Continuamente asistimos a la multiplicación de balances y perspectivas. Tanto unos como otras se mueven entre la memoria y el futuro.

Es la memoria de un acontecimiento inicial la que nos llama a hacer el balance de nuestra coherencia con aquel hecho que, en su semilla, contenía un proyecto a realizar.

Hoy es muy difícil hacer balances e indicar perspectivas. Faltan precisos lugares históricos y metafísicos de referencia, y se ha absolutizado el principio de libertad, ligado al mudar del sentir y separado de la referencia a verdades objetivas.

El vaciamiento progresivo de una memoria y de una escatología, que marcan los ritmos de la vida, conduce a un nihilismo del pensamiento y del actuar.

El nihilismo, que es, al mismo tiempo, el rechazo de todo fundamento y el vaciamiento de toda verdad objetiva, es la negación de la humanidad de la persona y de su misma identidad. Una vez que se haya sacado la verdad al hombre, es una mera ilusión pretender hacerlo libre.

Es inútil e ilusorio hacer balances y plantear perspectivas, si se excluye el nexo imprescindible entre verdad y libertad, entre memoria-escatología y realizaciones, entre fin a alcanzar y sacrificios para la consecución del resultado.

En el reino de la hipocresía y de la mentira

Lo preside todo una regla fundamental, que es la de no hacer trampas, no cambiar los términos de la cuestión cuando no salimos victoriosos de un desafío.

La verdadera derrota del hombre no consiste en no alcanzar un fin, en hallarse en deuda con la memoria y siempre angustiados y atrasados con respecto a los ideales históricos concretos que se habían establecido.

La verdadera derrota del hombre, su disolución, está en entrar en el reino de la hipocresía y de la mentira.

El mal es la progresiva y continua sustitución de la lealtad por la astucia. Aquella astucia que hacía decir al zorro de Esopo, cuando vio que no lograba alcanzar las uvas codiciadas: “¡Oh, ni siquiera están maduras! No necesito ninguna uva agria”. 

La Palabra que se hace carne

Para nosotros los cristianos, verdad y libertad están presentes entre los dos polos de la memoria y de la realización última.

Estos dos polos, para nosotros, tienen el nombre de misterio de la Navidad y misterio de la Pascua. Si el misterio de la Navidad es la memoria histórica de la encarnación del Verbo, el misterio de la Pascua es la memoria de la fidelidad de este Verbo encarnado a su origen, testimoniada hasta la cruz, del amor del Padre. Es la memoria del envío a nosotros de este amor y de la llamada a transformarnos, personal y comunitariamente, en el misterio de este amor.

Estos y no otros son los términos de la cuestión, los polos ineludibles entre los cuales deben moverse balances y perspectivas.

Cada balance es siempre una confrontación con esta Cruz, con este Amor tan loco que eligió el Calvario, su fracaso histórico, su derrota final, para no traicionar la verdad de su memoria.

Todos estamos llamados a una confrontación continua con esta Cruz y con esta fidelidad a la memoria de los orígenes, y no solamente a finales de un siglo o de un milenio.

Cristo, luz del mundo, Ayer y Hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega, a quien le pertenecen los tiempos y los siglos –como cantamos en la noche de Pascua–, permanece el término último de todo balance, de toda confrontación.

Es inútil darle vueltas a la cuestión o jugar con interpretaciones y distingos.

También podemos vagar por callejuelas y callejas de todo tipo. Pero siempre permanece presente la gran cuestión, el único asunto serio de la Historia personal y comunitaria.

El juicio a los pies de la Cruz

Es en la confrontación con esta fidelidad al Amor, que en la oscuridad y en las tinieblas no se echa atrás, no reniega y no se reniega, que elige libremente la muerte, pero no traiciona la palabra dada a los amigos, donde podemos hacer con honestidad nuestros balances y llevar adelante nuestros proyectos. Lo demás es todo juego. Sabiduría y poder humano que viven por un día y, luego, están reemplazados por una sabiduría y un poder diferentes, que se adaptan mejor a las modas del tiempo.

Es la Cruz la que nos revela el amor, es la Cruz la que nos abre de par en par las puertas del Reino, donde se realiza la memoria.

La Pascua es el misterio de un sepulcro vacío, de un anuncio gozoso, de un conocimiento y una libertad que se comunican al universo entero.

Es en la Cruz donde nace la misión, y es a los pies de la Cruz donde la misión es auténtica. Allí esta no se hace ilusiones ni sobre sus medios ni sobre sus fines. No se turba ante las vicisitudes y los fracasos humanos, porque descansa en la fuerza de Dios, que sigue esperando con serenidad, entre las olas agitadas, esperanza contra esperanza. Ejerce una acción crítica y nos recuerda que la misión no puede realizarse, si nos sentimos poderosos y seguros de nosotros mismos, sino solo cuando somos débiles y estamos despojados de todo. Nada de lo que hacemos escapa al juicio de la Cruz.

Emilio Grasso

 

 (Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

04/04/2026