Nunca se debe olvidar que José y María eran piadosos israelitas, y observaban las prescripciones de la Ley de Moisés. Por eso, presentan a su hijo primogénito en el Templo, ocasión en la cual se encuentran con el viejo Simeón –hombre del Antiguo Testamento que simboliza la espera del Mesías–, quien les revela el sentido de las profecías contenidas en las Escrituras. Simeón recibe en sus brazos al niño Jesús, centro y cumbre de una larga historia de salvación, cumplimiento de las profecías y de la espera de todo el pueblo de Israel.
Al ver a Jesús, Simeón declara a María que aquel niño será un signo de contradicción, causa de caída o de salvación, para
muchos en Israel. En efecto, Jesús es, al mismo tiempo, posibilidad de subida al cielo o de caída, de salvación o de condena. Jesús no deja indiferente a nadie, porque es la Palabra de Dios hecha carne que penetra en el corazón y descubre todo lo que está presente en él, también los pensamientos más secretos que el hombre no quiere revelar a nadie, ni siquiera a sí mismo.
Cada uno tiene miedo de que se pueda descubrir el secreto escondido en lo más profundo del propio corazón, y que tampoco él quiere conocer. Es típico de nuestro tiempo sentirse a disgusto en el silencio, porque nos deja solos con nosotros mismos, sin aquel estruendo que llena nuestras jornadas.
La aceptación de la Palabra, que revela no solo quién es Dios, sino también quiénes somos nosotros, será motivo de fuerza y causa de salvación. No aceptarla será motivo de condena y causa de ruina. Jesús no nos deja en la condición en la que nos encontró. Encontrar a Jesús quiere decir cambiar, subir o bajar, mejorar o empeorar. Cuando la palabra de Dios entra en nuestra vida, sabemos cómo somos, pero no sabemos cómo seremos en el futuro. Si tengo el deseo de conocerme a mí mismo, debo encontrarme con la palabra de Dios. Nos conocemos uno a otro si la palabra de Dios llega en medio de nosotros, y nos empuja a declarar qué queremos hacer de nuestra vida. Antes del encuentro con la Palabra, todos pueden parecer demasiado buenos, pero es la Palabra la que revela verdaderamente el corazón del hombre, exigiendo un cambio de la vida, empujando a salir de uno mismo para convertirse en una nueva realidad. La palabra del Señor nos llama a una profunda conversión, en cada instante de nuestra vida nos indica el camino y pide una nueva manera de vivir.
María representa precisamente la transformación que ocurre en la vida de quien entra en contacto con la Palabra. En su profecía, Simeón predice que una espada atravesará el corazón de María. Cuál es esta espada, lo explica otro texto de la Sagrada Escritura, cuyos libros tienen que ser leídos como un único conjunto, porque todos tienen a Dios como autor principal.
En la Carta a los Hebreos se afirma:
“En efecto, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu, las articulaciones y los tuétanos, haciendo un discernimiento de los deseos y los pensamientos más íntimos. No hay criatura a la que su luz no pueda penetrar; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de aquél al que rendiremos cuentas” (Heb 4, 12-13).
Por su parte, en el Evangelio leemos que Jesús ordena:
“El que no tenga espada, que venda el manto para comprarse una” (Lc 22, 36).
Hay que comprar una espada, más necesaria que un vestido: sin ella, que nos hace tener la luz del discernimiento dentro de nosotros, no podemos vivir. Cuando esta penetra, hay que abandonar algunas cosas; a veces hay que separarse incluso de ciertas personas y determinados lugares. Por eso, la palabra de Dios produce alegría, pero también sufrimiento, porque siempre es una cruz, sin la cual no se puede llegar a la plenitud del Reino de Dios.
Dejar que esta espada penetre en nosotros significa tomar como modelo a María, que “guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior” (Lc 2, 19). Seguir su ejemplo, al escuchar esa Palabra dura, significa no perder nada de ella, aunque no lo comprendamos todo.
