A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Según la tradición de nuestra parroquia, hemos empezado en estos días el novenario al Sagrado Corazón de Jesús.

Tantas veces, juntos, hemos celebrado esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, intentando ir más allá de una celebración devocional, para llegar al sentido bíblico, eclesial y teológico, al significado profundo de lo que es el Sagrado Corazón de Jesús.

"Corazón" es una de las palabras fundamentales de la teología bíblica. Es la sede más honda de la experiencia humana, el lugar en que se asientan los afectos, los sentimientos, las pasiones de cada persona.

La Biblia no conoce un pensamiento puramente racional, desligado del corazón, pues el mismo corazón es el que piensa.

El Concilio Vaticano II, afirmando que “del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia” (Sacrosanctum Concilium, 5), y que “el agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento” (Lumen gentium, 3), declara solemnemente que del Corazón de Jesús, traspasado por una lanza –como invocamos en las letanías del Sagrado Corazón de Jesús–, nació la Iglesia.

Ahora es importante volver a lo que ya hemos dicho.

Si en el pensamiento bíblico el corazón es el que piensa, entonces la Iglesia nace del pensamiento y de la voluntad de Dios y no nace por voluntad de los hombres.

Y en el pensamiento eterno de Dios, todos estamos presentes.

En efecto, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica que

“Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: ‘El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gal 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), es considerado como el principal indicador y símbolo de aquel amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres” (n.º 478).

En la obra maestra de Georges Bernanos, uno de los mayores escritores franceses del siglo pasado, encontramos esta maravillosa página de literatura espiritual, en el diálogo entre un joven cura rural y un viejo sacerdote:

“He reflexionado mucho sobre la vocación –dice el viejo sacerdote–. Todos nos hemos sentido llamados, de acuerdo, pero no de la misma manera. Y para simplificar las cosas comienzo por situarnos a cada uno de nosotros en su verdadero lugar en el Evangelio. ¡Claro que eso nos rejuvenece dos mil años! Pero el tiempo no es nada para Dios y su mirada lo atraviesa. Me digo a mí mismo que mucho antes de nuestro nacimiento, para hablar en lenguaje humano, Nuestro Señor nos encontró en alguna parte, en Belén, en Nazareth, en los campos de Galilea… ¿qué sé yo? Un día entre los días, sus ojos se fijaron en nosotros y, según el lugar, la hora y la coyuntura, nuestra vocación tomó un carácter particular. Claro que no aspiro a dar un carácter teológico a mis palabras. En fin, pienso, imagino, sueño, ¿por qué no?, que si nuestra alma que no ha olvidado, que lo recuerda siempre, pudiese arrastrar a nuestro cuerpo de siglo en siglo, hacerle remontar esa enorme pendiente de dos mil años, le conduciría directamente a ese mismo lugar”.

En Belén, en Nazareth, en los campos de Galilea… no está solo el cura rural de la obra maestra de Georges Bernanos, sino que está cada uno de nosotros, porque todos, un día u otro, hemos sido llamados.

Cada uno de nosotros, pero no de la misma manera, tiene su vocación.

San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia, en una de sus obras escribe:

“En cualquier situación en que nos hallemos, debemos y podemos aspirar a la vida de perfección. En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación”.

En el Sagrado Corazón de Jesús, en su pensamiento divino y humano, todos estamos presentes con nuestra diferente vocación.

El Corazón de Jesús es Rey y centro de todos los corazones, de cuya plenitud todos hemos recibido.

Como decía el Papa Benedicto XVI,

“el costado traspasado del Redentor es la fuente a la que debemos recurrir para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás”.

En este conocimiento y en este amor estamos todos, nadie excluido, y cada uno está con su vocación y conocimiento particular.

En estos días, muchos me han preguntado qué pienso yo del número de personas establecido por el Gobierno acerca de la Misa presencial.

Para mí, la cuestión es sencilla, muy sencilla: si queremos ser respetados, debemos saber respetar.

Yo, por ejemplo, no soy un virólogo ni tampoco un epidemiólogo; no soy un especialista de estadísticas comparadas y tampoco un especialista de ingeniería sanitaria ambiental.

No me compete a mí determinar las condiciones de posibilidad de la frecuencia en una celebración litúrgica.

Gracias a Dios, el tiempo del pa’íma he’i (ya lo ha dicho el sacerdote) ha terminado.

Respetamos a cada uno en su vocación.

 

Queridos amigos:

Vivimos en tiempo de Coronavirus y, en este tiempo, celebramos nuestro novenario al Sagrado Corazón de Jesús, Corazón en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, Corazón que es fuente de toda consolación.

Acojamos con libertad de corazón la invitación, del 17 de mayo de 2020, del Papa Francisco:

“Que cada uno pueda caminar en la vida, incluso en medio de la adversidad y la dificultad, en las alegrías y las penas, permaneciendo en el camino de Jesús. Esto es posible precisamente permaneciendo dócil al Espíritu Santo, de modo que, a través de su presencia activa, no solo consuele, sino que transforme los corazones, abriéndolos a la verdad y al amor”.

Y no olvidemos las últimas palabras que, en la misma homilía, el Papa Francisco añadió en su estilo inconfundible:

“Por favor, sigamos adelante con las normas, las prescripciones que nos dan, para salvaguardar la salud de cada uno y del pueblo”.

La respuesta del Papa Francisco es mi misma respuesta a la pregunta que me han puesto.

Y, como dice el Evangelio: “El que tenga oídos, que escuche” (Mt 13, 9).

A todos Uds. los saludo deseando mucha suerte, cariño y amor.

Y sobre todos Uds. y sobre todo lo más bello que tienen en su corazón descienda y permanezca para siempre la bendición de

Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

20/06/2020