A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Leemos, en la segunda lectura de la liturgia del domingo 30 de agosto, que san Pablo, en su Carta a los Romanos, nos exhorta con estas palabras:
“No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rom 12, 2).
Para comprender en su auténtico significado esta exhortación del apóstol Pablo, debemos penetrar en el corazón de la Biblia.
El mundo fue creado en Cristo y, por eso, era bueno. Pero por el pecado, desde Adán, fue alejándose más y más de Dios, de manera tal que el mundo, con razón, se hizo sinónimo de “hostilidad a Dios” y de “estar condenado a la perdición”. El punto culminante de su maldad fue el haber crucificado a Nuestro Señor. Cristo vino a este mundo, como luz, para salvarlo. Pero ‒puesto que esto debía incluir necesariamente que se mostrara al mundo su verdadera faz, que es faz de tinieblas, y el mundo no podía soportar su propio aspecto‒, este rechazó a su Salvador y así se juzgó a sí mismo. Al mundo la sabiduría misericordiosa de Dios le pareció una necedad; mas, para aquellos que en Jesucristo encontraron su salvación, la cruz es el hallazgo más profundo del amor de Dios. Así los discípulos, ciertamente viven en este mundo, pero no viven de este mundo, precisamente porque pertenecen ya ahora al “mundo” celestial y no viven según el modo de este mundo.
En estos días, en el mundo de nuestro Paraguay, hemos leído noticias sobre acontecimientos que producen una gran tristeza.
Desde mi primera homilía en el tiempo del Coronavirus, yo he defendido con fuerza las medidas del Gobierno y he invitado a Uds. a hacer lo mismo, a través de una estrecha observancia de sus decretos. Y sigo haciéndolo.
Pero no puedo callarme cuando leo que estas mismas medidas están desatendidas por algunas personas que deberían observarlas, no solo para dar el buen ejemplo a toda la ciudadanía en cuanto autoridades públicas, sino también porque son ciudadanos como los demás, ciudadanos de la República del Paraguay, cuya Constitución proclama solemnemente, en su artículo 47 § 2, la igualdad de todos los habitantes de la República ante las leyes.
A tal fin, existe el poder judiciario, que en un Estado democrático debe ser independiente de otros poderes, como proclama el artículo 248 de nuestra Constitución.
Naturalmente, los procesos se hacen con todas las garantías de la ley y “en el proceso penal, o en cualquier otro del cual pudiera derivarse pena o sanción, toda persona tiene derecho a que sea presumida su inocencia”, como proclama nuestra Constitución en el artículo 17 § 1.
Por eso, los escraches no dan ninguna garantía y conducen a procesos de plaza sometidos a diferentes formas de poder: al final,
gana quien grita más fuerte, manipulando la pública opinión, y no quien tiene razón jurídica.
Por eso, lo repito una vez más, a mí no me compete dar ningún juicio.
Si hablo es porque causa tristeza ver la ostentación inútil de riqueza y de poder.
Esta es una ofensa a quienes sufren la falta de trabajo y de asistencia médica. Y no se puede estar siempre organizando polladas, tallarinadas, milaneseadas, hamburgueseadas y rifas varias, para poder recoger el mínimo necesario que sirva para cuidar una enfermedad cualquiera. Por no hablar de los largos tiempos de espera para un estudio clínico.
¡Atención! En el uso o abuso del poder, y en la inútil y sin sentido ostentación de la riqueza, si se va más allá de un límite, se provoca una ruptura no más sanable del contexto social y de la unidad nacional.
Después, será inútil hablar de la familia paraguaya y pensar que el pueblo es tan sin dignidad que con dos cervezas y un pedacito de asado todo vuelva como antes.
Esta pandemia está poniendo al descubierto los frutos de decenios de política prebendaria y la falta de una visión política a largo plazo.
Falta poco tiempo para que, como en el cuento infantil de Hans Christian Andersen, un niño desmonte la farsa y grite con asombro e insistencia: “¡El emperador está desnudo!”.
Grita este niño contra aquella gran estafa del Estado prebendario y clientelar que todo el mundo ve y que, sin embargo, acepta, porque es más fácil y cuesta menos la dependencia que la responsabilidad.
Solo quien no sabe entrar en los mecanismos complejos de la máquina del Estado piensa que el problema se soluciona con el cambio de un Ministro.
El problema, en realidad, toca las mismas raíces de nuestra existencia y de nuestra convivencia social, lo que llamamos el problema del sentido de la vida.
Por eso, si no queremos entrar en un callejón sin salida, volvamos a las palabras de san Pablo a los Romanos: “No tomen como modelo a este mundo”.
Dejemos a cada ciudadano la tarea de cumplir su trabajo.
Encontrar nuevos equilibrios políticos, más o menos cicatrizados, es algo que no me compete.
Y tampoco me compete actuar en el campo de pesquisas judiciales.
A mí me compete solo evangelizar.
Concluyo con las palabras de san Pablo VI, en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Exhortación definida por el Papa Francisco verdadera “carta magna de compromiso post-conciliar misionero”.
“La Iglesia –escribe san Pablo VI– evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. Para la Iglesia se trata de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (n.os 18-19).
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Con ocasión de la fiesta de santa Rosa de Lima, Patrona de América Latina, quiero recordar a todos los
fieles de la capilla Santa Rosa de Lima y envío mi saludo y agradecimiento, por el trabajo que hacen con gran generosidad, a los Coordinadores doña Margarita Oliveira de Sanabria y don Ramón Alejandro Cantero Aguilera.
De santa Rosa de Lima subrayamos que es la primera entre los santos nacidos en América Latina en ser elevada a los altares.
De ella, como enseñanza para todos nosotros, recordamos el servicio incansable a los pobres, especialmente a los indígenas, y su anhelo misionero.
Recemos para que ella interceda por todos nosotros, y, en particular, por los más marginados y necesitados, sobre todo en este tiempo de gran dificultad por la pandemia del COVID-19.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

29/08/2020