María tampoco lo comprendía todo. ¡Cuántas cosas sobrepasaban la comprensión de esta pobre muchacha! María, sin embargo, no rechazó lo que no había comprendido, pensando que no le habría servido, sino que lo conservó todo. Ella nos enseña que lo que no se comprende hoy será posible comprenderlo mañana; lo que no se comprende mañana se podrá
comprender quizás el año próximo.
Esta actitud de María es la meditación, que, según los Padres de la Iglesia, empieza por el “rumiar” la Palabra, comiéndola y reduciéndola en fragmentos que pueden penetrar en el interior y ser asimilados. La Palabra tiene que ser memorizada, sin ser cambiada. Hay que dejar que penetre y crezca para dar fruto. Por eso, los Padres de la Iglesia declaran que María, antes de concebir en el vientre, concibió en la mente y en el corazón, meditando la Palabra[1].
La Palabra es un alimento amargo, no es una puerta ancha por la cual todos pueden pasar sin hacer el gran esfuerzo de cambiar la propia vida. El discurso evangélico es duro, no es light; es como una roca sobre la cual uno puede construir, pero también estrellarse: es Palabra de salvación o de condena. Por eso, la única verdadera educación, que da vida es la educación en la cruz. La gran responsabilidad que tienen los padres es la formación del carácter de sus hijos, que debe empezar desde pequeños, enseñándoles a asumir un espíritu de lucha frente a la vida y a tener el coraje de enfrentarse a las dificultades. Si no sabemos abrazar nuestra cruz con la fuerza de la Palabra, si siempre tenemos miedo y vergüenza y buscamos el chivo expiatorio, sin asumirnos nuestras responsabilidades, no llegaremos nunca a la plenitud del Reino de Dios.
La palabra de Dios no se comprende nunca totalmente desde el primer instante; si fuera así, significaría que es solo una palabra humana. Lentamente, hasta el último día, siempre habrá algo que falta a nuestra comprensión de la Palabra. Hay un crecimiento suyo dentro de nosotros, en la medida en que la meditamos y la experimentamos poniéndola en práctica.
El Papa Gregorio Magno afirmó que “la Sagrada Escritura crece con el que la lee”[2].
El camino recorrido y la experiencia de vida hacen que las palabras tengan un sentido cada vez más ancho. Una declaración de amor pronunciada después de largos años de vida en común, después de haber sufrido juntos en los momentos de dolor y haber superado muchos obstáculos y muchas desilusiones, es más fuerte, más auténtica, más verdadera que la declaración hecha a los quince años. No es otro beso, no es otra frase, sino el mismo: “Te amo”. La frase es la misma, el beso, el mismo, pero la novedad es que, mientras tanto, la persona ha crecido.
Cuando un niño dice a su madre: “Te quiero”, sus palabras todavía no son totalmente verdaderas. Para ver si la ama verdaderamente, hay que esperar a que se convierta en un hombre. En efecto, demostramos que amamos a nuestros padres sobre todo cuando ellos tienen necesidad de nosotros, no cuando somos nosotros los que necesitamos de ellos. Es fácil declarar que amamos, pero el amor se ve cuando el otro es viejo o está enfermo. Es casi instintivo amar a una mujer joven y bella, pero a menudo, cuando enferma gravemente, el amor termina y se descubren otros amores y otros intereses.
Por el contrario, encontrar a algunos padres que han sacrificado toda su vida por un hijo enfermo sin abandonarlo, sin avergonzarse de él, es como ver a la Eucaristía, porque ellos conservan el cuerpo de Jesús crucificado en su casa. Estos padres son verdaderamente grandes hombres y mujeres.
