Una profesión de fe, un grito de batalla

 

José Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo (México). En 1928 se unió a los Cristeros (campesinos católicos que habían empuñado las armas contra el Gobierno laicista para defender la propia fe y la propia libertad), sirviendo como abanderado. En un enfrentamiento con las tropas gubernamentales, el 6 de febrero de 1928, José cayó prisionero. Fue encerrado en la iglesia parroquial de Sahuayo. El 10 de febrero, José fue torturado cruelmente y ejecutado. Fue beatificado el 20 de noviembre del 2005 y fue canonizado el 16 de octubre del 2016.

 

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“Mi amada madre, hoy he sido hecho prisionero en combate. En este momento creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. Muero feliz, porque muero valerosamente al lado de Nuestro Señor”, escribía desde la cárcel de Cotija, en México, José Sánchez del Río.

Era el 6 de febrero de 1928. José tenía catorce años. Había sido hecho prisionero durante un enfrentamiento entre las tropas de los Cristeros y las federales. Había cedido su caballo al jefe de los Cristeros, Rubén Guízar Morfín, que estaba a punto de ser capturado porque le habían matado su caballo, y así consiguió escapar y salvarse.

Después de pedir varias veces en vano alistarse en las tropas de los Cristeros, José pensó dirigirse directamente al general Prudencio Mendoza. Entre mil vicisitudes, aventuras peligrosas, campos minados y todo tipo de insidias, llegó a la sede del general, quien fue impresionado por su firmeza y determinación y lo aceptó, a pesar de su joven edad, en el ejército de los Cristeros como abanderado.

José demostró con su resolución que, incluso a la joven edad de catorce años, uno es capaz de hacer responsablemente una elección que determine la propia vida, cualquiera que sea esta, incluso superando duras pruebas y ratificando su fidelidad hasta con la propia muerte. Esto contradice una mentalidad muy difundida en el tiempo actual, según la cual una supuesta vulnerabilidad del hombre y su actitud de hacerse la víctima, lo harían incapaz de una elección personal y libre.

El general Anacleto Guerrero, perseguidor de los Cristeros, que lo había capturado, preguntó a José si quería unirse a sus soldados. La respuesta decidida de José fue: “¡Prefiero la muerte! Soy su enemigo, ¡fusíleme!”.

Al día siguiente fue trasladado a Sahuayo, segregado en la cripta del baptisterio de la iglesia parroquial, donde lo esperaba el diputado Rafael Picazo Sánchez, su padrino, que tenía el poder sobre toda la región. Este le ofreció dinero para ir a Estados Unidos. José no aceptó y dijo que, si lo hubieran liberado, habría vuelto con los Cristeros. Entonces le fue propuesta la posibilidad de inscribirse en la Escuela Militar. Él respondió: “¡Nunca iré con los changos!” (los monos).

Se evaluó, luego, la posibilidad de liberarlo a cambio de una ingente suma de dinero. Pero José mandó decir a sus familiares que no lo hicieran, porque ya había ofrecido su vida a Dios.

Durante la primera noche de su reclusión, José observó con gran dolor y profunda tristeza el lamentable estado en que se encontraba el baptisterio ocupado por las tropas gubernamentales. Se había convertido en la cuadra del caballo del diputado Picazo y había gallos de pelea que Picazo mantenía atados al baldaquín del Santísimo.

José mató los gallos y cegó el caballo del diputado, después limpió el baldaquín con su camisa mojada.

A la mañana siguiente, Picazo, furioso, le preguntó si se daba cuenta de lo que había hecho. José respondió: “La casa de Dios es un lugar de oraciones y no un refugio para animales”. Picazo lo amenazó con rabia. José replicó: “Estoy dispuesto a todo. Mátame, déjame llegar a Nuestro Señor para pedirle que te convierta”. Uno de los asistentes de Picazo golpeó con fuerza a José en la boca, haciéndole caer algunos dientes.

Picazo, entonces, ordenó ahorcar, en su presencia, de un árbol de la plaza principal a Lázaro, su amigo indio que estaba prisionero con él. José, entonces, se dirigió hacia los soldados y les dijo con énfasis: “¡Vamos, matadme ahora!”.

