios ‘en el vacío’ sin sentir su realización, el sentido de la patria verdadera, el renegarnos a nosotros mismos: sobre todo el sentido de que Dios es el centro y no nosotros”[6].
Para el P. Nino, punto central, frontera de la fe madura, es el encuentro con la cruz del abandono, la experiencia del
fracaso[7].
“Asociarnos para trabajar con Jesús –escribe el 21 de septiembre de 1967– significa aceptar sufrir más, para completar en el cuerpo de la Iglesia, los sufrimientos de Cristo”[8]. La referencia cristológica al sufrimiento está clara: “No hablo, presta atención –escribe el 18 de abril de 1969–, de sufrimientos materiales, sino de la ‘impotencia de la cruz’, en la que estamos obligados a trabajar”[9].
La fe, lenta pero inexorablemente, se purifica. La soledad interior y la dificultad del trabajo apostólico dejan huellas cada vez más profundas. El P. Nino lo percibe con lucidez de conciencia, no se echa para atrás, sigue su camino, da su respuesta:
“Ahora que estoy solo, entiendo mejor lo que hago... Estoy contento de mi situación por eso: he predicado creyendo que Dios solo basta; ahora acepto el desafío de la realidad en demostrarlo: que Dios solo me basta, que Dios es la felicidad profunda, también cuando todo el resto falta”[10].
Amor a la Iglesia concreta
La fe en el Dios de Jesucristo es también fe en la Iglesia. En el Brasil de las tensiones posconciliares, el P. Nino vive la Iglesia en su realidad de fe y misterio.
Escribe el 28 de julio de 1970: “¡Gran misterio la Iglesia! El hecho es que se debe amarla concreta, no idealizada. Hecho esto, se resiste”[11].
Es esta fe operante en la caridad la que lo sostiene y le permite superar los grandes conflictos de conciencia que siempre están presentes en la vida del que cree. Él puede ver, sin taparse los ojos u oscurecer la inteligencia, justamente por la fuerza de la profesión de una fe que se expresa en el amor: “Amo a la Iglesia tal vez más que antes”[12], escribe en octubre de 1970.
“Amo a la Iglesia…”. A esta Iglesia así como es en su realidad concreta y no idealizada[13]. A esta Iglesia, “misterio… de gracia, de sufrimiento, de debilidades y de traiciones”[14].
Actuar en el interior de esta Iglesia exige el realismo de la fe.
“Te aseguro –escribe el P. Nino el 4 de noviembre de 1971– que trabajar para esta Iglesia es un desgaste de los nervios, más que del físico, y cuanto más analizo y estudio esta situación, tanto menos veo soluciones, a no ser la solución evangélica: pobreza, fe, coraje para afrontar la realidad”[15].
El sufrimiento de la fe y el conocimiento de la realidad llevan a los puntos-límite de la impotencia de la cruz. Encontramos uno de los momentos más altos de esta tensión en la carta del 24 de febrero de 1972, en la que conviven la profesión de fe católica en la importantísima función de un centro de unión con autoridad suficiente sobre el episcopado, y la tentación del cisma[16].
Solo una fe sin oropeles permitirá al P. Miraldi pasar a través del “ojo del huracán”[17].
A veces, cansado, otras, desanimado porque parece que todo anda al revés, el P. Nino nunca perderá la confianza en “Dios, bueno y paciente”[18].
En una carta del 23 de diciembre de 1980, podrá confesar serenamente: “También en los momentos de ‘conflictos’ o, mejor dicho, de tensiones, con el Obispo de Río, me he quedado siempre en la Iglesia y como sacerdote”[19].
Presintiendo la muerte que se acerca, en la última carta publicada, mientras constata que está yendo hacia abajo, sin recuperaciones sustanciales, agradecerá a Dios por la vida interesante que le ha concedido, por lo que ha hecho y está haciendo, del que está convencido y en el que cree[20].
El impacto con la cultura local
Lo que aparece con plena evidencia en las cartas del P. Miraldi es una inteligencia crítica, la desilusión que preserva de los fáciles entusiasmos y una esperanza que no es ilusión.