Un ejemplo admirable lo encontramos en lo que escribe Emmanuel Mounier, filósofo francés, a su esposa sobre su hija gravemente enferma
“¿Qué sentido tendría todo esto, si nuestra muchachita no fuese más que un pedazo de carne hundido no se sabe dónde, un poco de vida accidentada, y no esta blanca hostia que nos sobrepasa a todos, una infinitud de misterio y de amor que nos deslumbraría si lo viéramos cara a cara; si cada golpe más duro no fuera una nueva elevación, que es una nueva cuestión de amor cuando nuestro corazón empieza a estar acostumbrado y adaptado al golpe precedente? Oyes la pobre vocecita suplicante de todos los niños mártires del mundo y el pesar por haber perdido la infancia en el corazón de millones de hombres que nos preguntan como un pobre a la vera del camino: ‘Decidnos, vosotros que tenéis amor y las manos llenas de luz, ¿vosotros queréis dar también esto por nosotros? Si no hacemos más que sufrir –experimentar, aguantar, soportar– no resistiremos y fallaremos a lo que se nos ha pedido. De la mañana a la tarde, no pensemos en este mal como algo que se nos quita, sino como algo que damos para no desmerecer de este pequeño Cristo que está
en medio de nosotros, para no dejarle solo en el trabajo con Cristo. No quisiera que perdiésemos estos días porque olvidáramos tomarlos por lo que son: días llenos de una gracia desconocida”[3].
Es siempre un pecado grave abandonar al otro, pero es horrible abandonarlo cuando necesita ayuda. Es como abandonar a Jesús en la cruz.
María no abandonó a Jesús crucificado. Es solo allá, bajo la cruz, cuando María comprende la profecía de Simeón.
Para san Bernardo, uno de los grandes doctores y Padres de la Iglesia, este es el momento en que el corazón de María es atravesado por la espada. La espada no toca el alma del Señor, que ya estaba en manos del Padre, sino el alma de su Madre[4].
El amor entre Jesús y su Madre alcanza el punto más alto en el momento de la muerte. Es un amor que no termina, porque en el momento de la pasión, en la hora de las tinieblas más profundas, cuando todos abandonan a Jesús, María no lo deja solo, sino que persiste firme en la fe, con la única certeza de la confianza en la palabra de Dios.
Confiar en la palabra de Dios significa saber que el cumplimiento de su promesa se realiza solo si perseveramos en la fidelidad. Dios no abandona a nadie, pero el hombre puede abandonar a Dios. María es el máximo ejemplo de un amor grande, fuerte, único, porque ha amado hasta la cruz, que es la purificación y la medida del amor. Venerar a María significa llegar a ser personas de una fidelidad grande e inquebrantable.
Jesús y María pueden cantar juntos: “Nuestro amor es el de la cruz”. La cruz permite que los dos toquen el punto más alto de intimidad y de amor, y realiza la unidad entre la pasión de Jesús y la pasión de María.
Según san Bernardo, el momento culminante de este amor no es cuando la espada atraviesa el alma de María, sino cuando Jesús le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”[5].
En efecto, María, que ha amado abandonándose con pasión y de manera total a la voluntad del Padre, escucha, en el momento culminante de la vida de su Hijo, una Palabra que le indica a un discípulo como maestro, a un pobre hombre como hijo. En aquel momento, parece que María ya no es más la Madre de Dios, sino la madre de un hombre[6].
Esta es una situación que se presenta en la vida de cada cristiano. La mayoría de las veces, no tenemos grandes dificultades de relacionarnos con Jesús. El problema surge en relación con la Iglesia. En efecto, si no amamos a la Iglesia y no escuchamos su voz, no podemos amar a Jesús y hacer su voluntad, porque amar a Jesús quiere decir amar a la Iglesia, su Esposa.
María experimentó esta realidad, y así comprendió verdaderamente qué es la muerte. En el sentido espiritual más alto, la muerte consiste en la contradicción entre el amor a Jesús, por una parte y, por otra, el encuentro con esta pobre Iglesia, llena de tantas dificultades, porque está formada por pobres pecadores, hecha de carne y sangre de nuestra humanidad. Sin embargo, es el amor a la Iglesia histórica, concreta, real, lo que nos permite encontrar a Jesús. Quien no ama a la Iglesia nunca encontrará la voluntad histórica, encarnada de nuestro Señor Jesús. Como decía san Cipriano: “Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por madre”[7].