Sus respuestas valientes e inmediatas eran fruto de su gran libertad interior, de la firmeza y decisión de su elección.

El martirio

La noche del 10 de febrero, José escribió a la tía:

“Querida tía: estoy condenado a muerte. A las ocho y media llegará el momento que tanto, tanto he deseado. Te agradezco por todos los favores que tú y Magdalena me hicieron... ¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo manda! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! José Sánchez del Río, asesinado por defender la propia fe. Seguid luchando. Adiós”.

Lo ajusticiaron en el cementerio municipal, sin ningún proceso. Hacia las once de la noche, le desollaron los pies con un cuchillo, lo arrastraron fuera de la celda y lo obligaron a recorrer descalzo, con los pies que sangraban, el camino que llevaba al cementerio. “No estaba ni abrumado ni asustado, sino que estaba feliz”, refirieron algunos testigos oculares. Los soldados seguían insistiendo para que renegara de la propia fe, pero él gritaba más fuerte: “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”. “Pueden hacerme lo que quieran, pero nunca he estado tan feliz de ganarme el Paraíso como en este momento”.

Frente a la fosa cavada para él, le infligieron algunas cuchilladas, pero él seguía gritando más fuerte: “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”, hasta que el jefe de los guardias sacó la pistola y le disparó a la cabeza. Los verdugos arrojaron, con desprecio, su cuerpo desnudo a la fosa. Esa misma noche, el guardián del cementerio extrajo su cadáver en secreto y lo envolvió en una sábana.

Solo en 1954 sus restos mortales fueron trasladados a la cripta de la iglesia del Sagrado Corazón. En 1996, luego, fueron trasladados a la de Santiago Apóstol. Desde el día de su muerte, todos empezaron a llamarlo “mártir”, y desde entonces y también hoy su tumba sigue siendo meta de peregrinajes.

La memoria de un pueblo

La historia de José se ha quedado profundamente grabada en la memoria y el afecto del pueblo mexicano que sufrió enormemente, como comunidad cristiana, para permanecer fiel a su fe. Esto ha conservado el testimonio de José como parte de su patrimonio cultural, todavía vivo y actual.

El martirio de José forma parte de aquellos trágicos acontecimientos que culminaron en la Cristiada, movimiento de origen popular, nacido para defender el derecho a la libertad religiosa, negada y combatida por el Gobierno que contrastaba abiertamente a la Iglesia.

La génesis de la guerra cristera se remonta a la Constitución Federal de Quéretaro de 1917, redactada por hombres en su mayoría masones y en su totalidad “jacobinos” anticlericales. Frente a leyes anticatólicas que negaban el derecho a profesar la propia fe y tenían el intento de aniquilar la presencia del catolicismo en todas sus formas, después de intentar en vano todas las protestas pacíficas posibles, los católicos se sublevaron y tomaron las armas, con una insurrección popular única en su género.

La represión se volvió grave y abierta con el presidente Plutarco Elías Calles, que instauró una política de terror contra la Iglesia y la libertad religiosa, con el cierre de las iglesias y el exilio de los sacerdotes. La represión armada de todas las formas de protesta miraba a erradicar de la sociedad mexicana la idea misma de fe católica. La ley, apodada Ley Calles, reafirmaba la aplicación de la Constitución de 1917, que exacerbó la represión, a la cual los católicos respondieron con el boicot económico.

El factor determinante, que nadie había calculado, fue la actitud del pueblo. Hubo vigilias de oración en todo México, peregrinajes espontáneos, formas religiosas y místicas de protesta, actos de penitencia pública, una movilización de masa de carácter pacífico y religioso. Pero, frente a una enésima y más dura represión del Gobierno contra la parte más humilde de la población, surgió espontáneamente la insurrección armada, de manera tan fragmentada en el territorio que fue difícil para las autoridades registrar, por lo menos al principio, su presencia.

