A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
La segunda lectura de la liturgia de este domingo, 19 de julio, empieza con estas palabras de la carta de san Pablo a los Romanos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”.
Esta pandemia del Coronavirus ha puesto al descubierto nuestra debilidad. Decía el Papa Francisco, en su homilía del 19 de abril de 2020, que
“esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad”.
Se trata de algo que concierne a toda la humanidad, sin diferencia alguna.
Leemos continuamente en los periódicos que en todo el mundo se quedan contagiadas, y mueren también, personas de todas las condiciones, las clases sociales y los países.
Por eso, como global es la pandemia, global debe ser la respuesta.
Es muy bello lo que dice el Papa Francisco, en una entrevista al periódico italiano “La Stampa”, de Turín:
“No quiero distinguir entre creyentes y no creyentes. Todos somos humanos y, como hombres, todos estamos en la misma barca. Y para un cristiano nada humano debe ser ajeno. Aquí se llora porque se sufre. Todos. Tenemos en común la humanidad y el sufrimiento. Nos ayudan la colaboración recíproca, el sentido de responsabilidad y el espíritu de sacrificio que se genera en tantos lugares. No hay que distinguir entre creyentes y no creyentes, hay que ir a la raíz: la humanidad. Ante Dios todos somos hijos”.
Si el problema concierne a toda la humanidad, sin diferencia alguna, tampoco de creencia religiosa, la respuesta también pertenece a toda la humanidad.
Estas palabras del Papa Francisco traen de vuelta a mi memoria parecidas y celebérrimas palabras de Juan Rulfo, uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.
Escribía Juan Rulfo, en su artículo México y los mexicanos:
“Nos salvamos juntos o nos hundimos separados. Una verdadera comunidad solo podrá construirse basada en el respeto a las diferencias, pero sobre todo basada en la justicia: el fin del hambre, la opresión y el desprecio que las mayorías mexicanas han sufrido durante cuatro siglos”.
Lo que dice Juan Rulfo para México vale para todos los hombres, de cada tiempo y de cada país.
El padre Lorenzo Milani, en su famosa Carta a una maestra, escrita con muchachos de diez-doce años, dio una definición de la política que debería ser la regla fundamental para todos los ciudadanos, porque la política no es el empleo enriquecedor por algunos, sino la esencia de cada hombre.
A propósito de esto, recuerdo que Aristóteles hablaba del hombre como de un “animal político”. Esta afirmación, como tal, es un principio clave en el pensamiento filosófico-político de Aristóteles, pues plantea que el hombre no puede ser concebido fuera de su relación con el Estado, en su condición de ciudadano.
Volviendo al padre Milani, encontramos esta definición extremadamente sencilla de política: “He aprendido que el problema de los demás es igual al mío. Salir de él todos juntos es la política”.
Repito continuamente que no debemos ver esta pandemia del Coronavirus como una maldición de Dios, y, por consecuencia, los positivos al control serían los malditos que debemos echar afuera de la ciudad, sino que esta pandemia debemos verla como un kairós, un tiempo favorable que nos llama a un cambio profundo, personal y político, que quiere decir llegar a ser hombres que realizan su vocación –como diría Aristóteles– de animales políticos, o sea, de constructores de la ciudad donde se vive en la libertad, la paz y la justicia.
La Iglesia no entra en ningún juego partidario. Pero la Iglesia llama a todos a ser protagonistas de la lucha encarnizada contra el enemigo común. Y este enemigo común, para todos, hoy se llama COVID-19.
En su Mensaje Urbi et Orbi de Pascua 2020, el Santo Padre Papa Francisco nos ha indicado el camino.
Él nos ha dicho que
es para muchos un tiempo de preocupación por el futuro que se presenta incierto, por el trabajo que corre el riesgo de perderse y por las demás consecuencias que la crisis actual trae consigo. Animo a quienes tienen responsabilidades políticas a trabajar activamente en favor del bien común de los ciudadanos, proporcionando los medios e instrumentos necesarios para permitir que todos puedan tener una vida digna y favorecer, cuando las circunstancias lo permitan, la reanudación de las habituales actividades cotidianas.
Este no es el tiempo de la indiferencia, porque el mundo entero está sufriendo y tiene que estar unido para afrontar la pandemia.
Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas.
Es muy urgente, sobre todo en las circunstancias actuales, que las rivalidades del pasado no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia y se sostengan mutuamente.
Que no se pierda la ocasión para demostrar, una vez más, la solidaridad, incluso recurriendo a soluciones innovadoras. Es la única alternativa al egoísmo de los intereses particulares y a la tentación de volver al pasado, con el riesgo de poner a dura prueba la convivencia pacífica y el desarrollo de las próximas generaciones.
Este no es tiempo de la división.
“Sabemos –escribe san Pablo– que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom 8, 28).
En el amor a Dios y a nuestros hermanos no “de labios para afuera, sino de v
erdad y con hechos” (1 Jn 3, 18), encontramos la fuerza para enfrentar y vencer nuestro enemigo de hoy: el COVID-19.
Todos unidos, sin divisiones que encuentran sus sentidos no en el bien común, sino en nuestro egoísmo, continuemos nuestro camino hasta la victoria final.
Aprovecho esta oportunidad para enviar un saludo lleno de cariño a todos los fieles de la capilla Santa Librada y de la capilla Divino Niño Jesús, que celebran en estos días su fiesta patronal, y en particular a sus Coordinadores: don Bernardo Villagra Godoy y don Félix Sixto Balbuena.
¡Tengan ánimo, queridos amigos, y sigan siendo fuertes en la prueba!
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

18/07/2020