Con ocasión de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, miles y miles de paraguayos realizan cada año su peregrinación hacia el Santuario de Caacupé, para rendir homenaje a la Virgen María.
También este año, el 8 de diciembre, se registró un flujo impresionante de personas que se dirigieron al Santuario de Caacupé. A pesar de la secularización que lentamente está llegando también a Paraguay, esta peregrinación parece no verse afectada por dicho fenómeno, hasta el punto de que la festividad de la Virgen de los Milagros de Caacupé fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial del Paraguay por la Secretaría Nacional de Cultura.
Llama la atención, sin embargo, que, en los periódicos del Paraguay, entre los numerosos artículos sobre este gran acontecimiento que moviliza a todo el país, se haya informado también que la Policía Nacional lamentó la falta de conciencia de muchos peregrinos que dejaron gran parte del tramo atestado de basura y reconoció que la festividad pudo haber sido aún más exitosa si los peregrinantes no hubieran dejado sus desechos esparcidos a lo largo del camino[1].
El Padre Emilio, en diciembre de 2007, hace ya casi veinte años, escribió un artículo que queremos presentar nuevamente, en el cual subrayaba que, si queremos celebrar a la Virgen Inmaculada, hay que respetar la Madre Tierra, lo cual significa respetar a María, Tierra de Dios.
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En los días que preceden a la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, miles y miles de paraguayos van al Santuario de Caacupé para rendir su homenaje a la Virgen María.
No cabe duda de que nos encontramos en presencia de la máxima expresión de la religiosidad popular en el Paraguay.
Justamente el Documento de Santo Domingo afirmaba:
“Se debería poner una especial atención a la valorización de la piedad popular, que encuentra su expresión especialmente en la devoción a la Santísima Virgen, las peregrinaciones a los santuarios y en las fiestas religiosas iluminadas por la Palabra de Dios. Si los pastores no nos empeñamos a fondo en acompañar las expresiones de nuestra religiosidad popular purificándolas y abriéndolas a nuevas situaciones, el secularismo se impondrá más fuertemente en nuestro pueblo latinoamericano y será más difícil la inculturación del Evangelio” (n.º 53).
Hago algunas sencillas observaciones, para dar un aporte a la celebración de este acontecimiento en los próximos años:
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Sería bueno tomar cada año un solo punto que se evidencia en la predicación, lanza un mensaje concreto y llama a un compromiso posible. Seguir haciendo la exposición de los grandes problemas del país deja un sentido de frustración. Se escucha, se aplaude, se consiente pero, terminada la fiesta, todo sigue de la misma manera como antes.
Cada uno se pregunta: si se habla de los grandes problemas del país, ¿qué puedo hacer yo?
En una mentalidad fatalista acostumbrada a recibirlo todo de lo alto, ¿quién soy yo para poder dar una respuesta a estos problemas?
Estos son problemas del cacique, del caudillo, del líder, no míos. Son ellos los que deberían escuchar y poner en práctica lo que oyen. Los jefes hablan a los jefes y si los jefes no escuchan, un jefe se viste de otra manera para solucionar el problema ya puesto. Y permanece el hecho de que el pueblo no cuenta nada.
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Purificar la religiosidad popular y abrirla a nuevos sentidos, en un auténtico proceso de inculturación, quiere decir tener presente el hecho de que la cultura del mundo campesino tradicional (masivamente presente en Caacupé) suele establecer una relación entre la Madre y la Tierra.
Hoy en día, el nombre más común dado a las imágenes de la Virgen María, a nivel popular, es “mamita”. La asimilación de la Virgen María al símbolo de la tierra no es extraña a la teología católica. Los Padres, como san Ireneo y Tertuliano, han comparado a la Virgen María, que engendra a Cristo, con la tierra virgen no trabajada por el hombre todavía, de donde el Creador plasmó a Adán.
También dos de los más destacados teólogos del siglo XX hablan de la relación entre María y la Tierra.
Escriben Ratzinger y Von Balthasar:
“Si se dice que la Palabra, o la semilla, da fruto, esto significa que no cae a la tierra como una pelota que rebota de nuevo, sino que se hunde realmente en la tierra, que asume y transforma en sí las fuerzas de la tierra, y que así actúa de forma realmente nueva, llevando ahora en sí misma la tierra y haciéndola fructificar. El misterio de María significa precisamente esto, que la Palabra de Dios no quedó
sola, sino que asumió en sí lo otro – la tierra –, se hizo hombre en la tierra de la madre, y así, fundido con la tierra de toda la Humanidad, pudo regresar de un modo nuevo a Dios”[2]. -
Esta relación entre la Virgen Inmaculada y la Tierra presenta una pista de reflexión que podría sugerir una precisa indicación pastoral-práctica.
