Al salir el sol, comienza una nueva jornada. Ocupado en mil tareas, el hombre tiene que afrontar cada nuevo día siguiendo una agenda planificada al máximo. O bien, se encuentra haciendo cosas rutinarias, según un camino ya habitual. En ambos casos, estamos convencidos de que por la noche volveremos a nuestras casas para un merecido descanso.
Luego leemos en los periódicos sobre eventos que nos dejan sin palabras: hay quien se pone a conducir ebrio y mata a toda una familia; o quien se permite dar la vuelta en U en la autopista provocando la muerte de otras personas. Y otras cosas similares, imprevistas, que no dependen de quienes las sufren.
Muchos ni siquiera ven el comienzo del nuevo día, azotados por un infarto en plena noche.
Este es el misterio de la vida, que el hombre debe tener presente.
La vida es algo precario: sales con tu familia a hacer la compra y no sabes si volverás a casa.
Y lo que hace pensar es que, en la mayoría de los casos, estos acontecimientos no dependen de quién pierde la vida.
Hablo de este tema, no solo por las noticias diarias de accidentes, catástrofes, homicidios ocasionales provocados por disputas banales, sino por lo que me ocurrió unos meses atrás.
Sorprendido por un fuerte dolor en los hombros, fui a Urgencias. Después de una angiografía, me diagnosticaron una disección aórtica (aneurisma) y me derivaron inmediatamente a un hospital especializado para una operación de urgencia.
Las esperanzas de salir con vida eran poquísimas, pero los médicos trabajaron muy bien y todo salió por lo mejor.
Sin embargo, por la mañana me había levantado, como siempre, y había hecho las mismas cosas: ningún previo aviso de que el día acabara así.
De este modo, he hecho la experiencia de la precariedad de la vida, no solo como una reflexión intelectual sobre las desgracias ajenas, sino como una experiencia personal. Cuando subí a la ambulancia, pensé que me podía ocurrir de todo. La operación duró casi nueve horas y, cuando recuperé la conciencia, después de algunos días, ¡me di cuenta de que había sido un milagro!
Desgraciadamente, a esa operación le siguieron otras dos, porque se detectó el mismo fenómeno en otras partes del cuerpo.
Doy gracias al cielo por haber experimentado también el amor de mi comunidad: la Comunidad Redemptor hominis de Sassuolo, que me ha asistido todos los días de manera impecable, así como la cercanía en la oración de nuestras comunidades en Camerún, Paraguay y Bélgica, y de las parroquias de la Unidad Pastoral de Sassuolo, para la que sirvo desde hace años, y de Ypacaraí, en Paraguay (donde estuve últimamente para sustituir a Michele), a quienes les agradezco de todo corazón.
Aprovecho la ocasión para dar las gracias al cirujano que me operó y a todos los médicos que me atendieron en el hospital “Esperia” de Módena, así como a los cirujanos del “Vascolare”, a los médicos y a todo el personal del hospital de Baggiovara, éste también en la provincia de Módena.
Por suerte, hay muchas situaciones como la mía, pero ¿cuántas otras personas no logran superar estas pruebas?
¿Qué quiero decir con esto?
Sin querer entrar en el campo religioso, me viene a la mente la enseñanza de Qohelet, un libro de la Biblia, en el que se dice que toda la vida del hombre es como un soplo y que todo es vanidad.
En una vieja canción mía inspirada en una página de Jeremías, cantaba, parafraseando al profeta, que el hombre está “lleno y seguro de sí mismo”.
No estoy haciendo una prédica o dando consejos útiles sobre cómo vivir cien años, apelándome a la religión.
Hasta las precauciones más radicales no bastan para evitar accidentes imprevistos y, probablemente, algún desventurado había rezado sus oraciones habituales antes de salir de casa o en el coche o la noche anterior antes de dormirse.
Solo quiero decir que hay que convivir con esta precariedad de la vida que nos encuentra desarmados y que, por lo menos, debemos ser conscientes de que no somos omnipotentes: detrás de la esquina puede haber cualquier insidia mortal.
Por supuesto, para un creyente se abre también otro escenario: ¿qué será de todo lo que ha vivido? Pero este es otro tema que merece una profundización muy diferente.
Por lo que depende de nosotros, seamos prudentes, porque la vida es un don: como nos ha sido dada, así nos puede ser quitada.
Y, sobre todo, que nunca dependa de nosotros que otros, a pesar de todo, sean víctimas inocentes de dramas que, lamentablemente, se perpetúan bajo el sol.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
02/11/2025