Los insurgentes eran hombres exasperados, movidos por un imprevisto espíritu de heroísmo, que dejaban sus asuntos, abrazaban a las esposas y los hijos y corrían a la batalla. Habían comprendido que debían poner en juego el propio bienestar, el propio cuerpo, de lo contrario, la Iglesia en México habría sido eliminada.

Este movimiento espontáneo del pueblo se vio obligado a recorrer a las armas y, de rebelde, se volvió revolucionario. Comenzó una verdadera guerrilla y el enfrentamiento se convirtió en una especie de guerra civil, en la que el ejército luchaba contra el propio pueblo. El Gobierno definió a los combatientes, en tono bastante ofensivo, Cristeros, porque morían gritando: “Viva Cristo Rey”. Sucesivamente, ellos mismos se reconocieron en el significado literal de ese epíteto y lo adoptaron. Por eso, el movimiento fue denominado Cristiada.

El Estado provocó cada vez más al pueblo y buscó el enfrentamiento con él, causando ahorcamientos, fusilamientos, la evacuación forzada de las tierras y el exilio de la población. El pueblo respondió desencadenando una rebelión sin precedentes. Como respuesta, las fuerzas gubernamentales intensificaron aún más la persecución y la destrucción, con represiones muy duras, con la masacre sistemática de la población civil, la destrucción de las cosechas, la depredación y los estupros.

No es posible aquí, ni siquiera en resumen, narrar todas las vicisitudes en las cuales se articuló una guerra que se desarrolló en muchos Estados y comprometió, durante tres años, a decenas de millares de combatientes, causando millares de víctimas en ambas partes.

A mediados de 1928, los Cristeros habían logrado imponerse en el campo y ya no podían ser derrotados militarmente. Pero el Gobierno, en junio de 1929, consiguió llegar a un acuerdo con la Iglesia.

Los daños causados por este conflicto fueron inmensos. Elevadísimo el número de las víctimas. Tan pronto como fueron depuestas las armas, comenzó una larga cadena de represalias y venganzas contra los Cristeros, con centenares de nuevas víctimas y nuevos mártires, que se prolongó hasta los años 1940. Particularmente amarga fue entre los Cristeros la desilusión por haber sido abandonados precisamente cuando estaban venciendo en el campo, y también por haber sido considerados una nulidad en el momento de los acuerdos, a pesar de los centenares de caídos y de mártires y de los inmensos sacrificios soportados por el pueblo católico más humilde y fiel.

El sentido de su martirio: su profesión de fe

San Agustín escribía que el martirio se juzga tal no por la muerte en sí, sino por el motivo por el cual el hombre decide inmolarse: “Lo que hace a los mártires no es el suplicio, sino la causa” (Enarrationes in Psalmum, 34, II, 13).

José murió gritando “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”.

La razón profunda de su martirio fue la deseada comunión con Cristo en su pasión y muerte, para resucitar con Él y obtener la victoria sobre quienes negaban la libertad de poder vivir ese amor suyo. Murió por su fidelidad a la persona de Cristo, dando testimonio de su presencia en la Iglesia. Al gritar “Viva Cristo Rey”, aquel “viva” expresaba su profunda convicción, pagada con el precio de su vida, de que Cristo vivía, estaba presente en su Iglesia, reivindicando así la libertad de esa fe suya contra los perseguidores que la negaban.

La devoción a Cristo Rey hundía sus raíces en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ampliamente sentida por la población en aquel tiempo, y se había difundido desde la Encíclica Quas primas de Pío XI, quien, al instituir la fiesta de Cristo Rey, quiso subrayar, en aquella circunstancia de persecución religiosa, la dimensión pública y social del Reino de Cristo.

El martirio de Sánchez del Río fue acogido como testimonio de la presencia de Cristo. Se puede decir que José, a pesar de su tierna edad, descubrió el misterio de Cristo y quedó fascinado por él. Misterio que lo fulguró con ocasión del martirio de Anacleto González Flores, también él beatificado el 20 de noviembre del 2005, al cual asistió y ante cuya tumba pidió la gracia de volverse mártir. No aceptó pasivamente la grave situación de persecución y opresión, sino que la enfrentó personalmente, poniendo en juego la propia vida. Tuvo la certeza suprema de que el único sentido de la vida era Cristo y de que su vida con Él no podía de ningún modo ser impedida o destruida.

