A los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí (Paraguay)
Mis queridos amigos:
En el actuar humano, en el construir la propia vida, siempre hay dos posibilidades. Una es la de moverse partiendo de
una idea que uno se ha construido, de hacer lo que se piense, lo que a uno le guste, de seguir el propio impulso interior, las propias pasiones. La otra es la de partir de una realidad, de un hecho concreto y objetivo.
La fe no tiene su fundamento en una idea, en un pensamiento humano, en una búsqueda de la verdad que el hombre persigue. Esta búsqueda, aunque interesante, sería solo una filosofía. La fe es otra cosa: parte de algo concreto, de un hecho real, de un testimonio de personas que transmitieron a los demás lo que habían experimentado y visto. Personas que manifestaron cómo cambió su vida e indicaron cómo la nuestra también puede cambiar.
Las primeras personas que experimentaron y anunciaron a Cristo resucitado fueron los Apóstoles, que siguieron a Jesús, comieron y bebieron con Él, lo escucharon y lo vieron crucificado.
En el momento de la muerte de Jesús, estos hombres lo abandonaron, pensando que todo había sido una ilusión, un engaño, algo que no valía la pena vivir: Judas lo traiciona, Pedro lo reniega, todos los demás se esconden llenos de miedo.
Pero, en estos mismos hombres, testigos escogidos por el Señor, poco después nace la fe, y así ellos descubren la fuerza del Espíritu del Resucitado que los transforma y, si alguien se lo impida, sin miedo, afirmarán la exigencia
profunda de obedecer a Dios antes que a los hombres, desafiando a los poderes fuertes del tiempo: civiles y religiosos.
Estos hombres están transformados, hacen lío, como dice el Papa Francisco, se oponen a los criterios de juicio, a los valores determinantes, a los modelos de vida de la humanidad, y anuncian un acontecimiento que los ha cambiado totalmente. Han hecho una experiencia, y es esta experiencia la que anuncian a otras personas a fin de que, ellas también, puedan descubrir la fuerza y la belleza de la fe.
Este es el hecho fundamental que se pone como piedra angular en la construcción del edificio de nuestra fe: la experiencia y la fe de los Apóstoles.
La fe en el Cristo resucitado es una experiencia, no una idea.
En su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, el Papa Francisco afirma que
“la realidad es superior a la idea. El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la
Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo” (n.º 233).
En la cadena de transmisión apostólica, hoy vivimos la vida misma de Dios. Por eso, no debemos tener miedo de abrir nuestro corazón al corazón de Dios, y de dejar que Él entre, porque quiere dar a cada cual una vida nueva, bella, que no sea la repetición del fracaso de tantas vidas que no tenían como fundamento la palabra de Dios.
Si, cuando llegue el momento del sacrificio, de la muerte, no lo sabemos aceptar, no amamos y no podemos ser felices. También la enfermedad puede ser una gracia del Señor, si nos purifica y nos hace cambiar el corazón abriéndolo a Dios. No debemos tener miedo de nada: si llega el sufrimiento, aceptémoslo; si tenemos que hacer un sacrificio, hagámoslo; si tenemos que hacer un esfuerzo que nos cuesta, paguemos el precio.
Existe una belleza auténtica, profunda: la de quien sabe luchar contra sí mismo, de quien es capaz de vencer todos los impedimentos que están en el propio corazón, que es el lugar donde se desarrolla la primera batalla, sin acusar a los demás, ni buscar un chivo expiatorio en familia, en una comunidad, en un grupo cualquiera.
Esto enseña a no tener miedo de hacer un sacrificio a partir de las pequeñas cosas, como la puntualidad, la fidelidad, el estudio, el permanecer en silencio cuando sea necesario, el esfuerzo de cambiar y de no quemar las etapas de la vida, vagabundeando por aquí y por allá. Tener el coraje de reconocer y de aceptar el momento de sacrificarse y de morir a sí mismo de tantas formas, cuando esto llegue, permite experimentar muchas pequeñas victorias.
Todo esto forma a la persona, nos hace bellos, auténticos, y no hombres falsos, hipócritas y ridiculizados por muchos.
Si no vivimos los primeros la palabra dicha, podemos recriminar, maldecir, podemos multiplicar los discursos, pero nuestra palabra no tendrá aquella fuerza que adquiere solo cuando quien la pronuncie la vive en persona.
Vivir sin miedo una vida de amor auténtico significa abrazar la cruz del Señor, porque nadie puede resucitar, o sea, pasar de la muerte a la vida, si no tiene esta capacidad de morir.
Existen personas que jamás conocerán la resurrección porque nunca quieren morir. Son esas personas que siempre están en el umbral de la puerta, quejándose de todo y de todos, sin hacer nada, molestando a los que trabajan, porque no quieren morir a sí mismas, y permanecen como cadáveres que caminan sin conocer nunca la resurrección.
Tener el coraje de abrir el corazón a Cristo, de morir y resucitar con Él: esta es la experiencia que nosotros, los mayores, estamos llamados a transmitir a los jóvenes de hoy. Este es el mensaje del Señor que invita a vivir la belleza de quien ha vencido su batalla, de quien ha permanecido fiel, de quien ha tenido el coraje de dar la vida, para llegar a superar todo lo que impide ser bello como Cristo: el más bello entre los hijos del hombre.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo, y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.

11/12/2021
Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo” (n.º 233).