En su Mensaje para la 49.a Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (23 de enero de 2015), el Papa Francisco afirmaba: “No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro”.
No luchar para defender el pasado, sino comprometerse para construir el futuro, requiere el esfuerzo de la
comprensión inteligente de las raíces del fenómeno que se enfrenta.
Uno de los temas teológico-pastorales en el centro de la atención de la Iglesia es, sin duda, el de la familia, que se presenta con muchas problemáticas. Este tema se enfrenta con acentuaciones y sensibilidades diferentes, en los diversos contextos histórico-culturales.
La cuestión es profunda y articulada, de no fácil solución, y no puede ser enfrentada con superficialidad. Sin duda, su exposición requiere una aproximación multidisciplinar y esa gran capacidad de escucha de diferentes experiencias, de las que el Papa Francisco nos da ejemplo cada día.
Recuerdo que la cuestión estaba bien presente ya en la inmediata posguerra, para ponerse luego, con prepotencia, a la atención de la sociedad civil y política, sobre todo en los años 60, con el gran movimiento de la contestación juvenil, y en los años 70, con la puesta en crisis de un modelo único de familia.
Acerca de esto, es significativo releer el texto de la canción “El Aniversario”, escrita por Domenico Modugno junto con la letrista italiana Iaia Fiastri, en el lejano 1973.
Esta canción representa un verdadero himno a las así llamadas parejas de hecho, que viven un “amor nunca fechado en un papel timbrado”, como cuentan los versos de esta conocida canción. Con toda probabilidad, es un texto mucho más actual hoy que en el momento de su estreno.
Traigo, porque me parece altamente significativo, el texto poético de la canción “El Aniversario”[1]:
“Nuestro aniversario no está en el calendario
porque de matrimonio no se habla entre los dos.
Distinto es tu apellido, pero hemos coincidido,
pues es amor el nombre de los dos.
Amor nunca fechado en un papel timbrado
pregunto cada día y tú respondes siempre sí.
Pues nuestro aniversario es todo el calendario,
lleno de fiestas siempre para mí.
A nuestro matrimonio millones de invitados
viajan de testigos todos los enamorados.
No nos juramos nada porque no existe un dueño,
con un contrato no se liga un sueño.
Estoy agradecido de nuestra libertad,
la libertad de amarte sin sentirme obligado.
Mil rosas sin espina, mi sed que no termina,
Mujer, amante, amiga, niña mía.
La libertad de amar sin sentirse obligados...
He encontrado, entre mis apuntes, algunas páginas escritas hace cuarenta años, y que me parecen actuales todavía.
Escribía entonces: hoy, en un mundo en que todo está en crisis, es culturalmente imposible definir al bueno y al malo, el bien y el mal fuera de una intensa confrontación, primero cultural, luego política y civil.
Hoy ya no hay una concepción unívoca, aceptada por todos y que se pueda imponer por ley, de la familia, de la religión, de la moral, del derecho, de la escuela, de la amistad…
Está en acto un vasto y profundo movimiento que lo repone todo en tela de juicio, y quiere someterlo todo a crítica personal todavía. Existe una separación espantosa entre cultura e instituciones, entre vida y codificación de los comportamientos.
Hoy vivimos todos la que puede definirse una “neurosis de identidad”.
Hay que tener los nervios muy firmes, elaborar y someter a crítica nuevos modelos de comportamiento, pensar de nuevo y reinventar lo que parecía ser lo absoluto.
En su ensayo La muerte de la familia, escrito en 1971, David Cooper[2] va más allá de la consideración del ente familiar como casta productora de los estados esquizofrénicos, y desarrolla una crítica fundamental de esta institución, que considera completamente fracasada. La familia, como núcleo primario de la sociedad, presenta
las características de la escuela, de los grandes talleres, del ejército, de la universidad y de la Iglesia, estructuras sociales –según Cooper– igualmente alienantes. Así el autor supera los problemas de la enfermedad mental, para remontarse a una crítica completa de la sociedad actual. Desde varias partes, además, ya se habla de una “nueva calidad de la vida”, de una “vida nueva”, de un “hombre nuevo”.
Todo está desmitificado, todo sometido a verificación.