En la vida cristiana, no existen separaciones u oposiciones. Como Dios no se separa del Hombre y en las entrañas de María Dios y el Hombre se unen en la misma Persona divina, siendo distintos pero no separados, así no podemos separar el Cielo de la Tierra, la fe de las obras, la celebración de la vida, el Templo de la Ciudad. A mayor razón, no podemos separar la interioridad de la exterioridad.
Según el pensamiento de la Iglesia, “María es modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos”.
Por gracia de Dios, estamos llamados a ser como Ella.
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Celebrar la Virgen Inmaculada, sobre todo en un contexto de cultura campesina, quiere decir purificar nuestra interioridad, nuestro corazón; sin separarla de nuestra exterioridad, de nuestro cuerpo.
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De todo esto nace una indicación pastoral que, considerando los aspectos sociales del dogma, abraza a toda la humanidad y se interesa por ella.
Explicando las motivaciones teológicas, se trata de proclamar el respeto de la Madre Tierra que, para nosotros, es respeto a María, Tierra de Dios.
Concretamente, esto quiere decir no transformar el camino desde el peaje de Ypacaraí hasta Caacupé en el vertedero del Paraguay.
En días en que la temperatura llega a los 40 grados, toda esta basura, unida a materia fecal y líquidos orgánicos, produce focos de infección y criaderos de dengue.
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Sin entrar en campos que no nos pertenecen, a los tantos políticos que se aprovechan del peregrinaje del pueblo a Caacupé para intensificar su propaganda electoral, se les podría aconsejar pegar su nombre y número de lista, con su foto, a los basureros y váteres. De esta manera, todos comprenderían que de verdad ellos ofrecen un servicio a la ciudadanía, y que cuando hablan de servir al pueblo lo hacen de la manera más humilde y creíble posible. En efecto, más allá de los grandes discursos, el problema del váter y de a dónde tirar la basura es una cuestión que tenemos todos y cuya correcta solución, con consecuencias para la vida del hombre, hace la diferencia entre el hombre y el animal, la
ciudad y la chacra. -
El Documento de Aparecida ha tratado ampliamente de la cuestión ecológica.
Bien motivada y con un claro soporte teológico, esta cuestión puede constituir un concreto programa pedagógico-pastoral, en la formación del carácter, en la ascesis de los comportamientos, en la indicación de objetivos al alcance de todos y no solo de quienes administran el poder.
Han escrito los Obispos latinoamericanos, en el Documento de Aparecida:
“También la creación es manifestación del amor providente de Dios; nos ha sido entregada para que la cuidemos y la transformemos en fuente de vida digna para todos. Aunque hoy se ha generalizado una mayor valoración de la naturaleza, percibimos claramente de cuántas maneras el hombre amenaza y aun destruye su hábitat. ‘Nuestra hermana la madre tierra’ es nuestra casa común y el lugar de la alianza de Dios con los seres humanos y con toda la creación. Desatender las mutuas relaciones y el equilibrio que Dios mismo estableció entre las realidades creadas, es una ofensa al Creador, un atentado contra la biodiversidad y, en definitiva, contra la vida. El discípulo misionero, a quien Dios le encargó la creación, debe contemplarla, cuidarla y utilizarla, respetando siempre el orden que le dio el Creador. La mejor forma de respetar la naturaleza es promover una ecología humana abierta a la trascendencia que, respetando la persona y la familia, los ambientes y las ciudades, sigue la indicación paulina de recapitular todas las cosas en Cristo y de alabar con Él al Padre (cf. 1 Co 3, 21-23). El Señor ha entregado el mundo para todos, para los de las generaciones presentes y futuras. El destino universal de los bienes exige la solidaridad con la generación presente y las futuras. Ya que los recursos son cada vez más limitados, su uso debe estar regulado según un principio de justicia distributiva respetando el desarrollo sostenible” (n.os 125-126).
Además, la cuestión ecológica, bíblica y teológicamente fundada, libera a los jóvenes de una religiosidad intimista-asocial-enajenadora, y muchas veces más típica de las sectas que de la formación católica, y por eso universal, que respira el aire del cielo y de la tierra, de la celebración y del compromiso, de los que pertenecen a mi comunidad o familia, pero también de todos los que viven en nuestro mundo.
Es solo una indicación entre tantas, que puede abrir la máxima expresión de la religiosidad popular del Paraguay a una liturgia cósmica.
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[1] Cf. Peregrinos demostraron un año más su fe mariana, pero olvidaron tirar las basuras, en “Hoy” (8 de diciembre de 2025); cf. Más de 30 toneladas de basura quedaron en Caacupé tras la mayor festividad del país, en “ABC Color” (8 de diciembre de 2025).
[2] J. Ratzinger - H.U. von Balthasar, María, Iglesia naciente, Ediciones Encuentro, Madrid 2006, 10.
11/12/2025