El affaire Dreyfus

 

El siglo que se cerró fue marcado por el ascenso y la creciente importancia de los intelectuales, que se convirtieron en un cuerpo social diferenciado con un estatuto propio reconocido por la sociología. El acta de nacimiento de este nuevo cuerpo social precedió solo un poco al siglo XX. El 13 de enero de 1898, desde las columnas del periódico “L’Aurore”, el famoso novelista Émile Zola se dirigía al Presidente de la República, con una carta abierta titulada J’accuse. Fue este valiente gesto en defensa de la libertad y de la justicia el que dio origen al “mito” de los intelectuales, entre los más característicos del siglo XX.

La historia del término

En una perspectiva muy amplia, se puede hacer derivar a los intelectuales de la primera de las tres funciones propias de la tradición indoeuropea.

Los imprescindibles estudios de Dumézil evidenciaron una estructura en las sociedades indoeuropeas basada en una división tripartita clásica: la clase de los sacerdotes, la de los guerreros y la de los criadores-agricultores. Estas clases constituyen los tres órganos de cuya cooperación dependen el bienestar y la continuación de la vida del grupo[1].

Aristóteles, cuya influencia fue de excepcional importancia en la elaboración de diversas doctrinas políticas, hace la distinción entre los que están dispuestos por naturaleza a mandar y los que están dispuestos por naturaleza a ser mandados, ya que su unión es lo que permite la supervivencia de ambos. El que por sus cualidades intelectuales es capaz de prever por naturaleza manda y es dueño, mientras que el que tiene cualidades inherentes al cuerpo por naturaleza debe ser mandado a ejercitarlas y naturalmente es esclavo, de modo que la misma cosa es ventajosa para el dueño y el esclavo[2]. El término intelectual, también aquí, se utiliza como adjetivo.

El historiador medievalista Le Goff utiliza el sustantivo intelectual, con preferencia sobre otros nombres como doctos, sabios, clérigos, pensadores, para designar a un grupo de contornos bien definidos: el de los maestros de las escuelas, que aparece en la Alta Edad Media, se desarrolla en las escuelas urbanas del siglo XII y se establece a partir del siglo XIII en las universidades. Este nombre designa a quienes ejercen la profesión de pensadores y transmiten su pensamiento a través de la enseñanza. La alianza de la reflexión personal y de su difusión a través de un amaestramiento caracterizaba al intelectual[3].

Por extensión, a los intelectuales se les asoció la así llamada intelligentsia.

El término latino y rusificado que indica una valiosa facultad mental, privilegio de cada persona inteligente, reconocía a la intelligentsia, puesto que todos la aceptaban, una supremacía que todos debían tener en cuenta.

Esta se debe considerar como una “delgada franja social” que tiene su origen en la necesidad de libertad propia del hombre de cultura, del pensador y del artista, y es interclasista, porque quien experimenta el disenso entre las exigencias del espíritu y las garras de la realidad puede pertenecer a cualquier clase social[4].

El paso moderno del adjetivo al sustantivo y del singular al plural se produce con lo que pasará a la historia como el affaire Dreyfus[5].

En efecto, el affaire hace colectivas algunas actitudes que antes eran individuales, y el término adquirirá todo su sentido plural que conservará después.

El affaire Dreyfus

El 15 de octubre de 1894 es tomado preso un capitán de artillería, Alfred Dreyfus, judío, que presta servicio como stagiaire en el Estado Mayor del ejército francés. La acusación dirigida contra el oficial es muy grave: él ha sido individuado como autor de una carta (el bordereau) dirigida al agregado militar de la embajada de Alemania en París, en la que se proporcionan a los alemanes algunas informaciones reservadas de carácter militar. Del análisis del documento las sospechas apuntan a Dreyfus. Solo el 31 de octubre la noticia de la detención es difundida por los periódicos franceses, y desde aquel momento comienza contra el oficial acusado de traición una violentísima campaña de prensa, que encuentra sus puntos fuertes en los sentimientos antialemanes y antisemitas presentes, en aquel período, en el interior de la opinión pública francesa.

El proceso se desarrolla a puertas cerradas entre el 19 y el 22 de diciembre de 1894, y termina con la condena del oficial a la degradación y a la deportación perpetua.

La condena es decidida por unanimidad por los jueces militares, también sobre la base de un dossier secreto, o sea, de una serie de documentos que no eran de conocimiento ni de Dreyfus ni de su defensa. La existencia de este dossier secreto se conocerá solo al momento del estallido del verdadero affaire y será uno de los elementos fundamentales sobre los cuales se basará la defensa de Dreyfus para pedir la revisión del proceso de 1894.