También en el ámbito religioso, no solo se vuelve a expresar los contenidos antiguos volviendo a formularlos en nuevas categorías, sino que, más aún, se crea nuevos contenidos, se abre nuevas dimensiones.
De la ética a la política, de la religión a la filosofía, del lenguaje al derecho, de la economía a la praxis cotidiana, todo está ya en rápida y progresiva mutación. Algunos adoptan un espíritu que no es crítico, sino destructor. Una ventada de lo irracional marcada por un Gran Total Rechazo, que lleva a la completa destrucción de todo, hasta la autodestrucción final.
Y los profetas del nihilismo parecen atravesar una nueva primavera.
Otros, en cambio, se empecinan en la ilusión de hacer revivir, de modos estériles y peligrosos, mentalidades y costumbres que ya están sepultados desde hace tiempo.
Ambas posiciones sobrentienden un denominador común: una ideología de muerte y de rechazo de la vida presente. Los primeros creen que el mundo nuevo nace solo de las cenizas del presente; los segundos, que el nuevo vive solo en el olor del antiguo ya definitivamente muerto.
Rechazar el pasado, rechazar acríticamente todo el patrimonio que las generaciones pasadas entregan a la presente, es tanto suicida como renegar acríticamente todo el presente en bloque, ese presente en el cual el hombre se encuentra sumergido y echado aun antes de que tenga conciencia del mismo, y aislarse del cual, no solo físicamente sino sobre todo culturalmente, es un suicidio.
Entre pasado y futuro
Si es verdad que nosotros estamos en la encrucijada entre pasado y futuro, forjados y marcados por el “antes” y “echados” hacia el “novum”, es también verdad que a nosotros nos pertenece el hodie, el “hic et nunc” (aquí y ahora) que, por un lado, nos permite el proyecto y, por otro, da sentido al pasado.
Por eso:
-
si, por un lado, deben ser mantenidos todos los hilos con el origen, volviendo y retrocediendo críticamente a los orígenes, no aceptando pasiva e irreflexivamente ninguna posición, evitando todo dogmatismo, sometiéndonos a un juicio continuo;
-
por otro lado, siempre debe estar comprometido el esfuerzo intelectual y cultural en la elaboración del “novum”, en la individualización no solo de los “objetivos”, sino sobre todo del “fin”.
-
Frente al discurso del fin último, existen personas que han comprendido que lo “personal” no puede disolverse en lo “político”, que el problema irreprimible que deriva del “yo” personal e intransferible no puede ser evacuado en un “yo” impersonal, anónimo y colectivo.
Y entonces, frente a un mundo tecnificado y despersonalizador, frente a la caída a pique de la forma de
realización histórica de valores tradicionales, frente a la irreprimible exigencia de existir no en una vida inauténtica, con un lenguaje inauténtico caracterizado por el “se dice”, “se hace”, “se piensa”, brota, como insurrección del “yo” personal más profundo, consciente, libre y volitivo, el deseo de vivir sin remitirlo todo tan solo a un hipotético futuro, sino viviendo hoy, dando cuerpo hoy a un ideal en forma histórica y concreta.
Se puede discutir sobre estas formas de realización, y se puede expresar críticas y observaciones. Quien no tiene miedo no se encierra en su concha, no lanza anatemas, no actúa con violencia y amenazas, sino que confronta, repiensa, corrige, refunda.
A mí me parece que la fe del Papa Francisco nos enseña a no tener miedo de ir a las periferias antropológicas del hombre de hoy. Esta fe no es remedar al mundo, no tiene nada que ver con esa “mundanidad espiritual” mencionada de continuo por el Papa Francisco, y de la cual habla el gran teólogo De Lubac, no es proselitismo, fácil y demagógica búsqueda del consentimiento a toda costa.
Es simplemente fe en Dios y en su fuerza redentora y, al mismo tiempo, amor al hombre de hoy y compasión para quien encontremos herido y abandonado en los bordes del camino.
Por cierto, la fe no es seguridad, sino riesgo y aventura. Y, por eso, el Papa Francisco, quien no confía en sí mismo sino solo en Dios, pide también a un pobre hombre como yo que rece por Él.
____________________
[1] Traemos la traducción del texto italiano.
[2] Cf. D. Cooper, La muerte de la familia, Ed. Paidós, Buenos Aires 1971.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
30/01/2022