A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

Una atenta mirada a la primera lectura de la liturgia del domingo 9 de agosto, nos brinda el sentido de esta liturgia y, al mismo tiempo, nos permite seguir reflexionando sobre nuestro compromiso político para el bien de la ciudad, bien común en el cual, aunque de maneras diferentes y a diversos niveles de responsabilidad, todos estamos llamados a participar, cada uno con los talentos recibidos de Dios que, lejos de cualquier forma de pereza y desinterés, debemos hacer fructificar.

Al profeta Elías se le dirige la palabra de Dios que lo invita a quedarse de pie en la montaña, delante del Señor.

Quedarse de pie es una expresión que se usa en la Biblia para indicar lo que hace un soldado cuando está de guardia.

La montaña indicaba, en la mayoría de las antiguas religiones, el punto en que el cielo toca la tierra.

Pues, de pie en la montaña delante del Señor quiere decir que Elías debe estar pronto a escuchar la voz del Señor.

Sopló un viento huracanado, pero el Señor no estaba en el viento.

Hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto.

Se encendió un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego.

Después, se oyó el rumor de una brisa suave y al oírlo Elías comprendió que allí estaba presente el Señor.

Esta brisa suave nos remite al relato bíblico del pecado original, cuando, después de su pecado, el hombre y su mujer se escondieron al oír la voz del Señor que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa de la tarde.

Si a Dios lo oímos en el rumor de una brisa suave, esto quiere decir que todos debemos bajar los decibeles para escuchar a Quien es la Palabra por excelencia, la Razón creadora y explicadora de toda la realidad existente.

Si, como dice Juan Rulfo, nos salvamos juntos o nos hundimos separados, para crear la unidad entre nosotros debemos aprender a dialogar, a saber escuchar las razones de todos y no imponer, en el ruido y con la fuerza, nuestra voluntad de llegar al poder.

La palabra necesita del silencio, condición fundamental para la escucha.

El contrario del silencio no es la palabra, sino el ruido.

En un libro muy conocido del escritor británico Clive Staples Lewis, Cartas del diablo a su sobrino. (Las cartas de Escrutopo), que es la historia de una tentación fracasada y relatada desde el punto de vista de dos funcionarios de Satanás, encontramos esta descripción del Paraíso: “Las regiones donde solo hay vida y donde, por tanto, todo lo que no es música es silencio”.

Frente a esta armónica composición de música y silencio, Escrutopo, demonio tentador con rango de secretario, opone el Infierno, donde todo es “ruido que solo nos defiende de dudas tontas, de escrúpulos desesperantes y de deseos imposibles”. La contraposición entre música-silencio y ruido es, pues, una contraposición profunda entre Paraíso e Infierno.

Para enfrentar y vencer al enemigo común, que no es nuestro adversario político, sino que hoy es el COVID-19 con sus consecuencias destructivas para la vida de los hombres, para la economía y para la riqueza cultural de un pueblo, debemos trabajar todos unidos, y para hacer esto debemos aprender el arte de la escucha.

El silencio no es el estado del olvido, del vacío, de la nada. No es el mutismo, típico de los animales y de las consecuencias del pecado de los hombres que no quieren comunicarse y relacionarse con los demás, a través de un equilibrio armónico entre palabra y silencio. El mutismo surge del rencor, del odio, del egoísmo, del miedo, de la cobardía, del aislamiento, de la omisión, de la huida de las responsabilidades y de los compromisos.

Al contrario del mutismo, el silencio es el guardián de la interioridad, hace callar las rebeldías y las maldades que salen del corazón y hace nacer el amor hacia los demás.

El silencio es un lenguaje de amor, de profundidad, de presencia del otro. Con el silencio no se acoge solo la palabra de una persona, sino también a la persona misma.

Si la palabra habla en una brisa suave, no necesitamos, cuando exponemos nuestras ideas y queremos convencer a los demás de la bondad de nuestras soluciones, estar rodeados de un gran número de hurreros, como si, para ganar el desafío, necesitáramos que el mayor número de hurreros nos sigan.

Hurrero es una palabra típica de nuestro lenguaje paraguayo.

El libro Los paraguayismos. El español en el habla cotidiana de los paraguayos da esta definición de hurrero:

“Del inglés hurrah. Dícese de la persona que en las canchas y en las concentraciones políticas con voz estentórea alaba al protagonista principal o al club de su preferencia con el objeto de incitar el entusiasmo”.

Esperemos que uno de los frutos del tiempo favorable que es el tiempo del Coronavirus sea el de elegir más razonamientos y menos gritos.

He dicho en mi última homilía que debemos saber reconocer la Verdad, se encuentre donde se encuentre, sin pedir la libreta del Bautismo a quien nos habla o indica un camino.

Debemos acostumbrarnos a ir más allá de las puertas de nuestras iglesias.

Por eso, la vez pasada hablé de Antonio Gramsci y esta vez concluyo con otro hombre que nos enseña que una política no debe ser prebendaria y no debe mirar solo a los intereses personales.

El 1 de marzo de 2011, los restos mortales de Eligio Ayala, uno de los más destacados intelectuales y políticos del Paraguay, fueron depositados en el Panteón Nacional de los Héroes, en Asunción, como reconocimiento por los servicios prestados a la patria como un verdadero héroe civil.

En un ensayo escrito sobre algunas causas de las migraciones paraguayas, Eligio Ayala nos brinda una descripción de lo que era la política en el Paraguay de su tiempo, una descripción todavía válida en el Paraguay de hoy, como en la Italia, y no solo en la Italia, de hoy: una descripción de valor universal.

La política no puede ser aquella actividad donde, como él escribe,

“el fin justifica los medios; el éxito lo legítima todo. De ahí la idolatría del éxito político. No se respeta el mérito, no se desprecia el vicio, nadie se indigna sinceramente contra la injusticia, nadie es justo. Los culpables pierden la conciencia de sus faltas, los hombres virtuosos, el pudor, y los partidos, su nobleza. Buenos y malos viven en cada partido en camaradería hipócrita, sin sinceridad, sin confianza recíproca, sin gratitud, sin generosidad. El interés los divide y los une y reconcilia sucesivamente. Los enemigos de ayer conspiran juntos; los amigos de hoy, se venderán mañana. En vez de partidos se forman círculos esporádicos y convulsivos de pequeños ambiciosos. Los partidos en vez de ser útiles a la patria, utilizan la patria; en vez de servir sanos intereses nacionales en el gobierno, hacen que el gobierno les sirva a ellos”.

Eligio Ayala no era un hombre de Iglesia. Pero encontramos más aperturas a la Verdad de Dios en estas páginas que en tantos escritos devocionales e intimistas, textos que desconocen que Dios vive en la ciudad.

Si el cristiano vive en la ciudad, no podemos aceptar este tipo de política clientelar magistralmente analizado por Eligio Ayala.

La voz de este hijo de nuestro querido Paraguay es una voz que hoy nos habla en la dulce brisa de la tarde.

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén

 

P. Emilio Grasso

 

 

 08/08/2020