En 1896 el coronel Picquart, nuevo responsable de la Oficina de informaciones, una vez en posesión de otros documentos, lanza de nuevo el affaire demostrando que el verdadero espía es otro oficial, de origen húngara, el mayor Esterhazy. Pero este es absuelto mientras que Picquart es juzgado y condenado.

Los amigos de Dreyfus no se amilanan y el periodista Bernard Lazare conduce una campaña para la revisión del proceso.

Pero es solo en enero de 1898, cuando Émile Zola publica su famoso J’accuse, que estalla en todas sus dimensiones el affaire Dreyfus, affaire que divide profundamente a Francia en dos campos y que terminará solo en 1906, después de un conjunto de vicisitudes prósperas y adversas, con la rehabilitación definitiva del capitán Dreyfus, reintegrado en el ejército a título pleno.

La conclusión del affaire no aplaca definitivamente los ánimos, y el affaire Dreyfus se queda como una herida abierta en la historia francesa, con consecuencias que llegan todavía a nuestros días.

Uno de los efectos inmediatos fue la brusca aceleración del proceso de laicización. La batalla contra las congregaciones y las escuelas religiosas, por parte de los sucesivos Gobiernos, fue severa y desembocó en las leyes de separación entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia Católica pagaba así duramente su importante apoyo a la derecha reaccionaria, nacionalista y antisemita.

La función de la prensa y de los intelectuales

El affaire Dreyfus marca la irrupción masiva de la prensa y de los intelectuales en la escena de la política. El impacto del J’accuse de Zola, las tiradas y la difusión de periódicos y revistas ilustradas, el multiplicarse de los llamamientos en favor y en contra del capitán judío son algunos indicios de esto; sin la prensa y sin algunas figuras prestigiosas de hombres de cultura comprometidos en un campo y en el otro, no habría existido ningún affaire. Prensa e intelectuales ya no se dirigen a un “pueblo” indistinto, sino a aquella opinión pública que comienza a manifestarse asumiendo una función no marginal en la escena de la vida política del país. Los llamamientos de los literatos, las grandes firmas, los títulos explosivos se proponen golpear y orientar a vastos estratos de población; la difusión de las ligas, con la disponibilidad a participar activamente en el choque político en uno u otro campo, representa la repercusión inmediata de la función de movilización de las conciencias realizada por la prensa y los intelectuales. Con el affaire Dreyfus, con la función de estos nuevos sujetos del actuar político, con el peso asumido por la opinión pública, nace la política moderna.

Y es en el curso del affaire en que el término intelectuales adquiere aquella caracterización y aquel significado que reviste hasta hoy.

El núcleo de la cuestión de los intelectuales y del affaire Dreyfus fue expuesto magistralmente por Charles Péguy en el ensayo Notre Jeunesse, en el que lee de nuevo años después, y de manera crítica, toda la experiencia.

Para Péguy, el affaire Dreyfus, en su nacer, fue una cuestión mística, el misticismo dreyfusista[6].

La degeneración ocurre con el paso y la utilización de la mística en la política.

En esto, Péguy escribe páginas proféticas que conservan hoy toda su validez, y que ponen en guardia a los movimientos que surgen en nombre de la justicia y la verdad en oposición a las dictaduras, las corrupciones y las mentiras, institucionalizadas y defendidas como razón de Estado.

Movimientos que degeneran en lo contrario de sus orígenes y luego siguen proclamando hipócritamente la defensa de la justicia y la verdad.

Estas palabras de Péguy son la invitación a cada movimiento a releer la propia historia, en confrontación con los orígenes para corregir la relación con el poder. Relación siempre ambigua y que hay que mantener en la continua dialéctica con la mística generadora, con la inspiración del origen, que no se identifica con ninguna realización.

Péguy escribía:

“Todo comienza con la mística y termina en la política. Todo comienza de la mística, de una mística, y termina en la política. Lo importante, lo interesante no es que una política venza, esta o aquella política, no es saber qué política va a triunfar entre todas las demás. Lo importante, lo interesante, lo esencial es que, en cada orden, en cada sistema la mística no sea devorada por la política a la que ha dado origen. Lo esencial, lo interesante, no es el triunfo de esta o aquella política, sino que en cada sistema la mística, aquella determinada política, no sea devorada por la política que deriva de ella”[7].