Esto atestiguan sus cartas, escritas durante la reclusión, en la soledad de quien ya conocía la hora de la propia muerte, sin romanticismo ni sentimentalismo, y que exponen sus convicciones más profundas. Defendió su libertad, su ideal. Él mismo asumió la responsabilidad de su elección de luchar por lo que más apreciaba. No delegó en otros la propia responsabilidad. No aceptó el poder y la imposición de quien quería impedir esta libertad suya. Quiso sumergirse en esa vida nueva que había recibido en el Bautismo, aun a costa de la misma vida terrena.

Un grito de batalla

José, como muchos otros mártires mexicanos, forma parte de aquel pueblo católico abiertamente contrastado y oprimido por el Gobierno, que se inspiraba en la masonería, la cual tenía la intención de erradicar el catolicismo del país y nutría desprecio por el “indio”, y por el “bajo pueblo cristiano”, denominación arrogante dada por los masones y liberales reformistas de entonces a los cristianos, cuya devoción a Santa María de Guadalupe, la Virgen de rostro mestizo, aparecida a un indio, Juan Diego, era considerada por los opositores como la causa de todos los males de México.

Es por eso por lo que los mártires morían al grito de “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe”. En la Virgen de rostro mestizo, la Virgen morenita, honraban a la Madre Liberadora que daba fuerza y valor a cada hombre, cualquiera que fuera su situación de dificultad, de desaliento, de opresión. Ella era el símbolo de los pobres y de los oprimidos que se negaban a hacerse destruir por la clase dominante. Su presencia era la fuerza de los débiles para triunfar sobre la violencia de los potentes.

Aquel grito, además de ser una profesión de fe en el Hijo del Dios viviente, era, fundamentalmente, el grito de batalla por defender los valores del reino que Cristo había establecido en la tierra, para que no fueran destruidos por los enemigos de la amada nación mexicana. José y los demás mártires mexicanos fueron conscientes de enfrentar a la muerte, dando testimonio de aquellos valores que iban más allá de ella.

Su martirio constituyó un acto de solidaridad con aquella población que estaba discriminada, humillada y escarnecida por el abuso y el poder del más fuerte. Ellos pusieron su fe y su libertad por encima de cualquier cálculo o interés material, tangible e inmediato.

Su testimonio es de gran actualidad hoy, en tiempos en los que domina en la sociedad, penetrando también en la Iglesia, la postura de las personas de hacerse las víctimas, para no tener que rendir cuentas a nadie del propio modo de vivir y ser compadecidas, excusadas y justificadas, delegando la propia responsabilidad en otros.

La muerte de José no fue un accidente fortuito, sino el acto consecuente y concluyente de una elección que lo hizo entrar en la fila de quienes sancionaron la elección llevada a cabo, cualquiera que haya sido esta, con el sacrificio de la propia vida.

Achille Romani

 

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Bibliografía

 

      • Las actas del proceso sobre el martirio de José se encuentran en: Congregatio de Causis Sanctorum, n. 2133, Zamoren. Beatificationis seu Declarationis Martyrii Servi Dei Josephi Sánchez del Río Adulescentis Laici in odium fidei, uti fertur, interfecti (1913-1928), Positio super Martyrio, Tipografia Nova Res, Roma 2003.
      • F.G. Fernández, José Sánchez del Río. Il giovane martire che diede la vita per la fede, Dominus Production Edizioni, Firenze 2016.
      • M.A. Iannaccone, Cristiada. L’epopea dei Cristeros in Messico, Lindau, Torino 2013.
      • L.L. Cervantes, Un piccolo testimone di Cristo. San José Sánchez del Río, martire cristero, D’Ettoris Editori, Crotone 2017.
      • O. Sanguinetti, José Sánchez del Río: martire della libertà religiosa, en “Cristianità” n. 380 (2016) 35-64.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

17/09/2023