La Navidad es fiesta de fe

 

El centro del anuncio de la Navidad se encuentra en las palabras del Evangelio de san Juan: “Y el Verbo se hizo carne, puso su tienda entre nosotros” (Jn 1, 14).

El cristianismo, por lo tanto, une en un mismo acto la Palabra y la carne. Radicalizar la Palabra o radicalizar la carne, perdiendo la íntima y profunda unión –que no es confusión o separación o suma de dos elementos– quiere decir quedar fuera del misterio cristiano.

Decir que la Palabra se ha hecho carne es afirmar que no existe hecho sin palabra, pero también que la palabra no queda palabra, siempre palabra, nada más que palabra, sino que se hace visible, tangible y lo que vemos y tocamos no es otra cosa sino la palabra que hemos escuchado.

En esta relación entre anuncio y realización se juega toda la credibilidad del cristianismo.

La Palabra se ha hecho carne no en un relato mítico o simbólico. La Palabra se ha hecho carne en la historia de los hombres, en un determinado lugar y en un determinado tiempo, en medio de la cotidianidad de la vida concreta de los hombres.

Por eso, Lucas nos da el marco histórico del nacimiento de Jesús. Esto ocurrió en los días en que era emperador César Augusto y gobernador de Siria Quirinio, en una ciudad de Judea llamada Belén y en un pesebre, ya que en la posada del lugar no había sitio.

En nuestro tiempo, en nuestra historia, Palabra y carne ya no pueden estar separadas. Decir que el cristianismo es la religión del Libro es cierto, pero incompleto. Reducir el cristianismo a la escucha de la Palabra es parcial, porque esta Palabra se ha hecho carne, esta Palabra ha habitado en medio de nosotros.

El misterio de la Navidad llama al hombre a una transformación, a un nuevo nacimiento. San Agustín, en una de sus homilías sobre la Natividad de Dios, afirma que “quiso nacer en condición humana para que nosotros naciéramos en Él”[1].

El misterio de la Navidad, por tanto, no acaba en la encarnación del Verbo. San Atanasio, uno de los grandes defensores del misterio de la Encarnación, afirma que el Verbo “se ha hecho hombre para que nosotros nos convirtiéramos en Dios”[2].

En el misterio de la Navidad hay el anuncio de una nueva alianza: Dios dona su divinidad al hombre, que, por su parte, le dona su humanidad. Esta alianza es ofrecida a todos, ya que “el Hijo de Dios con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). Pero esta alianza se realiza solo con el consentimiento libre y activo del hombre mismo.

Si el primer nacimiento del hombre no pertenece a su libertad, el segundo nacimiento no puede ocurrir sin interpelar la libertad del hombre y sin que esta libertad interaccione activamente.

Uno no es cristiano por una cuestión de raza o de sangre o de cultura, sino por un acto de libre adhesión a una alianza que se le ofrece.

La dictadura de las opiniones comunes

El nuestro es un tiempo en que hay una crisis de la palabra. Demasiadas palabras han sido pronunciadas y demasiadas se siguen pronunciando. En el mercado hay realmente una alta tasa de inflación de las palabras. Son palabras que no tienen ninguna cobertura, ninguna reserva. Su valor es nulo. Palabras sin peso, palabras al viento, palabras recicladas, palabras enfermas, palabras soft, palabras light, palabras débiles, palabras sin sentido. Palabras que siempre deben ser interpretadas, siempre explicadas, siempre desmentidas, siempre sometidas a análisis y contraanálisis. Se dice una palabra e inmediatamente después nace un montón de hipótesis. Comienza esa disputa exegética para comprender los misterios que la rodean y que se denomina dietrología. Las dietrología se ha convertido en la ciencia de quien trata de comprender lo que hay detrás de lo que se dice. Ya asistimos a un proceso esquizofrénico de tijera entre palabra y hecho.

Las palabras suceden a las palabras como simples sonidos (flatus vocis). Ellas parecen golpear la atención por el efecto sonido, ligado a la imagen que las acompaña. La verdad es reemplazada por la sensación más o menos agradable que sonido e imagen dan.

Parece que ya no existen más verdades, sino solo sensaciones. Y, por consiguiente, solo opiniones ligadas a estas sensaciones. Si en la antigua filosofía las opiniones (en griego opinión se dice dóxa) eran acogidas con método empírico, hoy éstas son captadas con métodos matemáticos.

En esta perspectiva la dóxa[3] constituye el punto de referencia de cada acción. Todo acontece a través de sondeos. Es el sondeo el que determina cómo tenemos que movernos, qué tenemos que creer, por quiénes debemos votar. El sondeo, atado a una imagen-sonido, constituye la fórmula a la que es necesario atenerse para lograr éxito.

El mundo de hoy está fascinado por el éxito. Lo que vale es el éxito y todo se desarrolla en función de él. A quien tiene éxito todo le está permitido. Quien pierde, lo pierde todo. La misma persona que estaba alabada viene despiadadamente destruida cuando pierde la audience (popularidad). La neurosis de querer ser siempre los primeros destruye la calidad de la vida. El tener predomina sobre el ser y mata.

