A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)

 

 

Mis queridos amigos:

En todo el mundo, allá donde ha llegado esta pandemia del COVID-19, son muchos los que se quejan y protestan contra las medidas restrictivas que los diferentes Gobiernos intentan tomar, para enfrentarse con este terrible enemigo que, cada día, hace crecer el número de los nuevos infectados y de los fallecidos.

Se rechaza el sacrificio personal de ser capaces de renunciar a algunas de nuestras costumbres, y llega al descubierto quiénes somos verdaderamente, junto a la debilidad de nuestras relaciones con los demás y a una equivocada visión del bien común.

Lo que es muy triste, por no hablar de un verdadero escándalo, es la idiota defensa, que hacen personas que se proclaman cristianas, de humanas tradiciones que nada tienen que ver con el sentido auténtico de la Navidad del Señor: encuentros, cenas de la vigilia donde se reúnen tantas y tantas personas, aglomeraciones sin distanciamiento para comprar tradicionales regalos, etcétera.

Somos cristianos de nombre, pero, de hecho, nuestro estilo de vida sigue siendo el de personas que no conocen a Jesús.

Volvamos al A-B-C de lo que es el núcleo central del ser cristiano.

Intentemos comprender la profunda diferencia entre la alegría a la que Dios nos llama y la alegría mundana, alegría que se reduce a comer hasta hartarse y a emborracharse, y termina con llenar el inodoro hasta desbordarse e incrementar aquellas enfermedades de base que, en gran parte, dependen de una falta de control de la alimentación.

En uno de sus discursos con ocasión de la Navidad, el Papa Benedicto XVI afirmaba que, para comprender mejor el significado de la Navidad del Señor, servía una breve referencia al origen histórico de esta solemnidad.

De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarrolló, inicialmente, partiendo del nacimiento de Cristo, sino de la fe en su resurrección. Por eso, la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua: la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. Por lo tanto, ser cristianos significa vivir de modo pascual implicándose en el dinamismo originado por el Bautismo, que lleva a morir al pecado para vivir con Dios.

Sustancialmente, la Navidad es Dios que se hace presente en un Niño.

En ese Niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por decir así, desde fuera, sino que quiere, más bien, ser acogido libremente por el hombre; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer del hombre. En Jesús, Dios asumió esta condición pobre y conmovedora para vencer con el amor y llevarnos a nuestra verdadera identidad.

Su condición de Niño nos indica, además, cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia (cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 23 de diciembre de 2009).

El carácter de pobreza, de vida oculta, fragilidad y debilidad ya indica y prenuncia el trastorno de nuestros criterios de juicio: no son la fuerza y los instrumentos del poder, de cualquier forma en que se presenten, los que salvan, sino que es la locura divina que altera nuestros proyectos y nos llama a responder a su pregunta.

Uno de los más conocidos especialistas del Nuevo Testamento, Klaus Berger, evidencia la manera concisa y sobria con que el evangelista Lucas cuenta los acontecimientos decisivos de la historia de la salvación. Acerca de la Navidad, dice: “Y María dio a la luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Son luego los ángeles quienes revelarán a personas relativamente extrañas de qué se trata. Los acontecimientos decisivos se cumplen casi en secreto. La Natividad es accesible solo a María y a José. Y las personas que luego se reúnen no son periodistas y reyes, sino mujeres y pastores. El misterio no es para la plaza del mercado, sino para una esfera íntima, incluso familiar. Desde sus más lejanos orígenes, el cristianismo permanece estructurado así. No es apto para volverse un espectáculo público. La tensión entre secreto y martirio es su marca.

Podemos decir que en la fiesta de Navidad se pone de relieve el ocultamiento de Dios en la humildad de la condición humana, en el Niño de Belén.

Esta pandemia debemos verla como una ocasión única que nos llama a substraernos al espectáculo público, para finalmente llegar a mirar en los ojos a las personas de nuestra esfera íntima, incluso familiar, para salir de aquella hipocresía del “todo tranquilo, todo lindo y bonito, espectacular, súper, demasiado bien…”, expresiones sin sentido verdadero que muestran el miedo de enfrentarnos con la verdad desnuda, y de esta verdad llegar a construir relaciones de libertad, alegría y amor que nunca terminan.

La Navidad es alegría porque vemos y estamos finalmente seguros de que Dios es el bien, la vida, la verdad del hombre y se abaja hasta el hombre, para elevarlo hacia Él: Dios se hace tan cercano que se lo puede ver y tocar.

La Iglesia contempla este inefable misterio, y los textos de la liturgia de este tiempo están llenos de estupor y de alegría; todos los cantos de Navidad expresan esta alegría. Navidad es el punto donde se unen el cielo y la tierra, y varias expresiones que escuchamos en estos días ponen de relieve la grandeza de lo sucedido: el lejano –Dios parece lejanísimo– se hizo cercano.

Exclama san León Magno:

“El inaccesible quiere ser accesible. Él, que existe antes del tiempo, comenzó a ser en el tiempo; el Señor del universo, velando la grandeza de su majestad, asumió la naturaleza de siervo”.

En ese Niño, lo que Dios es: eternidad, fuerza, santidad, vida, alegría, se une a lo que somos nosotros: debilidad, pecado, sufrimiento, muerte.

La teología y la espiritualidad de la Navidad usan una expresión para describir este hecho: hablan de un admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad.

En el misterio de la Encarnación, Dios, después de haber hablado e intervenido en la historia mediante mensajeros y con signos, apareció, salió de su luz inaccesible para iluminar el mundo.

“La Navidad –afirma el Papa Benedicto XVI– es detenerse a contemplar a aquel Niño, el Misterio de Dios que se hace hombre en la humildad y en la pobreza; pero es, sobre todo, acoger de nuevo en nosotros mismos a aquel Niño, que es Cristo Señor, para vivir de su misma vida, para hacer que sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones, sean nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones. Celebrar la Navidad es, por lo tanto, manifestar la alegría, la novedad, la luz que este Nacimiento ha traído a toda nuestra existencia, para ser también nosotros portadores de la alegría, de la auténtica novedad, de la luz de Dios a los demás” (cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 4 de enero de 2012).

Mis queridos amigos:

Que esta Nochebuena, que vivimos en el tiempo del Coronavirus, constituya para todos nosotros una noche de profunda conversión de vida, a fin de que podamos experimentar las palabras del Profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz” (Is 9, 1).

Y que la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo, y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Amén.

 

P. Emilio Grasso

 

 

 

24/12/2020