A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
En una de mis primeras Homilías en el tiempo del Coronavirus, recordaba lo que decía el Papa Francisco, en una entrevista:
“La Iglesia defiende la autonomía de las cuestiones humanas. Una sana autonomía es una sana laicidad, donde se respetan las distintas competencias. La Iglesia no va a decirles a los médicos cómo deben realizar una operación. Lo que no es bueno es el laicismo militante, el que toma una posición antitrascendental o exige que lo religioso no salga de la sacristía. La Iglesia da los valores, y ellos que hagan el resto”.
Es a la luz de estas palabras del Papa Francisco a la que deben leer y comprender lo que digo a todos Uds., en estos días en los cuales vivimos en nuestra querida ciudad de Ypacaraí, que todos amamos, momentos de crispación política, de tensión y enfrentamiento que preocupan, porque vivimos en un momento histórico, la pandemia del COVID-19, que pide la unidad de todos los ciudadanos, más allá de las diferencias ideológicas, religiosas, culturales, políticas y de la defensa de diferentes y legítimos intereses.
En una sana democracia, tienen derecho de existencia diferentes pensamientos y diversas formas de agregación partidaria.
La diferencia y el debate fortifican la democracia y contribuyen a la búsqueda del bien común.
La contraposición entre fuerzas opuestas da vigor al proceso democrático y permite a todos los ciudadanos dar su aporte, para encontrar la mejor solución de los problemas que la ciudad –la polis, como se dice en griego, de donde deriva la palabra política– encuentra en situaciones siempre nuevas.
La Iglesia no tiene la solución privilegiada de estos problemas.
Gracias a Dios, he repetido infinitas veces, el tiempo del pa’íma he’i (ya lo ha dicho el sacerdote) ha muerto, aunque haya curas que piensan tener, también en campo político e institucional, solo porque son curas, el depósito de la mejor solución histórica.
Cada uno tiene su vocación y su competencia. La política se hace bajo responsabilidad personal y, en una auténtica democracia, nadie tiene la propiedad exclusiva de la verdad.
A la Iglesia le pertenece –como decía el Papa Francisco– proporcionar los valores, no dar las soluciones, ni tampoco ponerse del lado de un partido o de otro.
Si la Iglesia quiere hablar a todos, nunca debe aliarse a una parte política. Al aliarse a un poder político –como decía el gran filósofo, político e histórico de la democracia en América, Alexis de Tocqueville–, la religión aumenta su poder sobre algunos, pero pierde la esperanza de reinar sobre todos (cf. A. de Tocqueville, La democracia en América).
Por eso, en este momento conflictual para nuestra ciudad, siento el deber de servir humildemente a todos, sin distinción alguna de pertenencia política o de corriente partidaria, con el máximo respeto para todos, recordando tres principios fundamentales que pueden ayudar a instaurar una correcta dialéctica democrática.
1. Una sana democracia rechaza la conocida y discutida definición de la política de Carl Schmitt, según la cual, la esfera de la política coincide con la esfera de la relación amigo-enemigo. De acuerdo con esta definición, el campo de origen y de aplicación de la política sería el antagonismo, y su función consistiría en la actividad de asociar y defender a los amigos y de dividir y combatir a los enemigos. En cuanto el poder político se distingue por el instrumento que utiliza para alcanzar los propios fines, y este instrumento es la fuerza física, este es el poder al cual se recurre para resolver los conflictos que, si no se resolvieran, provocarían la disgregación del Estado y del orden internacional, y son justamente los conflictos en los cuales, ubicándose los contendientes uno frente al otro como enemigos, la vida mía es la muerte tuya (cf. Diccionario de Política. Bajo la dirección de N. Bobbio…, II, 1221-1222).
2. Del segundo principio somos deudores del filósofo francés Montesquieu, quien, en su obra de 1748, El espíritu de las leyes, habla de una tripartición de diferentes poderes: el poder legislativo (hacer las leyes), el poder ejecutivo (aplicar las leyes) y el poder judicial (decidir las contiendas). Son tres poderes que no están unidos en las mismas manos, sino que son tres poderes independientes uno de otro.
En una sana democracia los diferentes poderes ejercen una acción recíproca de colaboración, pero en la absoluta independencia uno de otro.
Por eso, el control y el juicio son sal y sabor de la democracia, a condición de que control y juicio no sean manipulados por nadie.
3. El tercer principio es que la democracia necesita del aporte y de la ayuda de todos los ciudadanos.
La democracia no es el don de ningún príncipe, sino que es la conquista cotidiana de todos los ciudadanos.
La democracia es fatiga, esfuerzo, conquista, sacrificio, estudio, preparación, capacidad de vencer los instintos más bajos.
El contrario de la democracia es la demagogia.
En la historia de las doctrinas políticas, se considera que fue Aristóteles quien definió por primera vez la demagogia, señalándola como la forma corrupta o degenerada de la democracia. Por tanto, cuando la norma está subordinada al arbitrio de muchos, surgen los demagogos que, halagando y adulando a las masas, exasperando sus sentimientos destructivos y desviando su empeño político, consideran como enemigos del pueblo o de la patria a los opositores, consolidando así su propio poder a través de la eliminación de toda oposición. Aristóteles define, por tanto, al demagogo como “adulador del pueblo” (cf. Diccionario de Política. Bajo la dirección de N. Bobbio…, I, 439-441).
Este momento de dificultad y de crispación política, que vive nuestra querida ciudad, nos llama a tomar la responsabilidad de prepararnos para vivir una auténtica democracia, en una sana dialéctica entre personas de ideas y programas diferentes que no se vean como enemigos que hay que destruir y aniquilar.
Responsabilidad que quiere decir humildad: la humildad de saber que es legítimo aspirar a ejercer el poder, pero nunca todo el poder, porque existen diferentes poderes, independientes uno de otro.
Y, sobre todo, no pensar ser la voz del pueblo, sino ayudar al pueblo a tomar su responsabilidad y sacrificarse para prepararse a ser
voz de una palabra de verdad, justicia y amor.
También la Iglesia debe liberarse de la tentación demagógica, siempre al acecho, de pensar que el pa’i, en la visión equivocada del pa’íma he’i, tiene en todos los campos la última, si no la única palabra, solo porque es el pa’i.
He hablado en el exclusivo interés de nuestra querida ciudad que, estoy seguro, todos Uds. también quieren servir para la realización del bien común y para la liberación integral de todos los ciudadanos, sobre todo de los más marginados.
Pueden estar seguros de que todos, nadie excluido, están en mi corazón.
Rezo y espero que, como escuchamos en la primera lectura de la liturgia de este domingo, 12 de julio, la palabra de Dios, como lluvia que desciende del cielo y empapa la tierra, cumplirá en nosotros, en nuestra querida ciudad de Ypacaraí, la misión de unirnos, aunque en la dialéctica de legítimas y saludables diferencias, para realizar la voluntad de Dios, que es voluntad de vida y paz, en la justicia y la verdad, para todos.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

11/07/2020