Pero la Iglesia nos dice que también en este tiempo nace Jesucristo. En la noche de Navidad la liturgia nos anuncia: “Hoy ha nacido Cristo”[4].

¿Jesús, quizás, para hacerse aceptar, tenga que renunciar a ser Palabra de Dios viva, eficaz y más penetrante que toda espada de doble filo? ¿Palabra que penetra hasta el punto de división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de los tuétanos, y que escudriña los deseos y los pensamientos más íntimos? (cf. Heb 4, 12).

¿Quizás, para ser acogida, tenga que nacer en las villas del poder en vez de nacer en un pesebre?

¿O, quizás, antes tenga que esperar los resultados del último sondeo para saber si es éste el tiempo favorable?

La Palabra se hace carne hoy. Hoy estamos llamados a un nuevo nacimiento. La fe es ésta. Y Navidad es fiesta de fe. El respeto de la libertad de todos no significa tergiversación de las palabras. El primer acto de auténtico amor no consiste en dar las cosas, sino en poner a cada uno en condición de hacerse consciente y libre de elegir.

Salimos de la masa y nos transformamos en personas cuando la Palabra se dirige a nosotros, llamándonos por nombre. Frente a esta Palabra que nos interpela, en forma personal, podemos decir nuestro sí o nuestro no. De esta manera, salimos del anonimato, de la indeterminación.

La existencia anónima, la existencia sin rostro, sin nombre, sin relación, sin saber para quién se vive y se muere es aquella en que, como afirmó Kierkegaard, “cada comunicación de la verdad se ha vuelto una abstracción... Nadie tiene el coraje de decir: ‘Yo’”[5].

La mixtura de sondeo-imagen-sonido nos deja, en los momentos cruciales de nuestra vida, completamente en el vacío; porque más allá de esta mixtura no hay nada.

En la novela de Ivan Turgenev Padres e hijos, donde por primera vez es usado el término nihilista para indicar una corriente política revolucionaria, el protagonista, llamado Bazarov, no admite ningún principio, sino solo sensaciones. No es de ningún interés el hombre individual, sino solo el género humanidad[6].

Un sí que es realmente sí

El misterio de la Navidad es, ante todo, el encuentro del Yo de Dios con el yo del hombre. Sin la libertad de Dios no existiría este encuentro. Pero tampoco existiría sin la libertad del hombre. El yo de María, pronunciando su sí, ha permitido la encarnación del Hijo y les ha ofrecido a todos los hombres la posibilidad histórica de decir su sí.

Pero, como para María el encuentro ha ocurrido en la Palabra, así también para nosotros el encuentro no podrá ocurrir sino en la Palabra.

Y, como para María, también para nosotros el sí será realmente sí, si permitimos que la Palabra se convierta en nosotros en carne y sangre, nuestra carne y nuestra sangre.

Ahora bien, si la opinión se conoce por medio de los sondeos, la verdad, por el contrario, se comunica solo en la asunción concreta, carne y sangre, de una responsabilidad personal. Para usar las categorías de Kierkegaard, es del propio yo, del hablar en primera persona, de donde cada discurso debe empezar.

Sin palabra toda carne es ambigua, toda carne espera conocer su sentido, el sentido de su vivir. Pero, sin la carne toda palabra queda indeterminada, queda anuncio, queda promesa.

En cambio, donde palabra y carne se comunican entre sí, distintas, pero no separadas, unidas, pero no confundidas, entonces tenemos el hecho sobre el cual construimos o tropezamos.

Navidad... Misterio de pobreza, misterio de fe, misterio de escucha, misterio de silencio... Una pobre joven de Galilea, un hombre justo, un pesebre, un niño envuelto en pañales, un mensaje: “Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor” (Lc 2, 11).

Todo aquí ¿Es poco? ¿Es una fábula bonita? ¿Es un cuento de otros tiempos? ¿Es un mito entre muchos? ¿Es un inconsciente objetivado?

Cada uno conserva la libertad de su respuesta personal.

Yo escucho y contemplo esta historia. Y más la escucho y más la contemplo, cada vez más también yo entro en esta historia, en toda esta historia. Para hacerla transformar en mi carne y mi sangre. Porque ésta es la verdad que salva.

Emilio Grasso

 

 

__________________

[1] Agustín, Sermo 371, cap. II, 2, Patrologia latina 39, 1660.

[2] Atanasio, De Incarnatione Verbi 54, Patrologia graeca 25, 192.

[3] Recordamos, por ejemplo, que en Italia la Dóxa es el Instituto de investigaciones estadísticas y análisis de la opinión pública.

[4] Cf. León Magno, Sermo 21, In Nativitate Domini nostri Jesu Christi I, cap. I, Patrologia latina 54, 190.

[5] S. Kierkegaard, Diario 1849-1850. A cura di C. Fabro, Morcelliana, Brescia 1981, 69.

[6] Cf. I.S. Turgenev, Padri e figli. A cura di E. Lo Gatto, Mursia, Milano 1967, 105.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

24/12/2025