El conjunto de estos tres factores garantiza la solidez de la fe, que permite a la carrera del discípulo del Señor llegar a buen puerto. Son estas las tres fundamentales garantías que permiten a la fe actuar, y a la opción preferencial por los pobres asumir toda la fuerza y el dinamismo profético de testimonio de la presencia del Reino.
Miraldi puede ser acusado fácilmente de prejuicio etnocéntrico y de escasa atención a las culturas locales. Una lectura diacrónica de las cartas hace entrever un proceso de auténtica purificación que, a partir del núcleo sustancial de la fe, lo lleva a un encuentro con la problemática esencial y existencial del hombre concreto al que encuentra.
Es indudable que lo que busca y lo necesita en su relación con los hombres, con los sacerdotes sobre todo, es lo que llama “la profundidad de la dimensión existencial”[21].
Él mismo advierte la dificultad de cierta comprensión que, con autoironía, imputa a una “formación norteño-burgués-intelectual” que lo ha marcado profundamente[22].
La fe de Miraldi no mata ni oculta la razón. Ella siempre es una fe que busca la comprensión, busca el conocimiento.
Por eso, él advierte, ya desde el principio, el sufrimiento por un cristianismo que, aunque él reconoce vitalmente auténtico, juzga “teológicamente pre-crítico”[23]. Espera evangelizar dando “el mismo Evangelio, pero en un contexto cultural muy diferente”[24].
El impacto con la realidad de aquellas tierras ha sido, sin duda, muy duro. Solo una fe auténtica y profunda y su gran amor al pueblo, le han permitido al P. Miraldi no sucumbir.
Una vez llegado a Brasil, él sabe que este es el pueblo que tiene que encontrar en Cristo. Aquí se revela la auténtica vocación misionera del P. Nino, quien no se encuentra por cierto en misión para buscar aventuras, o para una excursión turística, o para huir de las contradicciones de la vida anterior. Él sabe bien, ya desde el principio –como escribirá en una de las últimas cartas–, que “no es fácil hacer el sacerdote en ningún lugar”[25].
Y es para ser solo portador de Cristo Jesús y no exportador de culturas, por lo que el P. Nino no arrincona la inteligencia y el espíritu crítico; pero, tampoco los absolutiza, sometiendo a ellos la motivación última de su presencia en Brasil.
Hallamos esto con palabras simples, pero en una síntesis notable, donde inteligencia y humildad se acompañan, en la carta del 6 de septiembre de 1967:
“Aquí la gente es buena y gentil: el empeño no es su fuerte, la claridad intelectual menos aún. Son los hermanos que Dios ahora me ha dado: ruega que me haga capaz de entenderlos y apreciarlos, superando mis prejuicios de raza y cultura”[26].
En sus primeros análisis, el P. Miraldi constata la ausencia de los jóvenes, que imputa justamente a este vacío de la reflexión y eclipse de la razón.
El 12 de noviembre de 1967 escribe:
“Yo creo que los jóvenes no vienen, porque generalmente aquí el cristianismo de las masas es pre-crítico (devociones particulares, retórica y funcionarismo de nuestra parte y sectarismo de parte de muchos grupos protestantes). Entre los adultos, muchos espiritistas y macumberos...; a los jóvenes no los atrae más ni siquiera esto”[27].
Hay un pasaje de una carta del 21 de agosto de 1972, en la que hace un análisis muy interesante. Miraldi escribe:
“El arma de la reacción es hacernos saltar los nervios. De esta manera, aquí han logrado hacer salir de la Iglesia a muchas de las personas más inteligentes”[28].
La superación de la ideología
Una lectura superficial y preconcebida podría reducir el cristianismo de Miraldi, solo a la esfera intelectual de un cristianismo culto, en oposición a un cristianismo de los pobres y del pueblo ignorante. Muy diferente es el punto de vista del P. Nino, en el cual fe, inteligencia y pasión por el pueblo se encuentran siempre integradas. Por eso, rechaza todas aquellas posiciones que, eliminando la fe o fingiendo la pasión por el pueblo, se reducen a simples elucubraciones y juegos de palabras.
