¿Fuimos hombres o solo medio hombres, homúnculos… quaquaraquà...? Aquel sueño de los binanga

 

Esa noche en mi Evangelio leí: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel” (Mt 2, 6).

Luego abrí un libro que encontré en mi biblioteca y leí una historia.

Se trataba de la historia (¿o del sueño?) de un pequeño pueblo en el corazón de África.

Ese pueblo se llamaba Ozom. Allí se llaman binanga[1] los jóvenes que constituyen la nueva generación en tensión/conflicto con la de los padres.

Siendo la riqueza de los padres, los binanga son tenidos en un estado de dependencia rigurosa de los adultos, que tienden a prolongar lo más posible este estatuto de adolescencia (hasta 30/35 años), exigiendo de ellos obediencia incondicional. Los binanga no tienen tierra, no tienen riqueza (porque no son casados), no tienen, como las mujeres, palabra. Son los sin derecho, al servicio exclusivo de los adultos, y pertenecen a aquella categoría de excluidos que incluye también a los niños, a las mujeres, a los empleados domésticos y a los esclavos.

Aquella noche el cielo se abrió

Cuando, en Ozom, por primera vez una mujer tocó y echó en la floresta los símbolos de un poder, que había llegado a ser el cielo cerrado a la esperanza de los jóvenes y de los pobres, hubo un momento eterno de silencio, de espera, de completa suspensión en el vacío.

Una vez más se había cumplido un gesto que hacía irrumpir lo nuevo, que quebraba la circularidad de una historia hecha de mecánica y monótona repetición de Algo, que ya había sido escrito y había sido dado solo para cumplirlo.

En el silencio de un sufrimiento desde siempre reprimido, los hombres sin palabra, las mujeres oprimidas, los binanga sin historia miraban atónitos hacia lo alto. Ellos no habrían creído nunca que el cielo pudiera abrirse, la novedad quebrar el repetirse monótono del todo ya escrito, la esperanza de cielos nuevos y tierras nuevas sacudir el compacto y viscoso frío de la cosa anónima que, sin conocerte, te domina y te condena aun antes que tú existas.

Irrumpía lo nuevo, la posibilidad de lo diferente, el juego de la libertad y de la responsabilidad. La naturaleza no era más Dios, había terminado el reino del vínculo con la naturaleza. Nacía el mundo de la libertad, de la aceptación, del rechazo.

El fuego se había prendido. ¿Qué habría pasado? Había terminado el tiempo de la cueillette, el tiempo de la espera, con los brazos cruzados, que el fruto cayera del árbol. Había terminado el tiempo de la dependencia. El tiempo en que tú estás actuado y vivido por otro o por estructuras que deciden por ti. Empezaba el tiempo de la lucha, del conflicto, de la organización, de la voluntad, de la inteligencia, del trabajo paciente, del sacrificio, de la esperanza. Empezaba, pues, el tiempo de la responsabilidad frente a una historia que Dios había puesto en tus manos, en las manos de cada uno, y por la cual Él se había comprometido hasta la muerte en la Persona de Su Único Hijo. Una historia de éxito incierto. Él había salido victorioso, triunfando sobre la muerte. Él había vencido porque era no solo verdadero Dios, sino también verdadero Hombre. Y el hombre es Hombre cuando, como Él, prefiere morir que traicionar la palabra dada.

Pero ¿nosotros? Al final, para decirlo con Leonardo Sciascia, ¿se dirá de nosotros que fuimos hombres o solo medio hombres, homúnculos... quaraquaquà...? [2].

Y nosotros, frente a esta nueva prueba, ¿cómo habríamos reaccionado? Fue un instante. Pero un instante eterno. Un instante en el que pones nuevamente en juego toda tu vida.

La danza de los binanga

De la muchedumbre luego se libró un enanga, después otro, después otros todavía... Y empezó la danza, porque, allá en África, la esperanza es como una muchacha que llega danzando...

“La danza escribe el Padre Mveng es la expresión soberana del arte africano. En ella, ritmo, melodía, palabra, gesto sintetizan en el cuerpo humano el espacio y la duración en su capacidad de expresión. Es también la forma más dramática de la expresión cultural africana, ya que es la única donde el Hombre, en cuanto rechazo del determinismo de la naturaleza, se percibe no más solamente como libertad, sino como liberación de su límite. Por eso, la danza es la sola expresión mística de la religión africana”[3].

Teníamos presente la provocación de uno de los maestros de la sospecha. Hay que dar también una respuesta no teórica a la interrogación puesta por Friedrich Nietzsche: “Yo podría creer solo en un Dios que supiera danzar”[4].

