Me impacta ver cómo hombres, a veces asfixiados por el trabajo y cargados de pesadas responsabilidades, siempre encuentran el tiempo para dar una respuesta. Y sonrío, aunque con tristeza, cada vez que encuentro a personas que se consideran importantes solo porque no se dignan responder.

Los ricos, los poderosos y los intelectuales pueden permitirse, entre ellos, también no responder. Es una forma estúpida para demostrar que se tienen cosas más importantes que cumplir y hacerte comprender que no eres digno de tanto honor.

A cada uno sus pequeños juegos. En el fondo, seguimos siendo niños.

Donde, en cambio, el juego resulta inaceptable es cuando es el pobre, el verdadero pobre, el que escribe.

A veces, es desgarrador ver esa tarjeta postal escrita con caligrafía temblorosa, aquella imagen estandarizada comprada del estanquero, aquellas expresiones rituales usadas por quienes tienen miedo a dirigirse con la espontaneidad del corazón.

Ahí el juego ya no es tolerable y se convierte en crimen.

En el secreto de la vida de cada uno hay también respuestas no dadas.

Esta falta de respuestas puede provocar reacciones incontroladas y también imprevisibles.

Madeleine Delbrêl, que con justa razón es considerada entre las místicas cristianas más interesantes de los últimos tiempos, atravesó, en juventud, un período de áspero y duro anticlericalismo, precisamente por causa de una carta, dirigida a un sacerdote, que nunca fue dignada de una respuesta. Mucho más tarde, volverá a este episodio para recomendar que “se responda siempre”[1].

En un país lejano conocí a una joven, hija de personas pobres, que desde pequeña tuvo que ir a trabajar. Su gran victoria, la más importante de su vida, fue cuando aprendió a escribir a máquina. Luego, tuvo un pequeño encargo de responsabilidad que implicaba, entre otras cosas, tener que redactar informes sobre la situación del lugar donde vivía.

Comenzó a escribir con pasión y honestidad sus detallados informes, escribiéndolos a máquina con entusiasmo. Los informes se amontonaban uno sobre otro (¡me dijo que había escrito ocho kilos de ellos!), pero nunca recibían respuesta.

Al final, para quitársela de encima, le escribieron, de forma oficial, burocrática e incluso con un protocolo, que, si tenía algo que decir sobre las situaciones que vivía, podía tranquilamente... escribir.

Hoy en día, te despedirían con el clásico mensajito en el celular: dos o tres palabras y ya te quitan de encima. Y quien es considerado “el aburridito de turno” se quedará también contento y se presentará la próxima vez para agradecerles, “orgulloso y contento”, por el mensajito recibido.

¡Historias de ordinaria locura!

El tiempo pasa para todos inexorable y cada uno está llamado a hacer sus elecciones.

No se puede vivir toda la vida como un Fulano cualquiera, carente de una propia identidad.

“Responsable” es una persona que no se sustrae al deber de rendir razón de las acciones propias o ajenas.

“Responsabilidad” es la conciencia de tener que “responder” de los efectos de acciones propias o ajenas.

La etimología de estas palabras se encuentra en el verbo latino respondēre - responder.

Fulano, sin colocarse en el tiempo y en el lugar apropiados, responde siempre con palabras que suenan como el lenguaje de los locos, el lenguaje de la nada, el lenguaje de la… Fulano’s University.

Fulano repite siempre la última palabra escuchada, escondiéndose detrás de la última persona que ha hablado. Se pone siempre a la cola del último carro que pasa, naturalmente solo después de ver, en la piel de los demás, hacia dónde conducen los demás carros.

Es una persona peligrosísima, porque solicita siempre la parte peor de nosotros mismos, esa parte cobarde y haragana que nos hace perder lentamente inteligencia, voluntad, libertad, responsabilidad, para transformarnos en una cosa entre tantas cosas.Il messaggio al cellulare ES shutterstock 130454642

Fulano, como Mengano, Zutano y Perengano, es una persona real y simbólica al mismo tiempo. Vive junto con nosotros y en cada uno de nosotros. Es cada uno de nosotros cuando, por pereza o maldad, nos negamos a razonar y nos refugiamos en la fácil actitud de repetir lo que hemos escuchado, escondiéndonos detrás del genérico lenguaje anónimo del “se dice... se piensa... lo dicen y lo hacen todos...”[2], renunciando al don que Dios nos ha hecho que es el de la libertad personal, el saber hablar en persona, asumiendo siempre las propias responsabilidades y no descargándolas sobre los demás (los malos maestros o los malos compañeros…) o sobre estructuras anónimas.

