A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
La primera lectura de la liturgia de este domingo, 26 de julio, nos presenta a Salomón, hijo de David, a quien, en un sueño durante la noche, le apareció el Señor.
El Señor dijo a Salomón: “Pídeme lo que quieras”.
Y Salomón respondió:
“Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que Tú has elegido. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?”.
El texto bíblico prosigue diciendo que
“al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y le dijo: ‘Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, Yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti’”.
A la luz de este relato bíblico, volviendo al tema de la relación entre la política y los políticos, se plantea la pregunta: ¿Cuáles son los políticos que le agradan a Dios?
No cabe duda de que es cierto que no son los que ostentan los signos de la fe o que se sirven de la Iglesia para sus intereses personales.
Muchas veces, tratamos a la clase política como si debería responder de sus actos a los ministros de la Iglesia y no al pueblo que la ha elegido.
A propósito, leo en el periódico “ABC Color” del 7 de diciembre de 2016:
“Cada año peregrinan a Caacupé autoridades nacionales de los tres poderes del Estado, políticos, funcionarios del Gobierno de distintos niveles, quienes realizan todo tipo de promesas ante la Virgen. El 8 de diciembre de 2000 fue muy particular, porque el Obispo celebrante pidió a la feligresía presente levantar la mano, como signo de compromiso de desterrar la plaga de la corrupción de nuestro país.
Todos cumplieron la solicitud del Obispo. A 16 años (y podríamos tranquilamente decir a 20 años) de aquella innovadora iniciativa, no se llevó a la práctica la promesa de desterrar la plaga de la corrupción en las instituciones públicas. Al contrario, se multiplicaron los casos en números y millones de dólares y hasta incluso se ‘modernizaron’ los mecanismos”.
El Paraguay está gobernado por su Carta Constitucional. Es delante del Congreso donde las máximas autoridades del Estado prestan su juramento y no lo prestan delante de la imagen de la Virgen de Caacupé.
No mezclemos a la Santa Madre de Dios en estos juegos de niños, donde todos se sienten obligados a levantar una mano para, después, seguir como antes: cambiar todo para no cambiar nada.
Salomón, dirigiéndose a Dios, se acuerda de que el verdadero servidor de Dios está en medio del pueblo y pide a Dios “un corazón comprensivo, para juzgar al pueblo, para discernir entre el bien y el mal”.
Es fácil denigrar a la clase política. Es fácil que el pueblo aplauda con entusiasmo cualquier discurso que se haga en contra de la clase política, pero, después, tranquilamente la va a votar, olvidándose de todo lo que había dicho.
Es muy diferente, lo repito, la actitud de Salomón.
El Papa Benedicto XVI, en su discurso al Parlamento alemán del 22 de septiembre de 2011, habló de Salomón y de su pedido al Señor para evidenciar los fundamentos de la política y de quien actúa en la política.
“La Biblia –dijo Benedicto XVI– quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. ‘Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?’, dijo en cierta ocasión san Agustín. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma. Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le
concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si a nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz”.
Afirma el Concilio Vaticano II que
“en lo más profundo de su conciencia el hombre descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad” (Gaudium et spes, 16).
En este tiempo del Coronavirus, tiempo que pide el coraje de Salomón para gobernar como servidores y no dueños del pueblo, roguemos al Señor que abra los ojos de nuestro corazón para que una política honesta, en el respeto del derecho y de la justicia, transforme nuestra Ciudad, nuestro País, el mundo entero en el jardín de Dios.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

25/07/2020

concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si a nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz”.