A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Son muchos los que se preguntan sobre el fin de esta pandemia.
No solo se preguntan cuándo terminará, sino, sobre todo, cómo saldremos de esta larga cuarentena que lenta pero
inexorablemente está cambiando nuestras costumbres.
Repito continuamente a todos que no debemos ver este período como una maldición de Dios, sino como un kairós, un tiempo favorable, un tiempo en que Dios nos visita y nos permite hacer tantas cosas que nunca hemos hecho. Y, sobre todo, es un tiempo para profundizar la cuestión del sentido de la vida.
Hoy quiero detenerme sobre la actitud que debemos tener respecto a esta terrible pandemia, nuestro enemigo común.
En esta reflexión que les brindo no tomo como punto de partida la Sagrada Escritura o el Magisterio de la Iglesia.
Al contrario, tomo el pensamiento de uno de los más importantes pensadores del siglo XX, entre los más originales de la tradición filosófica marxista. Hablo de Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia, un hombre que pagó con la cárcel la fidelidad a su conciencia y a sus ideas.
Si hoy hablo de Gramsci es porque debemos acostumbrarnos a saber dialogar con todos, no solo con los que tienen nuestro mismo pensamiento, nuestros mismos intereses, nuestra misma fe religiosa o ideología política, sino que debemos saber ver el bien que vive también entre los que no militan en nuestro mismo campo.
En todos los hombres está presente, como enseña san Justino, una semilla del Verbo Divino, una huella de la presencia de Dios mismo, que debemos saber reconocer y que constituye el punto de partida de un diálogo, en búsqueda de aquella Verdad que es siempre más grande que nosotros, y que nadie posee en su totalidad.
Por eso, con gran respeto y amor para con todos, sin juzgar a nadie, repito una vez más, por el bien de nuestra querida ciudad de Ypacaraí, que, aunque la mansedumbre en el imaginario colectivo se confunde con la pusilanimidad, alcontrario, es la virtud de los fuertes y está ligada a la paciencia y a la escucha.
Una política sin mansedumbre es una política donde falta el diálogo y que conduce al dominio del más fuerte, que aplasta a los demás.
Por eso, hoy les entrego este profundo pensamiento de Gramsci, porque debemos saber reconocer y aceptar la verdad, se encuentre donde se encuentre.
La mayoría de las veces, nosotros caemos en el fácil optimismo desencarnado (todo es siempre tranquilo, espectacular, súper, extraordinario…), en lugar de tener una visión de conjunto, profundamente católica, donde la luz de la gloria no
está separada de la luz de la cruz.
En un plano más propiamente laico, utilizaremos en comparación una expresión, frecuentemente citada, que fue asumida por Gramsci casi como un lema de su vida: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.
“Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad” quiere decir, para Gramsci, pensar en cada circunstancia en las hipótesis peores, para poner en movimiento todas las reservas de voluntad y estar en condiciones de derribar un obstáculo. Por eso, Gramsci puede afirmar que nunca se ha ilusionado y nunca ha tenido desilusiones. Él camina siempre armado de una paciencia ilimitada, no pasiva, inerte, sino animada de perseverancia.
“Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad” quiere decir el intento de conectar de un modo nuevo razón y voluntad, criticismo coherente y capacidad de influir en los procesos reales del mundo. Concentrando la atención en el enlace que conecta pasado y futuro, es decir, en el presente, Gramsci rehúsa, en la teoría como en la práctica, el estilo de soñar despierto y de fantasear, lo cual es un estilo sumamente consolador.
Se necesita, al contrario, centrar toda la atención en el presente, así como es, si se quiere transformarlo. Pero el presente es precisamente también el pasado, así como se ha cristalizado, sea en las relaciones y en las instituciones sociales, sea en las psicologías de los individuos. De ahí la necesidad, para todos los que quieran cambiar el presente,de estudiar el pasado. Este estudio pone de manifiesto las raíces del presente, su complejidad y su resistencia, y, por eso, señala las dificultades de transformarlo.
En cierto modo, la voluntad de cambiar sale del individuo y, por así decirlo, se objetiva y se racionaliza, identificando los procesos históricos que deben ser modificados, para que el presente cambie y cambien los individuos. Es este el momento del “pesimismo de la razón”, lo cual no simplifica, sino que, al contrario, complica la acción mostrando la dimensión del problema que solucionar.
En este marco, el optimismo de la inteligencia resultaría, a menudo, solo una manera para defender la pereza, las propias irresponsabilidades, la voluntad de no hacer nada. Se comprende que esto es también una forma de fatalismo y de mecanicismo. El pesimismo de la inteligencia, por el contrario, responsabiliza.
Pesimismo de la inteligencia quiere decir recordar a nosotros los cristianos que la Iglesia, hasta el fin de su historia en esta tierra, vivirá su comunión con Cristo resucitado bajo el signo de la cruz. Hará presente el misterio de la salvación bajo una apariencia de pobreza, de fracaso, de muerte.
La Iglesia vivirá la gloria de la resurrección si su vida es Cristo, pero lo hará en una condición terrenal de pena y de agonía. La Iglesia, en esta tierra y en este tiempo, no está todavía en su patria. Ella es extranjera en espera de entrar en el reino divino. Aquel día será el fin del mundo presente. Pero ella misma será la tierra prometida: la gloria la investirá desde lo alto, la cubrirá con su manto para hacer de ella la digna esposa del Cordero, lista para las bodas divinas. Acá abajo, ahora, ella vive en la persecución, desterrada, sin defensa, vive su agonía.
La Iglesia hace presente a Jesús, en el mundo de hoy, bajo el velo de la humildad, no de la manifestación de un triunfo. Esta es la pobreza de la Iglesia que, siempre extranjera en este mundo y perseguida, queda en agonía hasta el fin.
“Pesimismo de la inteligencia” y “optimismo de la voluntad”, en el sentido que Gramsci da a estos términos, encuentransu equivalente en la calificación del cristianismo como “optimismo trágico”, del que nos habla el filósofo francés Emmanuel Mounier. El optimismo trágico se funda en la convicción de que la verdad, por su misma naturaleza, es destinada al triunfo, pero a través de las tribulaciones de aquellos que la combaten, no menos que por medio de la lucha empezada por los que la poseen.
Con ocasión de la fiesta de san Cayetano, deseo enviar mi cordial saludo, lleno de cariño y simpatía, a la Coordinadora de la capilla San Cayetano, doña Elvira Gavilán, y a todos los fieles, saludándolos con estas palabras del Papa Francisco:
“A san Cayetano pedimos pan y trabajo. El pan es más fácil conseguirlo, porque siempre hay alguna persona o institución buena que te lo acerca. El pan te soluciona una parte del problema, pero a medias, porque ese pan no es el que ganas con tu trabajo. Una cosa es tener pan para comer en casa y otra es llevarlo a casa como fruto del trabajo. Y esto es lo que confiere dignidad”.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

31/07/2020