Escribe, acerca de esto, el 14 de diciembre de 1979: “Lo que no aguanto es la ‘cultura’ de los ‘cultos’, mucho menos original que la del pueblo pobre”[29].
Sobre este punto, la actitud de Miraldi es clara y sin componendas. Por la fuerza de la fe, de la inteligencia y de la pasión por el pueblo, desconfía de progresismos a la moda y de todas aquellas posiciones, que muy poco tienen que ver con el amor a Cristo, a la Iglesia y a los pobres.
Su compromiso con los pobres y sus elecciones por una Iglesia evangelizadora –causa de dolorosas tensiones con el Cardenal de Río de Janeiro– no tienen nada que ver con otras elecciones y opciones, que procurarán solo males mayores y pondrán en difícil situación y peligro una auténtica y necesaria teología de la liberación.
Numerosas, puntuales y precisas son las observaciones y las críticas del P. Nino Miraldi, con respecto a este tema.
El 7 de abril de 1972 escribe:
“En las ‘clases altas’, hay generalmente una pseudo-cultura, ‘borrador’ mal digerido de la cultura europea y americana. En las clases ‘bajas’ y despreciadas, mucha riqueza de bondad, de inteligencia no educada, de
dignidad gentil.... Yo, gracias a Dios, estoy con los ‘bajos’”[30].
El 12 de noviembre de 1967 escribía:
“El clero ‘progresista’ es hoy fanáticamente anti-Maritain por su último libro, del que se han hecho reseñas estúpidas y también poco caritativas.... Ahora son todos teilhardianos... sin haberlo siquiera leído”[31].
El P. Miraldi ve proféticamente el peligro de polarizaciones que, luego, son determinadas, al fin y al cabo, solo por el empleo de diferentes palabras y referencias culturales.
En una carta del 2 de enero de 1969 confiesa:
“Estoy muy triste y sufro mucho por eso. Otra preocupación es el clero. Progresista o reaccionario, en buena parte es burgués hasta el hueso, y tiene escasa carga de generosidad. Es verdad que el entorno mata los entusiasmos, peor que en Europa. Hay un progresismo teológico que hace vomitar el gusto del estar a la última moda, de estar desinhibidos. Hay también muchos aspectos buenos, evidentemente, pero estas tonterías y ligerezas dan fuerza a los integristas que son una plaga peligrosa”[32].
En otra carta, dirigida al rector del Seminario para América Latina, hablará de “confusión de ideas entre un súper-progresismo loco y un integrismo estupidísimo, pero con fuertes apoyos y lleno de dinero”[33].
El P. Miraldi, que, en una carta del 10 de octubre de 1969, apoyándose en los escritos de René Voillaume, ha tratado del problema personal de reprogramar la vida “sobre una elección de donación madura y sin ilusiones”[34], no nutre absolutamente ilusiones al respecto.
Escribiendo a un querido amigo, habla
“de una Iglesia contradictoria, con la mayoría de nosotros, los sacerdotes, en una situación psicológica desastrosa... Aquí el 90 % de los sacerdotes de ideas renovadas y progresistas que se casan, encuentran buenos puestos de trabajo, amontonan dinero y no les importa un bledo de todo, especialmente de su prójimo, con un proceso de ‘desconexión’ de las actitudes de fe, que hace dudar de que haya en nosotros algo serio”[35].
El P. Nino ha hecho su elección de fe por una Iglesia evangelizadora y por una opción preferencial por los pobres, exponiéndose y pagando en persona ya desde el principio. Es por eso, por lo que, en fuerza de su estar encarnado de parte de los pobres, experimenta molestia por aquellas posiciones que provienen de personas que mezclan sus frustraciones personales con grandes y crucificantes problemas humanos y eclesiales. Sintomático, acerca de esto, es lo que escribe el 8 de junio de 1989, en una de sus últimas cartas:
“Tenemos una cierta molestia por un sacerdote de ‘izquierda neurótica’, que escribe continuamente a los periodistas: acusa al Obispo, se siente amenazado de muerte y otras yerbas. Sé que sus acusaciones acerca de la diócesis han salido en la [agencia] Adista y en otras revistas europeas. Se trata de aquellos ‘accidentes’ que hacen solo el juego al enemigo; los verdaderos problemas son aquellos del pueblo, de su miseria y de la maniobra política para engañarlo una vez más”[36].