Los binanga danzaban. Y nosotros con ellos. En aquel momento todo se podía decir de nosotros. Pero no que éramos “los tísicos en el alma: han nacido recién, ya empiezan a morir y anhelan a doctrinas del cansancio y de la renuncia”[5]. En ese momento no lo estuvimos. Pero, entonces, ¿qué habría sido de nosotros? En ese momento, para nosotros, la eternidad entró en el tiempo y la fidelidad en ese momento habría constituido nuestro juicio final.

Fue un místico cristiano, ligado a la tradición de san Bernardo, el que un tiempo escribió:

“Jesús es el maestro de los danzarines;

en la danza es verdaderamente muy hábil,

ahora da la vuelta a la derecha, ahora a la izquierda;

y todos deben seguir con agilidad su enseñanza”[6].

Los símbolos de un poder de opresión y muerte, echados por una pobre mujer en la floresta, constituyeron en Ozom un primer momento de liberación. Fueron comprendidos por todos y tuvieron la aprobación de los más pobres.

La danza de los binanga de Ozom nos ha hecho descubrir, en la experiencia vivida, que el Dios de Jesucristo no lo ha escrito ya todo. Que en su libro falta todavía la página, aunque fuera la más chica, de nuestra vida. Y, para Dios, hasta el más pequeño de los binanga, es Todo.

A nosotros nos corresponde el mandato del amor, de hacer conocer a Aquel que dirige la danza. A cada uno la responsabilidad, que no puede ser delegada, de danzar o quedarnos fuera del círculo monótono de una tapicería inmóvil y descontada. Porque solo entrando en la danza nosotros jugaremos y quebraremos la circularidad terriblemente seria del “todo ya escrito”.

Binanga entre los binanga, los amigos del Señor están llamados a iniciar las danzas y a invitar a los pueblos a danzar, por los caminos del mundo, la danza de la liberación de todo miedo, la danza del Amor que no muere.

Escribe san Ambrosio:

“David no enrojeció por las opiniones femeninas ni se avergonzó de ser objeto de oprobio frente a las mujeres, para manifestar su obsequio a la religión. Su siervo danzaba por el Señor, y le fue mayormente grato porque se humilló de tal modo, frente a Dios, que pospuso su dignidad real y le prestó como un esclavo los más bajos servicios... A Mical que critica a David que danza y le dice: ‘¡Qué honor se ha hecho hoy el rey de Israel mostrándose descubierto a los ojos de sus siervas!’, David le responde: ‘Danzaré en presencia del Señor, que me ha escogido en lugar de tu padre y de toda tu casa para constituirme rey sobre todo su pueblo Israel. Y danzaré en presencia del Señor y me desnudaré aún así y seré frívolo frente a tus ojos, pero con las siervas con las cuales has dicho que me he descubierto, seré honrado’. En efecto –concluye san Ambrosio– la que había reprobado dicha danza, condenada a la esterilidad, no procreó descendencia real para evitar que generase seres soberbios y –como es justo– no obtuvo sucesión alguna de su posteridad y de sus méritos. En cambio, David, que danzó la gloriosa danza del sabio, ascendió hasta el trono de Cristo para ver y oír al Señor decir: ‘Siéntate a mi derecha’”[7].

Emilio Grasso

(Continúa)

 

 

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[1] Cf. Th. Tsala, Dictionnaire Ewondo-Français, Impr. E. Vitte, Lyon s.a., 195; cf. Th. Tsala, Dictionnaire bëti-français. Nouvelle édition revue, corrigée et augmentée, ronéotypé, Yaoundé 1976, 115; cf. Ph. Laburthe-Tolra, Les seigneurs de la forêt. Essai sur le passé historique, l’organisation sociale et les normes éthiques des anciens Bëti du Cameroun, Publications de la Sorbonne, Paris 1981, 353-390. Binanga es el plural de enanga.

[2] Cf. L. Sciascia, Il giorno della civetta, Giulio Einaudi editore, Torino 1990, 100.

[3] E. Mveng, L’Art d’Afrique noire. Liturgie cosmique et langage religieux, Mame, Paris 1964, 81.

[4] F. Nietzsche, Così parlò Zarathustra. Un libro per tutti e per nessuno, Adelphi, Milano 1976, 43.

[5] F. Nietzsche, Così parlò Zarathustra..., 48.

[6] Cit. en H. Cox, La festa dei folli. Saggio teologico sulla festività e la fantasia, Bompiani, Milano 1971, 75.

[7] Ambrogio, Libro VI, Lettera 27, 5-8, en Opera omnia di Sant’Ambrogio, XIX. Lettere (1-35), Biblioteca Ambrosiana-Città Nuova, Milano-Roma 1988, 255.257.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

02/12/2020