El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, en su mismo ser lleva la respuesta al interrogante sobre el sentido de la vida, y está llamado a un destino eterno.
A esta verdad profunda se remonta el magisterio de san Juan Pablo II. En efecto, recordando la expresión de san
Agustín: “Nos has creado, Señor, para ti y nuestro corazón quedará inquieto hasta que descanse en ti”, el Papa exclamaba:
“Esta es la gran verdad que da sentido a la vida –o al contrario el gran drama si se rechaza–. ¡Cuántos jóvenes buscan desesperadamente la felicidad sin darse cuenta de que lo único que de veras puede saciar el corazón del hombre es Dios! ¡Cuántos esfuerzos inútiles, cuántas desilusiones, cuántos fracasos, por haber puesto la confianza y el centro de la vida fuera de Dios!”.
Y, con fuerza, san Juan Pablo II gritaba a los jóvenes:
“Solo Dios es capaz de saciar la sed de vuestros corazones... ¡Nada es digno de adoración fuera de Dios, nada es absoluto fuera de Él!... ¡No os entreguéis a los ídolos modernos!... Ni la riqueza, ni los placeres, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la fama, ni el prestigio, ni las utopías políticas pueden convertirse en valor supremo”.
Optar por Jesús significa rechazar las idolatrías del mundo, los ídolos que buscan seducir a la juventud.
Según el teólogo chileno Pablo Richard,
“la tarea teológica fundamental no es tanto probar la existencia de Dios, sino discernir al Dios verdadero de los ídolos falsos. El problema no es saber si Dios existe, sino demostrar en cuál Dios creemos. Hoy no es ya más significativo que alguien se declare creyente, debe explicar en cuál Dios él cree. Igualmente, no es significativo que alguien se diga ateo, debe especificar de cuál dios es ateo. La pregunta sobre Dios no es ya tanto si Dios existe, sino: cómo es Dios, dónde está Dios, con quién está Dios o contra quién está Dios, cuál es el proyecto de
Dios, cómo Dios se hace presente y se revela en la historia, por qué Dios es el Dios de los pobres, el Dios de la vida, etc. El problema fundamental no es la existencia de Dios, sino su presencia”.
San Juan Pablo II también afirmaba:
“Solo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; solo en el Evangelio de las bienaventuranzas encontraréis el sentido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre. Solo Él es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de vuestro corazón. Solo Él puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro. Porque Él es el camino, la verdad y la vida. En Él están las respuestas a los interrogantes más profundos y angustiosos de todo hombre y de la historia misma... No busquéis en otros lugares lo que solo Cristo puede dar. Vuestra sed de Dios no puede ser saciada por sucedáneos”.
La palabra nostalgia indica el sentimiento de tristeza, causado por la pena de estar lejos de la patria o de los propios seres queridos; por tanto, es un deseo doloroso, irresistible de poseer una cosa alejada en el tiempo o en el espacio.
El recuerdo de la verdadera patria para la que el hombre fue creado puede fácilmente suscitar en un corazón creyente el deseo, el ansia y la nostalgia del cielo. La Iglesia, en efecto, sabe que vive lejos de su Señor y, por tanto, tiende siempre hacia las cosas de arriba, vive en espera de cielos nuevos y de una tierra nueva e insistentemente anhela estar con Cristo; su pueblo sabe que no tiene una patria permanente en este mundo.
Vivir la vida que Cristo conquistó para nosotros con su muerte y su resurrección, es incorporarse a la gran familia de los salvados por Él; es formar parte del Pueblo de Dios; es ser Iglesia.
De esto proviene la invitación de san Juan Pablo II a los jóvenes a no vivir aislados:
“Sea bien visible vuestra identidad cristiana a través de la presencia, el servicio, la comunión, la colaboración dentro de vuestras comunidades eclesiales, en las parroquias, para que sea también visible la presencia de Cristo en medio de los jóvenes”.
El sueño que hay que transformar en maravillosa realidad es verdaderamente grande y difícil. Pero es el único sueño que vale la pena vivir a lo largo de toda la vida, porque hace de verdad felices el identificarse con Cristo para aprender a ser Cristo mismo.
El encuentro personal con Cristo no puede realizarse en la escucha cansada de palabras y discursos vacíos de contenido, que no encuentran ninguna realización. El mundo necesita un testimonio de vida.
El sueño se transforma en maravillosa realidad cuando el hombre encuentra a Cristo y se identifica con Él. Porque “Él es la esperanza de los pueblos, porque su doctrina es la única capaz de transformar los corazones y las estructuras”.
26/10/2024