La fe y la inteligencia crítica no han permitido al P. Nino engañarse con fáciles ilusiones.
Algo muy diferente de la ilusión es la esperanza. Esta es unida a la fe y se afirma en el caer de las ilusiones mismas.
Por eso, el P. Miraldi puede escribir que en una situación “sin perspectivas, y parecería sin muchas esperanzas, queda la Esperanza, queda Cristo Resucitado”[37].
Es una esperanza auténtica, es una virtud teologal, porque advierte que “la esperanza en Dios no es facilitada por casi ninguna esperanza humana”[38].
Como la fe se purifica lentamente, así también la esperanza se vuelve cada vez más auténtica, en la medida en que se transforma cada vez más en esperanza en Cristo crucificado.
Y aquí el P. Miraldi experimenta la desnudez y, al mismo tiempo, la potencia de la cruz.
“Sabes –escribe en marzo de 1976–, continúo de pie sin ilusionarme sobre lo que hago (¡No sé bien si soy un campeón de la fe o de la obstinación!); no es absolutamente posible hacerse ilusiones. Sería preciso y posible ESPERAR, lo que me interesa, pero me es muy difícil”[39].
Una Iglesia que elige a los pobres
Solo partiendo de la dimensión de la fe y la esperanza del P. Nino Miraldi, se puede comprender la elección, no ideológica, por una Iglesia evangelizadora y que opta por los pobres.
Podríamos arriesgarnos a decir que esta elección es la dimensión histórica, asumida en el P. Miraldi por la virtud teologal de la caridad.
Ya desde el principio, percibe que “la mentalidad general es de una Iglesia ‘establecida’ sin evangelización verdadera”[40]. “El clero no es para nada misionero. Generalmente, las parroquias son muy burocráticas”[41].
El P. Miraldi advierte que, en aquel contexto, “no tiene sentido un apostolado ‘de conservación’ y ‘pequeño cabotaje’, de asistencia espiritual”[42].
El 1 de febrero de 1968 confesará: “¡Cómo sufro porque la Iglesia no es misionera! Aquí no hay casi nada que conservar, a excepción de lo que Dios conserva a solas”[43]. Advierte que tiene que hablar, que tiene que tomar partido “porque aquí no se juega solo sobre nuestra piel (esto se puede aceptar), sino sobre la misma misión de la Iglesia”[44].
Y la misión de la Iglesia se une, en el P. Miraldi, con la opción por los pobres, quienes son para él un descubrimiento, como confiesa el 31 de agosto de 1971:
“No conocía como ahora la miseria de tantos hermanos, no conocía experimentalmente como ahora la miseria de la Iglesia y la gloria de su misión. Es hermosísimo trabajar entre los pobres: por eso, para mí el Brasil tiene una fascinación particular, aunque la situación real es difícilmente imaginable”[45].
Participando en la toma de conciencia del pueblo oprimido, los mismos libros bíblicos se abren a nuevos sentidos; así escribe el P. Miraldi: “Los entiendo también en direcciones que, como acomodado pequeño burgués italiano, no lograba entender”[46].
Se deja ganar por este pueblo humilde, pobre, despreciado, que tanto más te hace sufrir cuanto más lo amas[47].
Y, como Jesús, experimenta en sus carnes el misereor super turbas (siento compasión de las multitudes): “Me da una gran tristeza ver a tanta gente que vive sin perspectivas, condenada a la miseria y a ser esclava”[48].
Ya hacia el ocaso de su laborioso día, el P. Nino reconocerá en la Iglesia que “todo lo que está vivo... une (no reduce) el problema eterno del hombre al problema de la justicia”[49].
“Mi problema –escribirá en una de las últimas cartas– es cómo anunciar el Evangelio a esta masa de gente, en su mayoría oprimida por problemas inmediatos (comida, casa, vestimenta, desempleo, presión de los bandidos que dominan los barrios pobres y son la única autoridad de hecho, etc.). Hace falta vivir con ellos estos problemas y los demás fundamentalmente humanos, que afloran a través de estos, y vivir formando con ellos una comunidad de fe concreta, de fe que obra a través de la caridad. Me siento totalmente impotente delante de esta tarea. Solo la esperanza en Dios y la certeza de que Él nos quiere”[50].