Esta relación mística-política tiene que ser reconsiderada en un tiempo como el nuestro, caracterizado, después de la caída del muro de Berlín, por la superación de las ideologías.

Actualidad del affaire Dreyfus

El affaire Dreyfus, incluso en otros continentes, es más actual que nunca. Por un lado, está quien habla de seguridad nacional y supervivencia de la nación. El individuo no existe sino para la nación; la defensa de esta exige, en caso necesario, el sacrificio del individuo.

En esta óptica, es significativo el testimonio del Jefe de Estado Mayor del ejército de aquel entonces, el general de Boisdeffre.

Interrogado en el Tribunal acerca de una falsificación que había sido realizada en sus oficinas, él se rehúsa a responder y apela, sobrepasando las leyes, la justicia y la verdad, a la nación de la cual se siente la encarnación viviente.

“Si la nación no tiene confianza en los jefes de su ejército, en aquellos que tienen la responsabilidad de la defensa nacional –declara solemnemente– ellos están listos a dejar a otros este cargo gravoso. No tienen que hacer otra cosa que hablar. Yo no diré una palabra más”[8].

Es la repetición de après nous le déluge –después de mí, el diluvio– con que las marquesas de Pompadour de todos los tiempos y de todas las latitudes se ponen por encima de cualquier ley, válida solo para el hombre común.

Por otro lado, está la afirmación de que no existe razón de Estado que pueda excusar un atentado contra la persona, ya que los derechos de la persona están por encima del Estado.

Zola fue acusado, más allá de secundarias cuestiones jurídicas, de haberse aislado, por medio de su acto, de su ambiente social y, por eso, de no haberse sentido espontáneamente más de acuerdo con su grupo natural.

Pero, como escribía Durkheim, una “simpatía por todo aquello que es el hombre, una piedad más profunda por todos los dolores, por todas las miserias humanas, una necesidad más ardiente de combatirlos y calmarlos, una sed de justicia más grande”[9] empujarán a los que serán llamados los intelectuales a tomar posición y tener despierta la inquietud por los destinos de los individuos con respecto a la razón de Estado.

En estos años, desde el J’accuse de Zola hasta hoy, los intelectuales han atravesado un tiempo de compromiso sometido a varias metamorfosis.

¿Hay todavía hoy necesidad de los intelectuales?

¿Cuál es su relación con el pueblo? ¿Cuál con la política que, en su sentido más noble, es realización histórica de un ideal contemplado? ¿Cuál es el riesgo de terminar como corporación y cuerpo separado?

Son preguntas que piden respuestas complejas y abren un debate articulado.

Queda, aunque con todas las debidas distinciones y puntualizaciones, lo que decía Julien Benda, un antiguo dreyfusardo, en su clásico La Trahison des clercs[10]: los intelectuales están llamados a ser la mala conciencia del mundo laico y práctico, los garantes y testigos de la primacía moral y del sentimiento de lo universal.

En un tiempo de globalización de todos los mercados y de homologación de las conciencias, se siente, más que nunca, la necesidad de quienes saben rechazar el consentimiento establecido y adquirido, para hacer irrumpir en la historia el llamamiento a valores no reductibles a las lógicas particulares.

Emilio Grasso

 

 

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[1] Cf. G. Dumézil, L’idéologie tripartie des Indo-Européens, Latomus, Bruxelles 1958.

[2] Cf. Aristotele, La Politica, libr. 1, 2, Laterza, Bari 1967, 31-32.

[3] Cf. J. Le Goff, Gli intellettuali nel Medioevo, Mondadori, Milano 1979.

[4] Cf. L. Satta Boschian, Dalla Santa Russia all’URSS (1905-1924). Un destino voluto da tutti, Studium, Roma 1988, 4.

[5] La bibliografía sobre el affaire Dreyfus es ya inmensa. Remitimos a “L’Histoire” n.º 173 (1994) que está enteramente dedicada al caso en cuestión.

[6] Cf. C. Péguy, La nostra giovinezza. A cura di G. Rodano, Editori Riuniti, Roma 1993, 43.

[7] Cf. C. Péguy, La nostra giovinezza…, 17.

[8] M. Winock, Le siècle des intellectuels, Éd. du Seuil, Paris 1997, 33.

[9] M. Winock, Le siècle…, 42.

[10] Cf. J. Benda, La traición de los clérigos, Círculo de Lectores, Barcelona 2000.

 

 

 

12/10/2021