A los feligreses de la capilla San Antonio de Padua de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos de la capilla San Antonio de Padua:
Las normas adoptadas por el Gobierno de la República del Paraguay para afrontar el Covid-19 no nos permiten la celebración
pública de nuestro Santo Patrono.
La primera cosa que quiero decir y repetir una vez más, es que, como fieles cristianos y leales ciudadanos de nuestro país, debemos obedecer y respaldar estas medidas preventivas.
Ser indisciplinados, no tomar en serio esta pandemia o, peor todavía, negar la existencia del virus es un pecado grave que atenta contra la vida de nuestros hermanos.
Que las personas estúpidas, malvadas e ignorantes que se comportan de esta manera vayan a contar sus pavadas a los más de 400.000 fallecidos en el mundo y, en particular, a los casi 40.000 fallecidos del vecino Brasil, donde no se quiso tomar enseguida las medidas preventivas.
Por eso, este año, como leales ciudadanos paraguayos y fieles cristianos, celebramos a nuestro Santo Patrono en nuestras casas.
Esto lo hacemos porque queremos, como san Antonio, ser buenos cristianos, y si decimos que amamos a Dios y odiamos a nuestros hermanos, somos mentirosos. Porque, si no amamos a nuestros hermanos, a quienes vemos, no podemos amar a Dios, a quien no vemos (cf. 1 Jn 4, 20).
En la persona de Jesucristo, luz que ilumina nuestro camino, Dios y el hombre se han unido, porque Jesús es, al mismo tiempo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Por eso, el respeto de todas las medidas preventivas constituye un acto de amor a Dios y a nuestro prójimo.
Domingo 7 de junio, el Papa Francisco pronunció, a propósito de esto, palabras de profunda sabiduría. En efecto, hablando en la Plaza de San Pedro del Vaticano, dijo que
“la fase aguda de la epidemia ha pasado, en Italia, aunque la necesidad de seguir con las normas vigentes sea aún necesaria. Por eso, tened cuidado, no cantéis victoria antes de tiempo, no cantéis victoria demasiado pronto. Porque son normas que nos ayudan a evitar que el virus avance. Gracias a Dios estamos saliendo del centro más fuerte, pero siempre siguiendo las prescripciones que nos dan las autoridades. Pero, lamentablemente, en otros países, pienso en algunos, el virus sigue cobrándose muchas víctimas. El pasado viernes, en un país, hubo un muerto cada minuto. Terrible”.
En tal contexto, este año celebramos los ochocientos años de la vocación franciscana de san Antonio de Padua y el Santo
Padre, el Papa Francisco, pone de manifiesto su esperanza de que este aniversario
“suscite en los devotos de san Antonio dispersos por todo el mundo el deseo de experimentar la misma santa inquietud que lo llevó por los caminos del mundo para testimoniar, con la palabra y las obras, el amor de Dios”.
El Papa Francisco tiene la convicción de que el ejemplo del compartir de Antonio
“las dificultades de las familias, los pobres y los desfavorecidos, así como su pasión por la verdad y la justicia, también puede suscitar hoy un generoso compromiso de entrega, bajo el signo de la fraternidad. Y, de hecho, sobre todo entre los jóvenes, para que este santo antiguo, pero tan moderno e ingenioso en sus intuiciones, sea un modelo que seguir para hacer fructífero el camino de cada uno”.
“Debemos repetir con san Antonio: ‘Veo a mi Señor’. Es necesario ver al Señor en el rostro de cada hermano y hermana, ofreciendo a todos el consuelo, la esperanza y la posibilidad de encontrar la Palabra de Dios en la que anclar la propia vida”.
Debería ser esta la vocación de los cristianos de una capilla puesta bajo la protección de san Antonio de Padua.
En la Audiencia general del 10 de febrero de 2010, el Papa Benedicto XVI, hablando de san Antonio de Padua, destacó el fundamento del amor a los pobres, la humanidad de Cristo, el sentido de la dignidad del hombre que encuentran su fundamento en Cristo crucificado.
Para Benedicto XVI,
“en un contexto en que crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. ‘Oh ricos –así los exhorta– haced amigos... a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna’.
San Antonio pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Contempla debuen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.
Por una parte, la Natividad, un punto central del amor de Cristo por la humanidad, pero también la visión del Crucificado le inspira pensamientos de reconocimiento hacia Dios y de estima por la dignidad de la persona humana, para que todos, creyentes y no creyentes, puedan encontrar en el Crucificado y en su imagen un significado que enriquezca la vida.
Contemplando el Crucifijo vemos cuán grande es la dignidad humana y el valor del hombre. En ningún otro punto se puede comprender cuánto vale el hombre, precisamente porque Dios nos hace tan importantes, nos ve así tan importantes, que para él somos dignos de su sufrimiento; así toda la dignidad humana aparece en el espejo del Crucifijo y contemplarlo es siempre fuente del reconocimiento de la dignidad humana”.
A la luz de la enseñanza y de la vida de san Antonio de Padua, pidamos al Señor que los fieles de nuestra capilla no tengan miedo a descubrir el infinito valor de su dignidad y que sepan defender esta dignidad que Dios nos entregó, haciéndonos, en Cristo Jesús, sus hijos y llamándonos al conocimiento de la verdad que nos hace libres.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.
10/06/2020
buen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.