Comunicándole al Card. Poletti la noticia de la muerte del P. Nino Miraldi, sacerdote de la diócesis de Roma, el Obispo de Nova Iguaçu, dom Adriano Hypólito, hablaba del P. Nino como de un “extraordinario hombre de Dios y de los pobres”. Y concluía:
“No nos corresponde a nosotros juzgar la santidad de un cofrade, pero tenemos la certeza de que ha sido una ‘señal’ viva y fuerte del amor del Padre para este pueblo que sufre en la periferia del mundo. En este sufrimiento silencioso, también agravado por el desprecio y la calumnia de los poderes de este mundo y muchas veces también por la indiferencia, la presencia del P. Nino ha sido una prueba del amor del Padre y un sostén que fortifica nuestra fe y nuestra esperanza cristiana”[51].
Antes de morir, después de haber recibido los sacramentos de la reconciliación, de la unción y de la Eucaristía, el P. Nino Miraldi pidió ser enterrado en su tierra de adopción, entre sus pobres, en la Baixada Fluminense.
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[1] Cf. N. Miraldi, Lettere dal Brasile raccolte da G. Demofonti e C. Brunetti. Con introduzione di G. Ruggieri, Quaderni del Cipax, Roma 1997. En adelante, se harán las citas con M, agregando la fecha de la carta y el número de la página. En el 2009, se publicó por la editorial italiana Dehoniane una segunda edición, revisada y ampliada.
[2] Cf. G. Ruggieri, Il vangelo annunciato ai poveri. Introduzione alle lettere dal Brasile di Nino Miraldi, en M 7.
[3] M (02/01/69) 59.
[4] M (28/04/70) 71.
[5] M (06/09/67) 37.
[6] Cf. M (06/09/67) 37.
[7] Cf. M (21/09/67) 39.
[8] M (21/09/67) 40.
[9] M (18/04/69) 62.
[10] M (01/12/67) 42.
[11] M (28/07/70) 72.
[12] M (octubre 1970) 74.
[13] Cf. M (28/07/70) 72.
[14] M (01/04/71) 81.
[15] M (04/11/71) 99.
[16] Cf. M (24/02/72) 103.
[17] Cf. M (07/04/72) 105.
[18] Cf. M (02/03/78) 115.
[19] M (23/12/80) 117.
[20] Cf. M (18/07/90) 139.
[21] Cf. M (10/03/71) 80.
[22] Cf. M (21/08/72) 106.
[23] Cf. M (20/08/67) 30.
[24] M (20/08/67) 30.
[25] M (11/12/89) 136.
[26] M (06/09/67) 38.
[27] M (12/11/67) 41.
[28] M (21/08/72) 106.
[29] M (14/12/79) 116.
[30] M (07/04/72) 105.
[31] M (12/11/67) 41.
[32] M (02/01/69) 60.
[33] M (08/05/69) 65.
[34] M (10/10/69) 68.
[35] M (19/05/75) 110-111.
[36] M (08/06/89) 133.
[37] M (05/05/71) 93.
[38] M (10/10/69) 68.
[39] M (marzo 1976) 112. La palabra “esperar” está escrita toda en mayúscula en el texto original.
[40] M (21/08/07) 31.
[41] M (12/11/67) 41.
[42] M (19/01/68) 49.
[43] M (01/02/68) 50-51.
[44] M (octubre 1970) 73.
[45] M (31/08/71) 97-98.
[46] M (24/02/72) 104.
[47] Cf. M (14/12/79) 115.
[48] M (02/06/88) 131.
[49] M (02/06/88) 131.
[50] M (22/11/88) 131-132.
[51] Lettera del vescovo di Nova Iguaçu dopo la morte di Nino Miraldi, en M 142.
29/07/2020
dignidad gentil.... Yo, gracias a Dios, estoy con los ‘bajos’”