A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Desde que empezó esta pandemia del COVID-19, se insistió por todas partes sobre la necesidad del mantenimiento de las más elementales normas higiénicas. 
Yo espero que, cuando salgamos de este túnel obscuro en donde hemos entrado, algo hayamos aprendido y ciertos hábitos, dañinos para nuestra salud y ofensivos para nuestra dignidad, hayan desaparecido definitivamente de nuestras costumbres.
El respeto de ciertas normas de comportamiento pertenece al saber vivir con los demás. Y el amor, del cual todos continuamente estamos hablando, no es nada más que la capacidad de saber entrar en relación apropiada con quien vive con nosotros y con quien encontremos en el camino de nuestra vida.
Vale muy poco hacer muchos discursos pseudoespirituales y tantas cadenas de oraciones, cuando luego no se tira la cadena del baño, y quien entra en ese lugar después de nosotros encuentra un espectáculo indecente: pobreza no quiere decir suciedad.
Recuerdo que, en tantas parroquias e instituciones religiosas que frecuentaba, después de llenarte la cabeza de tantos discursos sobre el amor al prójimo, sobre el respeto de los demás, sobre la sacralidad del cuerpo, sobre el perfume de Betania y sobre tantas cosas semejantes, si luego entrabas en un baño, tenías que taparte la nariz y rezar al buen Dios para no tomar una infección.
Se comienza a contar desde cero, si se quiere llegar a números superiores y sin límites.
El quererlo “todo y enseguida”, “demos asalto al cielo”, “la imaginación al poder”... y otros eslóganes semejantes son cosas también simpáticas, si son gritados en la tarde de un sábado primaveral por jóvenes mocosos, para los cuales una vez al año es lícito enloquecer.
Sin embargo, con los eslóganes no se construye la vida.
Y aquí vuelve el discurso educativo, profundamente humano y cristiano, de la sabiduría de partir desde las pequeñas cosas. Desde el no despreciar lo que es pequeño, pobre, frágil, aparentemente insignificante y sin valor, rechazando, pues, “la cultura del descarte”, como dice el Papa Francisco.
Es necesaria una educación en la gradualidad, en la capacidad de hacer un discurso que sea traducible, a niveles diferentes, en la cotidianidad de nuestra vida.
Debemos llegar al cielo, pero nunca tenemos que olvidar cuáles son nuestras reales condiciones de posibilidad.
Si no volvemos a partir desde el fragmento, desde lo aparentemente inútil, desde las más pequeñas cosas, desde los pañales que envuelven al niño y desde la taza del baño que debemos saber utilizar bien..., cualquier discurso permanecerá solo un lindo globito pintado que vuela hacia el cielo, que, sin embargo, poco después, se desinfla y desaparece para siempre.
El partir de los “grandes problemas”, buscando para cada uno de ellos una solución universal, puede convertirse en una tentación a la inercia, sobre la base de la impresión de que, en todo caso, nada pueda ser realizado.
Es importante educar al pueblo, y en particular a los jóvenes, para un amor concreto, hecho de fidelidad a las pequeñas
cosas, fidelidad a veces atormentada, no satisfactoria y escondida. Será esta fidelidad lo que nos permitirá, luego, ser creíbles en la proclamación explícita del único Nombre que salva.
Sin un cambio personal en esta dirección, cualquier sueño revolucionario precipita en desilusión o tragedia.
Para el filósofo francés Emmanuel Mounier, la lección del menor acto, permanece de insuperada actualidad.
“El menor acto es más útil que los grandes deseos de cosas alejadas de nuestro alcance. Es más agradable a Dios nuestra fidelidad en las cosas pequeñas, que Él dispone para nosotros, que el ardor en las grandes, independientes de nosotros. Nos divierte a veces ser ángeles buenos y dejamos de ser hombres o mujeres buenos. ¿Qué otra cosa es este deseo angélico sino el mejor ardid del instinto de inmovilidad?”.
Solo una revolución personal que cambia nuestra vida, que empieza por revolucionarnos a nosotros mismos, es la condición para una revolución que cambia las estructuras.
No cabe ninguna duda: debemos tener el coraje de saber partir de las pequeñas cosas.
Cuando se empieza por querer cambiar al mundo entero y se desprecia el pequeño fragmento, ya se sabe bien cómo se va a terminar.
Es del fragmento que se precisa esperar la salvación.
El gran educador italiano, padre Lorenzo Milani, decía:
“No se puede amar a todos los hombres. ... Se puede amar solo a un número limitado de personas, tal vez unas docenas, tal vez algún centenar. Y como la experiencia nos dice que al hombre solo le es posible esto, me parece evidente que Dios no nos pide nada más”.
Y Antonio Gramsci, uno de los mayores revolucionarios del siglo XX y uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia, el más grande partido comunista del Occidente, así escribía en una carta a su esposa Julia:
“Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa sin haber amado a nadie ni siquiera a los propios padres, si era posible amar a una colectividad sin haber amado profundamente a criaturas humanas singulares”.
El Papa Francisco, en una entrevista del 18 de marzo de 2020 publicada por el periódico italiano la Repubblica, afirmó que
“en estos días difíciles podemos volver a descubrir aquellos pequeños gestos concretos de proximidad hacia las personas más cercanas a nosotros. Debemos redescubrir lo concreto de las pequeñas cosas, de los pequeños
cuidados que hay que tener hacia nuestros allegados, la familia, los amigos. Comprender que en las pequeñas cosas está nuestro tesoro. Son gestos familiares de atención a los detalles de cada día que hacen que la vida tenga sentido y que haya comunión y comunicación entre nosotros”.
Y no puedo concluir sin recordar, una vez más, que nuestra salvación está en el nombre de Jesús, aunque muchas veces tampoco sepamos quién es Jesús.
Jesús es el Hijo de Dios y, también, el Hijo de María.
Y nuestro Dios no se presenta bajo el signo de la riqueza y del poder, sino bajo el de la pobreza y de la fragilidad.
Y nada es más pobre y más débil que un niño recién nacido envuelto en pañales.
Partir de las pequeñas cosas: esta es la primera lección que debemos aprender, en este tiempo de Coronavirus.
Y el más pequeño, el niño envuelto en pañales, es el Hijo de Dios, Hijo de Quien nos ama y nunca nos abandona.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén

05/09/2020
