El tercer lunes de enero se celebra el Día de Martin Luther King, una fecha festiva en Estados Unidos, que conmemora el nacimiento de unos de los principales activistas por los derechos civiles que estuvo a favor de la lucha no violenta, para defender los derechos humanos de los ciudadanos afroamericanos y acabar con la discriminación racial.

La elección de la fecha es porque Martin Luther King nació el 15 de enero, pero se decidió conmemorar el tercer lunes de enero para que no estuviera tan cerca de las celebraciones navideñas.

 

 

El 4 de abril de 1968 fue asesinato, en Memphis, Martin Luther King, premio Nobel de la Paz 1964, y líder muy célebre de la lucha de los afroamericanos por la abolición de la discriminación racial.

El 3 de abril de 1968, en aquella que habría sido la vigilia de su asesinato, en el Mason Temple, una iglesia de Memphis, Martin Luther King pronunciaba su último sermón, uno de los más importantes, entre los tantos pronunciados por él.

Volver a leerlo hoy después de 53 años, ya con la clara conciencia de que eran las últimas palabras de un hombre que salía al encuentro de la muerte, nos devuelve la grandeza profética de este hombre, en todo su espesor.

En el análisis de ese discurso[1] hay que evidenciar tres momentos, sobre los cuales nos es dado meditar. Debemos tener presente que este sermón ha sido pronunciado durante el tiempo que precede inmediatamente a la Semana Santa[2], tiempo de muerte y resurrección de Aquel que, en la unicidad de su persona divina, da valor y significado salvador, histórico y metahistórico, también al sacrificio de Martin Luther King.

  1. Martin Luther King no huye de la historia.
    Si se le hubiera ofrecido elegir en qué tiempo vivir, él, después de haber subrayado varios momentos históricos, no habría dudado en pedir a Dios ser hijo de su tiempo. “Y ¿saben qué? si estuviera parado al comienzo de la era, con la posibilidad de echarle un vistazo general, tipo panorámica, a toda la historia humana hasta ahora, y el Todopoderoso me dijera: ‘Martin Luther King, ¿en qué era te gustaría vivir?’… Extrañamente, me volvería hacia el Todopoderoso y le diría: ‘Si me permitieras vivir solo unos cuantos años en esta segunda parte del siglo veinte, seré feliz’”[3]. Y añade: “Estoy feliz de que Dios me haya permitido vivir en este período, para ver lo que se está desarrollando. Y me siento feliz que me haya permitido estar en Memphis”[4].
    Esta nos parece ser su primera gran lección: el vivir cristiano es comprensión de la totalidad, siempre a partir de un concreto histórico. Y el concreto histórico es el tiempo, el lugar y la situación en la que estamos puestos. Es de allí de donde, mediante un proceso de asunción, tenemos que entrar en la aventura hacia los mares abiertos del tiempo y de la historia. Nunca, pues, una huida del concreto, sino un elevarse, a partir de él, hacia la plenitud que tiene sabor a eternidad.
  2. Este vínculo con el concreto no encierra a Martin Luther King en el tiempo y en el espacio donde está situado. Él parte del concreto histórico para caminar hacia la tierra que destila leche y miel. Mas, esta tierra, dice Martin Luther King, no debe hacernos olvidar de los desamparados que tenemos con nosotros, de los niños que no pueden comer regularmente.
    “Está muy bien –proclama Martin Luther King– hablar de la nueva Jerusalén, pero, un día, el predicador del Señor tendrá que hablar también de la nueva New York, de la nueva Atlanta, de la nueva Philadelphia, de la nueva Los Angeles, de la nueva Memphis. Es esto lo que tenemos que hacer”[5].
    Si leemos bien, veremos que la relación entre la nueva Memphis y la nueva Jerusalén no es otra cosa que la explicitación situada de la tensión entre el ya y el todavía no, que caracteriza la concepción del tiempo cristiano, como fue descrita magistralmente por Cullmann[6].
    Pero, la nueva Memphis y la nueva Jerusalén, el ya y el todavía no del Reino de Dios, no podrán nacer, sino a partir de los “desamparados que tenemos con nosotros”, es decir, a partir, como afirma Martin Luther King, de la “capacidad de proyectar el yo en el tú y de sentir compasión por el hermano”[7].
  3. El centro del problema no somos nosotros, sino que es el otro.
    Haciendo un comentario sobre la parábola del Buen Samaritano, Martin Luther King encuentra miles de razones justas para no pararse al lado del herido por el camino. Si se pone la cuestión a partir de sí mismo: “Si me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué me va a pasar a mí?”[8], hay todas las razones para no pararse.
    Pero, si la cuestión se pone a partir del otro: “Si no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué es lo que le va a pasar a él?”[9], entonces ya no hay ningún motivo para no pararnos. Es el otro, no el yo, el que debe estar colocado en el centro de nuestra vida. Y este colocar al otro en el centro nos libera del círculo cerrado de un solipsismo narcisista, que vacía lentamente cerebro y corazón y nos paraliza en la eterna existencia hamlética.
    Está claro, en esta visión no se evita la muerte. Mas la muerte, para un cristiano, no es un accidente durante el recorrido. Es el acontecimiento hacia el cual tiende toda su existencia, porque la muerte es el abrirse de las puertas de la vida, sin más límites ni opacidad.
    Martin Luther King no es un romántico, un ilusionado. Él sueña como sueñan los hombres bíblicos; él ve porque la fe es ya inicio de la visión. Y su fe es grande.
    En el silencio religioso que debe rodear la voz del hombre de Dios, escuchemos nuevamente sus últimas palabras, pronunciadas pocas horas antes de su sacrificio de amor: “Y bueno, yo no sé lo que pasará ahora; se nos vienen días difíciles. Pero, de verdad, ahora no me importa, porque he estado en la cima de la montaña. Y no lo tomo en cuenta. Como cualquier persona, me gustaría vivir una larga vida. La longevidad tiene su lugar. Pero eso no me preocupa ahora. Solo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la montaña y he mirado, y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue allí con ustedes. Pero esta noche quiero que sepan que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida. Así que esta noche estoy feliz. Ya nada me preocupa. No le temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor”[10].