Como un hijo ama verdaderamente a su madre sobre todo cuando está débil y enferma, cuando se encuentra al final de la
parábola de su vida que tiende a volver a hacerla niña, así nuestro amor por la Iglesia se ve cuando, además de considerarla nuestra madre, empezamos a verla como una hija que necesita nuestra ayuda. La Iglesia está en nuestras manos, como Dios mismo que se hizo niño y se entregó a nosotros, para que pudiéramos amarlo verdaderamente.
Amar a la Iglesia, muchas veces, quiere decir vivir cargándonos con una gran cruz, porque la Iglesia no es el fruto de nuestra fantasía, no es la Iglesia que existe solo en nuestros sueños. Cuando se proyecta la propia vida hacia un futuro soñado, se corre el riesgo de no amar la realidad concreta en la que se vive. El amor no se dirige hacia un sueño, hay que amar a personas concretas con sus defectos, no a personas que existen solo en nuestra imaginación. Si queremos amar a una Iglesia que no existe, no la amaremos nunca.
Es importante acostumbrarse a traducir el propio sueño en la realidad del hoy. La medida del amor a Dios es la medida del amor a la Iglesia, a los hermanos concretos. Esto, en muchos momentos, puede ser una auténtica espada que atraviesa el corazón, pero es lo que Jesús nos ofrece: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
María, amando a Jesús, no rechazó a Juan: “Desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa” (Jn 19, 27). No es la Madre la que recibe al hijo en su casa, sino que es la Madre la que debe dejarlo todo e ir a casa de este discípulo, sabiendo que solo en la fidelidad a las últimas palabras de Jesús encontrará la plenitud del amor.
Es un cambio radical de vida. Al final, María abandona sus cosas, su casa. También desde esta perspectiva, hay una continuidad entre la presentación de Jesús en el Templo y la cruz. María cumple el mismo movimiento del ir al Templo. En aquel momento, salió de su casa; ahora la abandona. De esta manera, ella nos ofrece un modelo para buscar la solución de nuestros problemas: salir de nuestra casa, de nuestra pequeña vida e ir allá donde se reúne el pueblo de Dios, en su Templo: en medio del pueblo de Dios, no fuera de él, recibimos la Palabra que da sentido a nuestra vida.
Por eso, la presentación de Jesús en el Templo tiene también una dimensión misionera. El amor se hace presente, se da a conocer, no se esconde, es para todos. Indicar a Jesús como luz que se revela a las naciones (cf. Lc 2, 32), significa no tener miedo ni vergüenza, exactamente como María, que salió de su casa y presentó a Jesús diciendo: “Este es mi hijo”.
Emilio Grasso, María: Hija, Esposa y Madre de la Palabra,
Centro de Estudio Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 17),
San Lorenzo (Paraguay) 2014, 33-41.
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[1] Cf. Agustín, Discurso 196, 1; Discurso 215, 4.
[2] “Divina eloquia cum legente crescunt”, Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel I, 7, 8.
[3] Cit. en C. Díaz, Emmanuel Mounier (Un testimonio luminoso), Ed. Palabra, Madrid 2000, 157-158.
[4] Cf. Bernardo, Discurso en el domingo entre la octava de la Asunción de la B. V. María, 14.
[5] Cf. Bernardo, Discurso en el domingo entre la octava de la Asunción de la B. V. María, 15.
[6] Sobre este punto soy particularmente deudor de la lectura de H.U. von Balthasar, Cordula ovverosia il caso serio, Queriniana, Brescia 1968 (en particular las págs. 37-46).
[7] Ciprianus, De unitate Ecclesiae, 6.
30/09/2023
