A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
El lunes 29 de junio de 2020, con ocasión de la Solemnidad de los santos Pedro y Pablo, el Papa Francisco pronunció una homilía que, a mi parecer, tiene una importancia fundamental, sobre todo para nosotros en el Paraguay.
Muchas veces, escuchamos homilías en las cuales se repiten siempre los mismos ataques a la clase política del país, ataques
que no sirven para nada, porque, al final –como se diría con la clásica expresión entrada en el lenguaje del análisis político, expresión que va bajo el nombre de gatopardismo–, se pide que “todo cambie para que nada cambie”.
En efecto, se repiten siempre los mismos discursos, se reciben siempre los mismos aplausos y, después, todo sigue como antes.
Nadie, seamos claros, entiende defender a la clase política del país.
Hago solo una pequeña observación: es muy ingenuo, por no decir pueril, demonizar a la clase política como responsable de todos los males que aquejan al país, y oponer a esta clase política un pueblo inexistente, imaginario, un pueblo bueno, honesto, trabajador, no corrupto en nada, que sería víctima inocente de estos políticos corruptos.
Toda la responsabilidad estaría en la cúpula, y todo el sufrimiento inocente en la que podríamos llamar “la sociedad de las víctimas”.
El gran escritor italiano Alessandro Manzoni, tan querido por el Papa Francisco, escribía que “la razón y la culpa no se separan nunca con un corte tan limpio que cada parte tenga solo de la una o de la otra”.
Hecha esta breve premisa, llegamos al texto bíblico comentado por el Papa Francisco.
Se trata del texto sacado de los Hechos de los Apóstoles, donde se habla de la muerte de Santiago y de la persecución de la Iglesia naciente, en el tiempo del rey Herodes.
En esta homilía, el Papa Francisco nos proporciona una gran lección sobre lo que debería ser el testimonio profético de la Iglesia: no discursos vacíos de contenido y tampoco una serie de palabrotas ofensivas contra nuestros gobernantes. No promesas imposibles, declamaciones de programas utópicos, o sea, fuera del mundo real y, por eso, engañadoras y corruptoras de la inteligencia y de la voluntad del pueblo.
Estas son las palabras del Papa Francisco:
La Iglesia, recién nacida, estaba pasando por una fase crítica. La comunidad parecía decapitada, todos temían por su propia vida. Sin embargo, en este trágico momento nadie escapó, nadie pensaba en salir sano y salvo, ninguno abandonó a los demás, sino que todos rezaban juntos. De la oración obtuvieron valentía, de la oración vino una unidad más fuerte que cualquier amenaza.
En esas situaciones dramáticas, nadie se quejaba del mal, de las persecuciones, de Herodes. Nadie insulta a Herodes, mientras que nosotros estamos tan acostumbrados a insultar a los responsables. Es inútil e incluso molesto que los cristianos pierdan el tiempo quejándose del mundo, de la sociedad, de lo que está mal. Las quejas no cambian nada.
San Pablo exhortó a los cristianos a orar por todos y, en primer lugar, por los que gobiernan (cf. 1 Tm 2, 1-3).
Hoy necesitamos la profecía, pero una profecía verdadera: no de discursos vacíos que prometen lo imposible, sino de testimonios de que el Evangelio es posible. No se necesitan manifestaciones milagrosas. A mí me duele mucho –prosigue el Papa Francisco– cuando escucho proclamar: “Queremos una Iglesia profética”. Muy bien. Pero ¿qué haces para que la Iglesia sea profética? Se necesitan vidas que manifiesten el milagro del amor de Dios; no el poder, sino la coherencia; no las palabras, sino la oración; no las declamaciones, sino el servicio. ¿Quieres una Iglesia profética? Comienza con servir, y cállate. No la teoría, sino el testimonio. No necesitamos ser ricos, sino amar a los pobres; no ganar para nuestro beneficio, sino gastarnos por los demás; no necesitamos la aprobación del mundo, el estar bien con todos: esto no es profecía. Sino que necesitamos la alegría del mundo venidero; no aquellos proyectos pastorales que parecerían tener en sí mismos su propia eficiencia, como si fuesen sacramentos; proyectos pastorales eficientes, no, sino que necesitamos pastores que entregan su vida como enamorados de Dios. Esto es profecía. No palabrería. Esta es profecía, la profecía que cambia la historia.
En este punto, hay una continuidad, aunque en la diferencia histórico-cultural, entre el Papa Francisco y el Papa Benedicto XVI.
Para subrayar esta continuidad en la diferencia, cito estas palabras del Papa Benedicto XVI, pronunciadas en la homilía del 6 de octubre de 2006.
Dice el Papa Benedicto XVI:
Esta es nuestra misión: en medio de la locuacidad de nuestro tiempo y de otros tiempos, en medio de la inflación de palabras, hacer presentes las palabras esenciales. Con las palabras hacer presente la Palabra, la Palabra que viene de Dios, la Palabra que es Dios.
La obediencia a la verdad debería hacer casta nuestra alma, guiándonos así a la palabra correcta, a la acción correcta. Dicho de otra manera, hablar para lograr aplausos; hablar para decir lo que los hombres quieren escuchar; hablar para obedecer a la dictadura de las opiniones comunes, se considera como una especie de prostitución de la palabra y del alma. La “castidad” a la que alude el apóstol san Pedro significa no someterse a esas condiciones, no buscar los aplausos, sino la obediencia a la verdad.
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Para que seamos cada vez más libres de toda especie de prostitución de la palabra, debemos transformarnos en el Cuerpo de Cristo.
Y, si no podemos recibir sacramentalmente el Cuerpo de Cristo, no por una persecución dictatorial de los enemigos de la fe cristiana, sino por una pandemia contra la cual debemos luchar todos unidos, sin ridículas e idiotas divisiones y acusaciones de cualquier tipo, podemos siempre recibir la comunión espiritual, pronunciando, con un corazón purificado y libre, estas palabras que nos enseña nuestro Santo Padre el Papa Francisco:
“Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a ti. No permitas que jamás me aparte de ti” (Homilía desde la capilla de la Casa Santa Marta, 16 de mayo de 2020).
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

04/07/2020