El siglo pasado fue caracterizado por la explosión de ideologías que negaron la posibilidad de la decisión libre personal, de la responsabilidad en persona y, allí donde se llegó frente a elecciones no compartidas que no encajaban con esquemas prefabricados, fueron puestos en marcha los más variados métodos represivos.

Admitir que una persona puede libremente hacer una elección personal es algo inaguantable, y tal persona debe ser reprimida y, en última instancia, internada en una clínica y curada como enferma mental.

La psiquiatría al servicio del poder no es algo que pertenece solo a los regímenes dictatoriales y antiliberales, sino que es también algo que hemos experimentado en nuestra Italia[3].

Quien está llamado a ejercer una autoridad, sirve-escucha-dialoga, no aplasta a quien debería ser servido.

Al fin y al cabo, la reducción a Fulano es muy funcional a los sistemas de poder represivo.

Después de su fuga de la Unión Soviética, Svetlana Allilúieva Stalin, la hija de Stalin, así explicó la reacción furiosa del Kremlin a los periodistas desconcertados:

“No pueden creer que un individuo, una persona, un ser humano, pueda tomar decisiones por sí mismo. Aún no pueden creer que abandoné Rusia por decisión propia, que no fue una conspiración, que no estuvo organizado, que no hubo ayuda. No pueden creerlo. Solo creen en actos dictados por alguna organización –el colectivo, sí– y siempre están muy enojados al ver que aunque han tratado durante 50 años de que la gente de Rusia piense igual, tenga las mismas opiniones… el mismo punto de vista político… Cuando ven que todo el trabajo hecho en 50 años fue en vano y la gente todavía tiene algo propio, se enojan mucho”[4].Il messaggio al cellulare ES Foto CRH

Si no queremos acabar como un Fulano cualquiera o como el clásico aburridito de turno, debemos tener el coraje de la responsabilidad, es decir, el coraje de ser capaces de dar respuestas cada vez que nuestra historia lo requiera. Y, al mismo tiempo, debemos tener el coraje de exigir estas respuestas de quienes estén llamados a darlas.

Con ocasión de la Plenaria de la Congregación para el Clero, el 1° de junio de 2017, el Santo Padre, el Papa Francisco, instó enérgicamente a los Obispos a que respondan inmediatamente a sus sacerdotes cuando estos se dirijan a ellos, y a que no los despidan con el ritual mensajito en el celular, que puede hacer orgulloso y contento solo al aburridito de turno:

“¿Cuántas veces he oído las quejas de los sacerdotes…–exclamó el Papa Francisco–: ‘He llamado al Obispo; no estaba, y la secretaria me dijo que no estaba; pedí una cita; está todo completo por tres meses...’. Y ese cura permanece distante del Obispo. Pero si tú, Obispo, sabes que en la lista de llamadas que te deja tu secretario o tu secretaria está la llamada de un cura y tienes la agenda llena, ese mismo día, por la tarde o al día siguiente –no más tarde– llámalo por teléfono y dile cómo están las cosas, evaluadlas juntos, si es urgente o no es urgente... Pero lo importante es que ese cura sentirá que tiene un padre, un padre cerca. No se puede hacer que un sacerdote crezca y se santifique sin la paternal cercanía del Obispo”.

Esta es una enseñanza para los Obispos, pero también una enseñanza para cada uno de nosotros.

Emilio Grasso

 

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[1] Cf. C. de Boismarmin, Madeleine Delbrêl 1904-1964. Rues des villes chemins de Dieu, Nouvelle cité, Paris 1985, 23.

[2] Heidegger hace la distinción entre lenguaje auténtico, que es un desvelamiento del ser y se expresa en primera persona (yo), y lenguaje anónimo, que es una forma inauténtica que se vuelve solo habladuría inconsistente y se expresa en forma impersonal (se dice, se hace...), cf. M. Heidegger, Essere e tempo, Longanesi & C., Milano 1976, § 35, 213-214.

[3] Solo a modo de ejemplo, cf. C. De Rosa, La mente nera. Un cattivo maestro e i misteri d’Italia: lo strano caso di Aldo Semerari, Sperling & Kupfer Editori, s.l. 2014.

[4] R. Sullivan, La hija de Stalin. La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Allilúieva, Penguin Random House Grupo Editorial, Ciudad de México-Barcelona 2017, 245.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

27/03/2022