A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
Los que me conocen bien saben que no soy el hombre de los aniversarios y de la multiplicación de las fiestas. En
este sentido, se puede pacíficamente decir que soy muy poco paraguayo. En efecto, en la idiosincrasia paraguaya, el cumple o un aniversario cualquiera constituye, en la mayoría de los casos, algo irrenunciable: casi una verdadera religión.
Al contrario, yo percibo mucho el influjo que tuvo en mí san Agustín, cuando tuve la gracia de leer por primera vez sus Confesiones.
En el libro XI de las Confesiones, Agustín enfrenta lo que, desde el comienzo del pensamiento humano, ha sido uno de los temas cruciales sometidos a la razón. Hablo del significado del tiempo para el ser humano, de la relación entre mi estar en el mundo y el tiempo que hace de mí un ser hacia la muerte; porque todos, como no me canso de repetir, estamos encaminados hacia la muerte.
San Agustín, cuando habla del tiempo, se pregunta dónde están el pasado y el futuro:
“Si es verdad –escribe san Agustín– que existen el futuro y el pretérito, quiero saber en qué lugar están. Pero si tanto no consigo, sé de cierto cuando menos una cosa: que dondequiera que estén no son allí ni pretérito ni futuro, sino presente. Dondequiera pues que estén, como presentes están”.
Es, pues, en este sentido agustiniano en que siempre siento cierto malestar por la celebración de los aniversarios. Estos, en la casi totalidad de los casos, se reducen a recuerdos nostálgicos, románticos, crepusculares, a un volver a verse y a duras penas reconocerse, porque los cuerpos han sufrido la usura de los años y ya no son más los de un tiempo.
Y, además, ¿sobre qué nos volvemos a vernos? El único sentido que tiene, para mí, el volver a verse está en la confrontación apasionada, que consiste en la recíproca escucha de cómo se ha desarrollado el sueño de nuestra juventud, la intuición de amor de los orígenes.
El pasado –hemos aprendido en la escuela de san Agustín– está solo en el presente.
Es el presente el tiempo, el único tiempo que podemos considerar verdaderamente nuestro.
Por supuesto, este presente tiene raíces en el pasado. Pero, si en el presente no se tiene y ya no se quiere tener relación con las propias raíces –porque el hombre es un ser libre y su libertad puede rechazar en un instante todo su pasado–, entonces este hombre es un ser desarraigado y su pasado, arrancado del presente, ya no conoce más ningún lugar de existencia.
San John Henry Newman, uno de los mayores teólogos del siglo decimonono, canonizado por el Papa Francisco el 13
de octubre de 2019, escribía que “toda la verdad, o una vasta parte de la misma, se encuentra realmente expresada de repente, pero solo en sus rudimentos y casi en miniatura, de modo que llega a desarrollarse y completarse en sus partes individuales”, con el sucederse de nuevos acontecimientos.
En este sentido, y solo en este sentido, el nuevo año que hoy empieza representa, para nosotros, la condición de posibilidad que se nos presenta para desarrollar y completar, en sus partes individuales, la verdad de nuestra vida.
La hermosura de un encuentro, con ocasión de un aniversario, está toda en la confrontación sobre cómo ha sido desarrollado y completado en sus partes individuales aquel sueño de juventud, que constituyó el contenido de nuestro hallarnos bien juntos, volver a buscarnos, sufrir, superar todos los obstáculos con tal de realizar y dar cuerpo a esa Hermosura que nos fascinó mucho.
Si Newman escribe que “a medida que la revelación avanza, esta es siempre nueva, y también siempre antigua”, san Agustín, por su parte, había hablado de una “belleza siempre antigua y siempre nueva”.
En la celebración de un aniversario, en el presente vive la belleza antigua y siempre nueva y, al mismo tiempo, vive también el futuro, el futuro como presente, que no es sino encontrarse y apasionarse por el hodie Dei, el hoy de Dios, el tiempo que nos es dado para analizar qué hacer juntos, aportando cada uno su riqueza –que es también su fracaso y su pecado–, a fin de desarrollar y completar las partes que faltan al cumplimiento del sueño de juventud.
Para encontrarse y poder hacer esto, hay una condición evangélica ineludible: “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9, 62).
El problema no es el pecado. El problema consiste en la corrupción de las palabras, en la falsificación de los datos de salida, en ese deseo de justificarse siempre para complacer a los demás, y que lleva a la disolución del lenguaje, a la falsificación de la palabra que cambia según nuestro gusto.
Sé ya que se me objetará que, en la sociedad así llamada “líquida” en la cual el pensamiento dominante es el de la “ligereza del ser”, la fidelidad a la palabra ya no es más un valor.
Esta y tantas otras afirmaciones tendrán todas sus buenas razones, y cada uno tiene la libertad de ser, en el espacio de poco tiempo, “uno, ninguno y cien mil”.
Por supuesto, no está en tela de juicio la libertad del otro. Pero, tampoco discuto la mía. A mí me gusta seguir diciendo que “el hombre está en su palabra”, como me enseñó un amigo que se ha extraviado prematuramente a las primeras sombras de la tarde.
Se pueden y se deben discutir los desarrollos históricos e inculturados de la palabra, pero no se puede cambiar el fundamento de un aniversario que celebramos.
Si ese fundamento se derrumba, para complacer a uno o a otro, entonces un aniversario se transforma solo en una ocasión perdida, en que se encuentran de nuevo hojas secas y marchitas que el primer golpe de viento se lleva.
De este modo, se elimina la memoria con su fuerza arrolladora que proyecta hacia el futuro, y así permanecen solo los recuerdos crepusculares que anticipan la noche honda.
Y a quien me objeta que la fidelidad encuentra en el camino de la vida inmensas dificultades y, al final, me hallarésolo, respondo con las palabras de François Mauriac, un escritor a quien he amado mucho en juventud:
“Pase lo que pase, me acordaré hasta el final de aquellos que se esfuerzan por cambiar el curso de un destino ya aceptado por muchos de nuestros hermanos, de aquellos que no se resignan y que aceptan ser malqueridos...”.
Que el 2020 que está terminando, con sus lágrimas y angustias, y el 2021 que está por empezar, con sus gozos y esperanzas, sean vividos por nosotros como el tiempo favorable, original, único e irrepetible, que Dios nos brinda para que cada uno de nosotros pueda decir, en el último día de su vida: “No me arrepiento de nada. He vivido mi vida. Toda mi vida”.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.

30/12/2020