El ocaso de la edad de las utopías[11] no coincide con el ocaso del sueño a sabor bíblico. Al contrario, justamente allá donde “los oasis de la utopía se secan y se extiende un desierto de futilidad y confusión”[12], comienza el espacio propio del sueño bíblico.

Para Bernhard Häring, el discurso y el compromiso por la paz no constituyen una utopía, sino más bien una eutopía. Es decir, no se refieren a un lugar inalcanzable, sino al lugar del deseo, de nuestro tender hacia el absoluto, porque él mismo, Cristo, es nuestra paz[13].

La altura de la experiencia onírica en el Nuevo Testamento es única, y el que se acerca a ella, después de haber conocido la de la antigüedad, tiene la impresión de dejar un mundo sucio y, a pesar de toda su religiosidad, sumamente profano, para entrar en la quieta pureza de un santuario, cuyo pórtico está constituido por el Antiguo Testamento, en el que sobresalen la fuerza purificadora de la fe bíblica en Dios, la superación del mezquino horizonte individual y el acercamiento entre sueño e historia de la salvación.

El Dios bíblico y las exigencias de su Reino ponen en alerta frente a experiencias oníricas, que no refuerzan la fidelidad hacia el Dios liberador. Según la Sabiduría divina, “adivinaciones, augurios y sueños son vanas ilusiones. ... A menos que vengan de parte del Altísimo, no abras tu corazón a estas cosas. Porque muchos se extraviaron por los sueños, y fracasaron por fiarse de ellos” (Sir 34, 5-7).

En la experiencia onírica del Nuevo Testamento, en el centro de toda cosa y de todo está Dios, y su Reino está en el primer lugar. En realidad, todos los sueños narrados en el Nuevo Testamento no son sino variaciones de un único tema, Cristo[14].

El sueño de Martin Luther King, el sueño de su discurso más conocido y citado más frecuentemente, pronunciado ante el Lincoln Memorial el 28 de agosto de 1963, como momento central de la marcha hacia Washington por los derechos humanos, es un sueño que no puede morir con el profeta.

“Tengo un sueño (I have a dream): que un día, sobre las colinas rojas de Georgia, los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad”[15].

Aquel sueño ahonda sus raíces en la promesa de Dios, que nunca fallará. Mas, ahonda sus raíces también en el fluctuar de la libertad del hombre. Si un cierto pensamiento utópico tiene necesidad de suprimir la libertad del hombre para realizar la promesa, el sueño bíblico siempre tiene necesidad de la libertad del hombre para realizarse. Y, por eso, hasta el fin, queda siempre ligado a la debilidad y al vacilar de esta libertad.

Los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos se sentarán juntos en la mesa de la hermandad, pero, también podrán continuar jugando en una dialéctica interminable de esclavo-patrón, exactamente porque la libertad de cada uno de nosotros puede destruir, en cualquier momento, la mesa de la hermandad.

La tentación de suprimir esta libertad está siempre al acecho. Solamente en el fiat preventivo y total a la Cruz que concluye el camino, en la aceptación de una libertad que trastorna cualquier plan, y enclava y vacía de todo poder hasta Aquel que queda aún más el Todopoderoso, se encuentra la posibilidad única, histórica y metahistórica, de que el sueño se cumpla.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. M.L. King, Io ho un sogno. Scritti e discorsi che hanno cambiato il mondo, Società Editrice Internazionale, Torino 1993, 188-197.

[2] El Domingo de Pascua, en 1968, caía en el día 14 de abril.

[3] M. L. King, Io ho un sogno..., 189.

[4] M. L. King, Io ho un sogno..., 190.

[5] M. L. King, Io ho un sogno..., 193.

[6] Cf. O. Cullmann, Cristo e il tempo. La concezione del tempo e della storia nel cristianesimo primitivo, Il Mulino, Bologna 1965, 106-119.

[7] M. L. King, Io ho un sogno..., 194.

[8] M. L. King, Io ho un sogno..., 195.

[9] M. L. King, Io ho un sogno..., 195.

[10] M. L. King, Io ho un sogno..., 197.

[11] Cf. J. Fest, Il sogno distrutto. La fine delle età delle utopie, Garzanti Editore, Milano 1992.

[12] J. Habermas, cit. en J. Fest, Il sogno..., 78.

[13] Cf. Valentino Salvoldi intervista Bernhard Häring, Cittadella Editrice, Assisi 1993, 91.

[14] Cf. A. Oepke, ὄναρ, en Grande Lessico del Nuovo Testamento. A cargo de G. Kittel - G. Friedrich, VIII, Paideia, Brescia 1972, 664-665.

[15] M. L. King, Io ho un sogno..., 102.

 

 

 

20/01/2021